Altibajos

Lo acaba de publicar la prensa, la prensa seria, sin estridencias ni tapujos, con fotografía incluida, exenta de photoshop y otras mandangas tecnológicas: “se han reunido, por primera vez, el hombre más alto del mundo y la mujer más bajita del planeta. Ha sido en Egipto, ante la magnífica pirámide de Gizeh, una de las indiscutibles siete maravillas del mundo. Se trata de Sultan Kosen (turco de Turquía) i la india Jyoti Amge. Él con 35 años y ella con 24 años recién cumplidos. Él con sus 251 centímetros de altura i ella con sus 63 centímetros de bajura”.

Arrastro años cuestionándome las diferencias psicológicas entre la gente de harta estatura y la de talla más bien escasa. Nunca lo he tenido claro del todo, pero empiezo a vislumbrar algunos aspectos del asunto que, por cierto, no es baladí. Mis pesquisas surgen, probablemente, de la experiencia que he ido acumulando a lo largo de mi vida a partir del conocimiento de personas concretas, sea a través de contacto directo o bien por referencias de los medios de comunicación. Empirismo barato pero, en fin, empirismo.

Desde mi punto de vista, así, de entrada, los altos (por simplificar) suelen ser personas -siempre hay excepciones- que tienen un concepto de la vida tirando a amplio. Ópticamente alcanzan a ver más mundo. Desde su privilegiada atalaya disfrutan del lujo de contemplar más espacio escénico, lo que les permite tener una visión mucho más objetiva de lo que pasa, no sólo a su alrededor, sino más allá. Esta ventaja les convierte en personas con una alta (y ustedes perdonen) capacidad de análisis y objetividad. También es cierto que esta característica les obliga a mantener una cierta chulería en sus apreciaciones. Por otro lado, tienden a ser gente magnánima: perdonan las bajezas con más facilidad. Su elevado punto de vista les faculta a discutir con el prójimo con menos frecuencia, así como a desentenderse de menudezas humanas que suelen zanjarse en meros malentendidos de carácter habitualmente estúpido, que no conducen a nada civilizado, vamos. No digo que los elevados sean más inteligentes, aunque son proclives a un nivel intelectual algo más crecido. Su cerebro está más talludo que el resto de las personas con menos altura de miras.

Por el contrario, los diminutos son humanos con más recelos. Su mirada acostumbra a carecer de horizontes limpios y este fenómeno tiende a limitar su amplitud de miras, lo que les imprime un carácter desconfiado, un punto escamado y, a veces, malicioso. De hecho, los del clan de los canijos (dicho sea sin ánimo de agravio) aparecen en el panorama social como restrictivos o restringentes. Algunas de estas personas de calcetín corto (sólo es una metáfora) gozan de una inteligencia desorbitada en desacorde con sus centímetros, tomando como base el suelo a nivel del mar. Su brillantez cerebral procede de un innato afán de superación que rompe todas sus barreras físicas. El ansia de competividad les puede y, como los buenos toreros, ante las dificultades se crecen; nunca mejor dicho.

Como ustedes saben, en cantidad de ocasiones, las estadísticas no se adaptan a la realidad. La odiosa comparación entre Soraya Sáenz de Santamaría y -para poner un ejemplo- Javier García Albiol (secretario general del PP de Catalunya y flamante perdedor de las últimas elecciones catalanas) echa por tierra cualquier teoría.

No he encontrado en los evangelios ninguna cita que diga que los altos serán los primeros pero, en todo caso, sus zancadas les dan una cierta superioridad. Pero, ¡ojo!, que los chaparros se cuelan entre las piernas de los colosos.

A ver qué va a pasar, próximamente, entre Puigdemont y Felipe VI.

Estaremos atentos a la pantalla.

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