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Village

lunes 11 de enero de 2021, 05:00h

Village People (Gente del Pueblo) fue un grupo de música norteamericano, que apareció en 1977, caracterizado por sus canciones pegadizas (muchos recordarán su éxito “YMCA”) y por aparecer disfrazados en el escenario. Quién nos iba a decir que, recién comenzado el 2021, todos podríamos ver una sorpresiva réentrée del mítico grupo pop de los 80 en el Capitolio de Washington, la sede de la soberanía popular en la democracia más antigua del mundo. El periodista Carlos Herrera ha recordado estos días en COPE a este grupo tan popular como ejemplo jocoso de los acontecimientos retransmitidos desde Norteamérica al mundo entero.

El espectáculo vivido en el día de Reyes en los Estados Unidos debería hacernos reflexionar a todos. Y no quedarnos sólo con las descalificaciones facilonas y las anécdotas pueriles. Algo muy serio está pasando en el mundo para que una democracia como la norteamericana presente estos signos alarmantes de descomposición. No basta conformarse con el análisis superficial de que si Donald Trump es un loco peligroso, o si la extrema derecha constituye una amenaza para el mundo. Que es a donde conduce la lectura de la mayoría de medios de comunicación del planeta, quienes parecen elaborar sólo mensajitos fácilmente digeribles para mentes elementales.

Lo que hemos vivido hace escasos días en Washington tiene antecedentes similares en otras partes del mundo. En nuestro país, sin ir más lejos. Y no fue la extrema derecha quien lo alentó, sino los separatistas catalanes y los neocomunistas de Podemos, en diferentes ocasiones. Hasta Susana Díaz (PSOE) fletó autobuses en enero de 2019 -pagados por todos ustedes- para rodear el Parlamento andaluz en la toma de posesión de su sucesor Moreno Bonilla, tras perder las elecciones autonómicas. Luego no se ceben tanto con Trump, porque el fenómeno es más universal y transversal de lo que muchos medios subvencionados nos quieren hoy dar a entender. No se trata de comentar los arrebatos de un enajenado, sino de adivinar la existencia de una estrategia global para lanzar al pueblo contra sus propias instituciones democráticas. Que, se vista con los colores que se vista, se llama populismo.

Es cierto que todos estos movimientos tienen una base de fondo. También lo es que Donald Trump, numeritos y pataletas aparte, ha canalizado las expectativas sociales y económicas de muchos millones de ciudadanos norteamericanos que se sentían amenazados por China y desplazados en su liderazgo mundial. Como igualmente sucede con los políticos del procés o con los indignados del 15-M, catalizados por Podemos. Hay que aclarar también que Trump, pese a sus torpezas, su histrionismo y su desafortunada traca final, ha representado -ya no sólo en Norteamérica, sino en el resto del mundo- un baluarte de la guerra cultural contra la invasión de la corrección política (promovida desde la mayoría de universidades USA), contra el revisionismo histórico y contra la expansión del neocomunismo en el planeta. Movimientos que están utilizando -para su difusión- la mayoría de los medios de comunicación y todas las redes sociales.

El espectáculo de Twitter, Facebook e Instagram censurando a Trump y clausurando sus respectivas cuentas -como si los usuarios de las redes fuéramos menores de edad a quienes Mark Zuckerberg y sus colegas millonarios tecnológicos tienen que proteger- resulta sencillamente lamentable. Porque muchos tiranos de la izquierda radical alientan diariamente el odio a sus anchas en esas mismas autopistas de la comunicación, sin que los ricachones de Silicon Valley nos muestren a todos los mismos asquitos. Da la impresión de que en el mundo existen odios de diferentes categorías. Unos aceptables y otros no. Cuando sólo lo hay de una clase, y debe rechazarse siempre.

La conclusión a extraer de todo ello, si además las excentricidades producen víctimas mortales -como sucedió en el Capitolio- es que toda idea es legítima mientras se defienda pacíficamente, respetando las instituciones y utilizando los mecanismos legales previstos para ello, incluso para impugnar elecciones. Pero no tirando por la calle del medio cuando ves que no puedes ganar. Hace poco escribió Félix Ovejero que “la Ley no es enemiga de la libertad, sino del poder arbitrario”. No se puede resumir mejor lo que significa el imperio de la Ley (“The Rule of Law”, como defendió el Presidente electo, Joe Biden, en su alocución televisada tras los hechos de Washington) en cualquier democracia liberal. Cualquier otra astracanada, como ese “hombre bisonte” ocupando el sillón presidencial del Senado norteamericano, sólo conduce a la polarización de la sociedad y a sus consecuencias inevitables: el odio y la violencia.

Polarizar a la gente para ganar elecciones o para medrar en política es una práctica aberrante. Y en España tenemos algunos acreditados maestros en esta miserable actitud. El primero fue Rodríguez Zapatero quien, para que el PSOE volviera a ganar elecciones, resucitó la Guerra Civil (65 años después de terminada), la Memoria Histórica y todas las políticas identitarias basadas en agravios retrospectivos y en la victimización de una parte de la sociedad. Cuando la sociedad española ya lo había superado con éxito indudable. Luego vinieron los separatistas catalanes -que siempre tienen un problema para cada solución- quienes han creado en Cataluña un modelo de convivencia fracturado, frentista e insoportable. Para salir corriendo, como hacen muchas empresas y ciudadanos, hartos de su aldeana y limitada visión del mundo.

Alguien tan poco sospechoso de ultraderechismo como Enrique Moradiellos, Catedrático de Historia Contemporánea, Premio Nacional de Historia y biógrafo de Juan Negrín, ex Presidente de la Segunda República Española durante la Guerra Civil, escribió recientemente: “recomendaría a todos los responsables políticos y sociales que contemplaran el terrible precio pagado por las polarizaciones irresponsables en el periodo republicano”. Aprender de nuestra historia y de los acontecimientos ya vividos es una obligación de todo ciudadano cabal. La infantilización de la sociedad produce desinformación, engendra odio y es el germen de la violencia. No lo olviden nunca, o el patético episodio de Village People en el Capitolio no será la última excentricidad que viviremos en los próximos tiempos. Y no todas se saldarán con sólo cinco muertos.

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