El mundo asiste con alivio, pero también con prudencia, al anuncio de un alto el fuego entre Estados Unidos e Irán. La tregua, condicionada a la reapertura del estratégico Estrecho de Ormuz, supone una pausa necesaria en una escalada bélica que ha puesto en jaque la estabilidad global y ha disparado los precios energéticos, amenazando con una crisis de alcance mundial. Por ese corredor marítimo transita cerca de una quinta parte del petróleo global, lo que explica el impacto inmediato de su bloqueo por parte de fuerzas iraníes.
La guerra ha demostrado, una vez más, que los conflictos regionales tienen consecuencias globales. La volatilidad de los mercados, el encarecimiento de la energía y el deterioro de las cadenas de suministro han golpeado con dureza a economías de todo el planeta. El alivio registrado tras el anuncio de la tregua —con caídas en el precio del petróleo y del gas— evidencia hasta qué punto la estabilidad depende de la paz en enclaves estratégicos.
Sin embargo, conviene no caer en el triunfalismo. Se trata de un alto el fuego limitado, de apenas dos semanas, concebido más como una pausa táctica que como el final de la guerra. Las partes mantienen profundas divergencias y el conflicto sigue latente.
La paz duradera exige diálogo, respeto al derecho internacional y renuncia a la amenaza permanente
Precisamente por ello, este momento debe ser aprovechado. La diplomacia debe ser el eje central de la acción internacional. La comunidad internacional, incluida Europa y España, ha reclamado una solución definitiva que evite una crisis energética global y garantice la seguridad en la región.
La apertura de Ormuz y el compromiso de cese de hostilidades deben ser el punto de partida. La paz duradera exige diálogo, respeto al derecho internacional y renuncia a la amenaza permanente. Solo así será posible evitar que el mundo vuelva a asomarse al abismo en pocas semanas, sino antes, dado que Israel no se siente concernido por el alto el fuego y anuncia que sus operaciones militares seguirán en Líbano.





