Recién llegado de un largo viaje por Alabama (en los Estados Unidos de América) me encuentro con una sorpresa muy sorpresiva, si se me permite esta redundancia contundente. Observo, con incredulidad, que los coches no utilizan los intermitentes, artilugio creado con el fin de indicar la futura dirección del vehículo así como los cambios de carril a realizar. En el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad, no he logrado ver, ni en una sola ocasión, el encendido intermitente –de ahí el origen de la palabra- de estas lucecitas situadas en la parte anterior y posterior de la carrocería; y no es el caso que no se realizaran cambios de dirección... Pregunto a un amigo a qué se debe este fenómeno y me cuenta, para mi asombro, que durante el lapso de tiempo que he permanecido en el continente americano, el gobierno del Partido Popular, presidido por el bueno del señor Mariano Rajoy, se ha sacado de la manga un decreto-ley en el que, no solo se ha exime a los conductores de la obligación de utilizar los intermitentes, sino que, además, se ha prohibido su exhibición pública. Ante tamaño dislate –digno del mejor Valle Inclán- no me queda otro remedio que elevar mi más enérgica protesta a quien corresponda; me dicen que la idea partió de la brillante mente del ministro Wert. También me comentan fuentes generalmente bien informadas que, desde la fecha del decreto-ley, los fabricantes de automóviles han dejado de instalar este dispositivo en todos los vehículos recientemente construidos: ni de serie, ni como complemento. Es una pena, un desastre. Las lucecitas mágicas que brillaban en los coches, no solo lucían su utilidad práctica para indicar, correctamente, los cambios de dirección sino que, para más inri, ofrecían al ciudadano una nota de color muy agradable a la vista, que permitía romper la triste monotonía del asfalto y la lamentable mediocridad de calles, plazas y carreteras. Ante esta flagrante decisión me invade un sentimiento de tristeza incontestable, inexorable: las lágrimas que derraman mis pupilas bañan mis mejillas y lo hacen, no a chorro, sino pausadamente, intermitentemente. ¿Dónde iremos a parar, señores míos? Aunque allí donde paremos, ya no será necesario indicarlo.





