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Aina Lluna o tras el misterio de una máscara
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Aina Lluna o tras el misterio de una máscara

El invierno continuaba escondido tras una máscara con intención de no mostrarse. Estaba finalizando diciembre y relucía un sol impropio, con las terrazas de los bares del centro a pleno rendimiento. Francisca y yo habíamos llegado a Sóller para entrevistar a una mujer que ya ha vivido allí en otras ocasiones, pero también en Palma y en Bunyola, hasta establecerse, parece que definitivamente en la casa donde nos acogió.

Vivir aquí me da paz y tranquilidad. Salgo a pasear andando hasta Biniaraix y regreso. Me inspira, me da fuerzas.

Es una planta baja en una finca y al entrar, en una primera sala, de frente te topas con unos grandes ventanales a través de los que divisas una bella panorámica de La Serra de Tramuntana y el sol se permite entrar como un familiar más. En las paredes hay variadas muestras de sus elaboraciones, fotografías familiares, recuerdos y a la derecha una escalerita que te conduce a su pequeño estudio.

Ana Gómez Cortejosa, nace en San Fernando de Cádiz un 14 de septiembre de 1962.

Nací en San Fernando, pero tan solo tenía un año cuando destinaron a mi padre que se llamaba Manuel y trabajaba en GESA a realizar unas tareas en Mallorca, Menorca e Ibiza. En principio iba a ser para unos meses, al final mis padres decidieron quedarse. Mi madre se llamaba María José y tanto mis padres como mis hermanos; Loli, Manuel, Pep y yo, nacimos en San Fernando.

¿Dónde se sitúan sus primeros recuerdos de infancia?

Sa Pobla fue el lugar que escogieron para instalarse. Recuerdo una infancia enternecedora. El campo, los carros, un pueblo dedicado a la agricultura. Mis hermanos me llevaban a las fiestas de Sant Antoni y yo era tan feliz entre aquellos “caparrots” y “els foguerons”. Viví allí hasta que me casé a los 22 años.

A los ocho años cantaba con el coro del pueblo, a los once fui seleccionada para cantar La Sibil.la. Nos integramos bien y aprendimos las costumbres y tradiciones del pueblo, yo me siento de raíces pobleras. A diferencia de otros peninsulares que les costaba, por el idioma o por lo que fuese, nosotros fuimos muy activos y participativos, en las cabalgatas de reyes, en las corales, en la mayoría de fiestas.

¿Por qué ha regresado a Sóller?

Es un lugar donde me encuentro muy a gusto. Vive gente a la aprecio. A mi hijo no le da pereza venir desde Palma a verme y me trae a mi nieto con el que comparto muchas horas y a veces en el estudio, le enseño a manejar el barro y a pintar y disfruto de ver que se lo pasa bien.

Fue alumna en las Franciscanas hasta que cumplió los trece años…

Allí superé todos mis cursos, incluso más adelante estudié educación preescolar y puericultura en el mismo colegio, quería trabajar con niños. También realicé un curso de peluquería en un centro de Palma.

¿Cómo fue en su adolescencia?

Me di cuenta que me gustaban los peinados y diseños y sobre todo dibujos de rostros y un día tomé como modelo al cantante Lluis Llach y comencé a dibujar su cara. Con solo dieciséis años comencé a salir con un chico que se convirtió en mi novio y debido a su trabajo como músico, y a mi familia que también estaba metida en el mundo de la cultura y la música, conocimos a gente del espectáculo, del teatro, asistí a zarzuelas, óperas, conciertos de Raimon, Llach, Felipe Campuzano y muchos otros.

A los veintiún años se casa, cuidando por completo en una labor de asistente a su pareja ya que en aquel tiempo, él gozaba de cierto éxito en los escenarios de Mallorca.

Debido a su trabajo íbamos de un lado para otro sin descansar. En aquel periodo viví la experiencia de compartir desde dentro lo que ocurre a la hora de preparar el antes, el durante y el después de un concierto y como ya he comentado a conocer personajes de la farándula. Cuando tenía veintiocho años nació nuestro hijo Joan Albert.

¿Qué cambia con la llegada de su hijo?

Fue lo más bonito que me había sucedido en la vida y se convirtió en lo más importante, aunque al principio seguí acompañando a mi marido y ocupándome de sus cosas y del niño al mismo tiempo que venía con nosotros a las actuaciones. En algunos momentos aprovechaba para dibujar, nunca dejé de hacerlo, incluso probé de pintar obras abstractas.

De los personajes a los que hace referencia ¿Hubo alguno que le llamase la atención por algo en especial?

Me impresionó Lorenzo Santamaría por su profesionalidad en los ensayos, sobre el escenario, lo que transmite al público y como persona por sus conocimientos culturales y por su sensibilidad.

A la edad de treinta y cinco años su vida da un giro…

A esa edad me divorcié. Me costó pero eso me permitió dedicar más tiempo a mi hijo y a pensar en mí, a recuperar mi vida laboral. Trabajé en una guardería, me inscribí para perfeccionar el dibujo y practicar cerámica durante cuatro años en un centro cultural de Palma. Me lo tomé tan en serio que conseguí la calificación de Maestra Artesana y comencé a mostrar mis piezas en ferias y mercadillos, platos, tazas, jarros, marcos, tejas, bisutería, figuras. Recibía muchos encargos.

Poco después se me planteó la posibilidad de dar clases a un centro de mayores de la tercera edad y a niños de cuatro a diez años y ahí empieza mi relación con Sóller, donde fui a vivir por aceptar ese trabajo.

Unos años más tarde me planteé residir más cerca de Palma y me instalé en una casa de Bunyola, donde estuve unos cinco años para tener más cerca a la familia.

