Alarmante abuso de las pantallas en niños de Baleares menores de seis años

La infancia balear está perdiendo algo más que horas de juego. Está perdiendo presencia, curiosidad y desarrollo saludable al verse atrapada, desde edades imposibles, por el brillo hipnótico de pantallas que no deberían ser su mundo principal. Un contundente estudio de la Universitat de les Illes Balears (UIB), promovido por la Conselleria de Educación y Universidades, revela un dato que debería sacudir conciencias: el 91,6 por ciento de los niños de entre cero y seis años en Baleares hacen un uso abusivo de móviles, tablets y videojuegos, muchos de ellos antes incluso de cumplir un año de vida.

Este es un espejo inquietante. Más de nueve de cada diez familias detectan un abuso que -según el propio estudio- se traduce en consecuencias tan serias como déficit de atención, retrasos en el lenguaje, problemas en los ciclos de descanso y alteraciones en la alimentación. Y lo que es más preocupante: el 86,6 por ciento de los progenitores reconoce no tener estrategias ni herramientas para acompañar ese uso de forma adecuada.

Lo que para muchos padres funciona como un "gran conciliador" ante rabietas o momentos de tensión, se revela como un atajo peligroso que compromete la socialización, la atención plena al entorno y el desarrollo integral de los más pequeños

No se trata de entretenimiento ocasional ni de pequeños ratos de aprendizaje digital. Se trata de un fenómeno que se ha convertido en norma, con dispositivos omnipresentes desde la primera infancia. Así, lo que para muchos padres funciona como un "gran conciliador" ante rabietas o momentos de tensión, se revela como un atajo peligroso que compromete la socialización, la atención plena al entorno y el desarrollo integral de los más pequeños.

Este diagnóstico es una llamada urgente a la responsabilidad compartida. Las autoridades educativas de Baleares han dado un paso valiente. Plantean medidas para crear espacios libres de móviles en las etapas iniciales, reforzar la prohibición de móviles en los centros y poner en marcha campañas de sensibilización y formación para familias y profesorado.

Porque la digitalización es un hecho, pero no puede convertirse en sustituto de la experiencia humana más fundamental: el juego real, la conversación con los padres, la exploración del mundo sin filtros electrónicos. Se trata de equilibrar; no de demonizar la tecnología, sino de situarla en su lugar adecuado y protector, especialmente cuando hablamos de edades tan tempranas.

La tendencia actual no es inocua. Baleares -como otras regiones conscientes de este reto- debe reconducirla ahora, antes de que sea demasiado tarde. El debate no puede quedar reducido a cifras y estudios académicos. Es un asunto de salud pública, educativo y, sobre todo, de futuro de las generaciones más jóvenes.

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