Ana Boyer ha vuelto a Mallorca, y lo ha hecho con la casa al completo. La hija de Isabel Preysler y Miguel Boyer ha compartido en su cuenta de Instagram un carrusel de fotografías junto a su marido, el extenista Fernando Verdasco, y sus cuatro hijos, en lo que ella misma describe como un viaje que "recarga de verdad".
La estampa familiar ya suma cuatro nombres propios: Miguel, nacido en 2019; Mateo, en 2020; Martín, en 2024; y Mía, la última en llegar, el 4 de mayo de 2026. Apenas dos meses después del parto, Ana Boyer ha optado por la isla balear como escenario de la primera escapada familiar con la recién nacida a bordo.
EL MENSAJE QUE ACOMPAÑA LAS FOTOS
El pie de foto no necesita adornos. "Un viaje de esos que recargan de verdad", escribió, y a continuación desgranó la fórmula: "Mallorca… familia, amigos, muchos chapuzones, sobremesas largas y niños disfrutando sin parar." Cierra con una frase que funciona casi como declaración de intenciones: "A veces, los mejores planes son simplemente estar juntos."
No hay poses forzadas ni escenografía de posado editorial. Y esa es, precisamente, la clave del mensaje: una familia numerosa que documenta el verano sin necesidad de venderlo como algo distinto de lo que es.
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MALLORCA, EL REFUGIO HABITUAL
La isla no es un destino nuevo para el matrimonio. Ana Boyer y Fernando Verdasco han convertido Mallorca en punto de encuentro recurrente para desconectar del ritmo de Madrid, donde ambos mantienen agendas cargadas: ella entre proyectos de comunicación y vida pública, él ya alejado del circuito profesional de tenis tras años de competición internacional.
La publicación llega, además, en un verano marcado por la reciente maternidad. Pasar de tres a cuatro hijos en menos de siete años implica una logística que pocas familias gestionan con la misma naturalidad con la que Ana Boyer la muestra en redes: sin dramatismo, sin narrativa de sacrificio, con la piscina y la sobremesa como único argumento.
El carrusel, publicado en dos entregas distintas en su perfil, recoge instantáneas de baños en el mar, comidas compartidas y a los pequeños jugando sin la vigilancia constante que exige el entorno urbano. Una escena doméstica, sí, pero también una declaración discreta sobre qué entiende esta rama de la familia Preysler-Boyer por descanso.
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