Después de esa vivencia, regresa a Sóller…

Sí, me había cansado de trabajar para encargos y de ir a los mercados y entonces volví a visitar exposiciones con más frecuencia y con más atención y fue cuando me inicié a experimentar con las máscaras. Abandoné la artesanía, había descubierto otra manera de expresarme que me llenaba, sí, sí, las máscaras.

Y comienza con una serie de exposiciones…

Hice una primera en el local Ciutadà Il.legal de Marratxí y siempre estaré agradecida a Toni de la Mata y a Toni Arom por el impulso, por la oportunidad que me dieron. La presentación fue un éxito, la respuesta del público acabó de convencerme. A partir de ahí, vinieron muestras en Sa Pobla, en Valldemossa, en diferentes galerías. En el confinamiento y gracias a Tito López, hice tres exposiciones virtuales. Por cierto, sé que no descubro nada, pero la pandemia destrozó gran parte de nuestras vidas y dañó la actividad de particulares, de centros y empresas.

¿Cómo lleva la relación con otros artistas?

Muy bien. Soy de las personas que presta atención, mi carácter es de humildad ante los consejos de gente como Miguel Martorell, o Miquel Segura, Sandra Renzi, Carmen Cañadas, Toni de la Mata y también otros que ya nos han dejado, Rafel Cifre, Toni Arom y mi querido Tito López.

Aina transita pausadamente colocando un eje mágico en el interior de una superficie de cerámica. Un ornamento que en la antigüedad, romanos, griegos y egipcios usaban en sus rituales, ceremonias arcanas y representaciones escénicas.

Toda mente profunda necesita de una máscara… Nietzsche

La máscara por ser ante todo un producto social, histórico, contiene más verdad que cualquier imagen que pretenda ser verdadera… Ítalo Calvino

Observo de soslayo una de las máscaras que cuelga en una de las paredes y Aina sonríe…

Conservo la primera máscara que hice, me acompañó en las primeras muestras y curiosamente no se vendió. Le guardo un afecto especial y no voy a deshacerme de ella.

Con las máscaras he trabajado numerosos temas, dimonis, Ramón Llull, algún guiño al Carnaval de Venecia y algunas colecciones como “hijas de la luna, hijas de la tierra”.

Cuéntenos algo que tenga que ver con sus aficiones…

En 2016 fui a clases de mimo y de improvisación con grupo y también individuales en el Teatre Sans con Dominique Hull a quien agradezco como supo sacarme todo lo que llevo dentro, desinhibirme.

Me encanta la fotografía y admiro el trabajo de Bruno Frerejan, es un maestro en la captación de imágenes. Precisamente él, ha diseñado mi cartel comercial de presentación.

Otra de mis aficiones es salir a caminar rodeada del paisaje de Sóller, la música clásica, el jazz, he practicado la danza, guardo las zapatillas de cuando bailaba y me apasiona enseñar a mi nieto a manejarse con el barro, el dibujo, las máscaras.

Fui condenadamente afortunado por convertirme en actor. Actuar, para mí es ponerme una máscara. La peor tortura que puede sucederme es no tener una máscara tras la que ocultarme… Henry Fonda

Una máscara nos dice más que una cara… Óscar Wilde

En aquel momento paramos. Aina nos había preparado unas cervezas y una comida de variadas ensaladas y pastel de verduras con salmón. De postre polvorones caseros, insuperables, y para acabar, café.

Tras consumir tan apetitosos instantes, nos dirigimos a su estudio.

¿Cómo describir su día a día?

He pasado una época delicada por temas de salud. He estado de baja por enfermedad. En el taller, suele ser prácticamente lo mismo a diario, pintar, hacer barro, piezas, ideas, pensamientos, bocetos, proyectos. A veces me dejo llevar. Actualmente estoy realizando una pieza en barro referenciada en una medusa y me concentro en descubrir sobre los movimientos y costumbres de esos animales. Pero lo mismo ocurrió cuando elaboré un trabajo sobre el rostro de Ramón Llull, intento dar valor a la expresión. Mi propuesta no se basa solo en hacer piezas, me interesa saber sobre aquella persona, animal o tema.

Regresar a Sóller le ha supuesto ver las cosas desde otra perspectiva, desacelerando. Dice que su enfermedad la ha hecho recapacitar.

¿Algún proyecto a la vista?

Continuamente. Últimamente estoy experimentando con las máscaras sobre superficie plana, también con piezas de barro planas como soporte sobre las que pinto figuras geométricas, son experimentos y cambios necesarios. Como los giros de la vida.

Gracias a Tito López pertenezco al grupo artístico cultural “Ou Verd” y en febrero próximo está prevista una exposición Colectiva en el Centro Cultural de la Fundació Sa Nostra.

Detrás del misterio escultórico asomaba un rostro, ella se acercó cautelosamente y descubrió su propia conciencia en el gris azulado de aquellos ojos que miraban exultantes al exterior. Había aprendido a descifrar el periplo de las lunas que pululaban en sus emociones.

¿Por qué Lluna?

Cuando iba a hacer mi primera exposición alguien me preguntó como la titularía y se me ocurrió añadir la palabra Lluna a mi nombre, porque siempre me ha cautivado su influjo. Me gustó como quedó la combinación y desde aquel día la gente me conoce por Aina Lluna.

Cuando salimos a la calle notamos que la temperatura había bajado unos grados. Acabábamos de completar otra jornada, para la colección y para el álbum de fotos de Francisca. Atrás quedaba Sóller, y Aina Lluna que nos había acompañado hasta el coche marchaba de regreso a su refugio.

Texto: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca R Sampol

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