El Aeropuerto de Palma, convertido en un centro comercial desproporcionado

El Aeropuerto de Palma es actualmente el paradigma de una infraestructura diseñada para el consumo antes que para la comodidad y el servicio a los pasajeros que se ven en la obligación de usarla.

Con la excusa de su modernización y adaptación a las demandas de los usuarios, se está ejecutando una intervención agresiva que, en la práctica, convierte el paso del viajero por el aeródromo en una experiencia incómoda, desagradable y pesada. Los pasajeros se ven obligados a recorrer distancias desproporcionadas para algo tan básico como embarcar en su vuelo.

De forma injustificada, un usuario que estacione su vehículo en el edificio de aparcamientos y tenga asignada una puerta de embarque de las más alejadas del módulo C o D, recorre cerca de 1,5 kilómetros, lo que le lleva unos 35 minutos.

Se trata de un recorrido excesivo, consecuencia directa del modelo aeroportuario adoptado por Aena en Son Sant Joan. La ampliación constante de espacios, que ha llevado al recinto a superar los 140.000 metros cuadrados, ha generado un entorno desmesurado, donde orientarse ya es un reto en sí mismo.

Aena y la dirección del aeropuerto han priorizado el crecimiento comercial, configurando un auténtico centro comercial abierto permanentemente, incluso en domingos y festivos. Sin embargo, esta apuesta tiene un coste evidente: el pasajero se ve obligado a atravesar ese entramado de tiendas, pasillos y zonas de consumo, alargando de forma innecesaria su recorrido.

Además, el consumo de espacios y recursos destinados para ello es, a todas luces, un derroche absoluto. Abundan los espacios vacíos, enormes y sin utilidad, por mor de un diseño que prima la extensión y la construcción exagerada, sin atender las demandas de los viajeros, ni los inconvenientes que se generan obligando a la gente a transitar distancias considerables hasta llegar a su avión.

El resultado es un aeropuerto que prioriza la rentabilidad frente a la funcionalidad. Las cintas mecánicas fuera de servicio, la escasez de bancos o la falta de facilidades para personas con movilidad reducida, agravan una situación ya de por sí problemática.

Un aeropuerto debe facilitar el tránsito, no dificultarlo. Convertir el trayecto hasta la puerta de embarque en una carrera de fondo es un error de concepto que exige una reflexión urgente.

Aena debería pensar un poco en los viajeros y no tanto en los beneficios récord que le aporta la gestión del megacentro comercial en que se ha convertido el Aeropuerto de Palma.

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