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Una vida, un instante

sábado 08 de febrero de 2020, 04:00h
Siempre me gustó la filosofía, desde niño, incluso desde antes de saber qué era en realidad y de qué asuntos trataba. Recuerdo paseos dominicales con mi padre junto al mar, en donde con doce o trece años yo le explicaba mis peculiares teorías sobre el origen del mundo y de las cosas, que él escuchaba siempre con gran respeto y atención. En la escuela, algunos compañeros solían repetirme entonces una frase que en los años setenta empezó a ponerse además muy de moda: «No te comas tanto el coco».

Aun así, por unas razones o por otras yo casi siempre me acababa comiendo el coco. Por ello, cuando tras un parón de varios años tuve la posibilidad de poder volver a estudiar, me matriculé en la UIB para cursar la carrera de Filosofía. Esa decisión posibilitó que me pudiera comer el coco ya libremente y sin restricciones, junto con el resto de mis compañeros, hasta que conseguí la licenciatura. Y así he seguido luego, alimentándome más o menos pausadamente de mi cerebro en las tres últimas décadas.

Si alguien me preguntase qué es un filósofo, seguramente le diría que es alguien que se hace preguntas normalmente muy interesantes, preguntas que seguramente nos hemos hecho también casi todos al menos alguna vez en la vida, con la esperanza de poder encontrar, si ello fuera posible, alguna respuesta, alguna salida o alguna solución. Los filósofos que más me han interesado siempre son aquellos que en sus obras hablan, de una u otra forma, de la vida, de su esencia, de su sentido y de todo aquello que tiene que ver con los sentimientos. Entre esos filósofos ha ocupado siempre un lugar muy destacado y especial para mí el maestro José Ortega y Gasset.

Una de las grandes cuestiones filosóficas, ¿por qué hay algo y no más bien nada?, la formuló en el siglo XVII el gran filósofo alemán G. W. Leibniz, quien llegó a la conclusión de que ese algo —el universo— había sido creado por Dios. Más allá de que se pueda estar o no de acuerdo con esa respuesta, la citada pregunta de Leibniz es en sí misma ya excepcional, por todas las preguntas implícitas que hay a su vez en su interior. ¿Por qué hay mundo?, ¿pudo no haberlo?, ¿a qué o a quién se debe que lo haya?, ¿por qué hay cosas?, ¿por qué existimos los seres humanos?, ¿qué sentido tiene todo ello?

Una vida, cualquier vida, incluso la más longeva, es apenas un instante en la historia del cosmos y del universo. Aun así, si cada uno de nosotros intentase hacer un poco mejor este mundo con sus decisiones y sus actuaciones, quizás podríamos acabar dando sentido a lo que, en último término, no sabemos si finalmente o de verdad lo tiene.
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