La supuesta bonanza económica de nuestra sociedad se resquebraja en los detalles más absurdos. A veces no hace falta mirar grandes indicadores ni informes macroeconómicos. Basta con asomarse a algo tan cotidiano como una excursión escolar.
Ahí, entre familias, colegios y empresas de autocares, aparece una realidad incómoda que cuesta admitir. No estamos tan bien como se nos quiere hacer creer.
Porque los precios suben, pero los salarios no acompañan. Y en ese desfase permanente chocan decisiones familiares, modelos sociales y cuentas empresariales. Nadie quiere asumir el coste real de un sistema que hace aguas por varios lados.
Entonces pasa lo de siempre. En lugar de buscar soluciones, buscamos culpables. Y el señalado habitual no falla. El empresario.
Como si detrás de cada autocar no hubiera alguien que ha invertido cerca de 300.000 euros en un vehículo y que necesita que ese negocio funcione para sobrevivir. Como si ganar dinero fuera una sospecha y no una condición básica para que cualquier servicio siga en pie.
"Un autobús lleno, un coste repartido, una lógica sencilla. Hoy, cada clase quiere su excursión, su experiencia. Eso sí, sin pagar más"
Mientras tanto, el debate público se mueve en ese terreno cómodo donde todo parece fácil. Tarifas únicas. Precios regulados. Soluciones rápidas que suenan bien en un titular pero que rara vez aguantan una cuenta de resultados.
Porque los números son tozudos. Los costes del sector han subido en torno a un 10 por ciento. Los precios para los colegios, entre un 3 por ciento y un 5 por ciento. Y aun así, se siguen aplicando tarifas especiales. Es decir, alguien ya está asumiendo parte del golpe. Pero el relato necesita un villano. Y ahí aparece, puntual, el “empresario abusivo”.
Quizá el problema no esté solo en los precios. Quizá ni siquiera esté en ellos. Quizá esté en algo más incómodo de admitir.
Antes, cursos enteros compartían destino. Un autobús lleno, un coste repartido, una lógica sencilla. Hoy, cada clase quiere su excursión, su experiencia, su plan a medida. Más atractivo, sí. También más caro. Y, sobre todo, mucho menos eficiente.
Y ahí, casi escondida entre el ruido, aparece una evidencia que nadie quiere poner sobre la mesa. Los autobuses vacíos no salen baratos.
Mientras los adultos discuten, los alumnos miran. Y en ese pequeño teatro de reproches cruzados aprenden algo que no viene en el temario y para nada es educativo. Que es más fácil señalar que entender. Más cómodo exigir que asumir.
Tal vez la solución no pase por imponer precios ni por buscar culpables de turno. Tal vez empiece por algo bastante menos épico. Mirarse al espejo. Y aceptar que, si no llenamos los autobuses, alguien acabará pagando el asiento vacío.



