Batalla cultural de los Delta Force

La Guerra Fría terminó tras la ofensiva neoliberal liderada por Reagan, Thatcher, Juan Pablo II y otros. Pero el liberalismo se caracteriza por el cambio y, en consecuencia, por la circulación constante de las élites, es decir, por todo lo contrario al statu quo. De manera que era lógico que los sectores mejor posicionados acabaran rechazando tal ideología.

Seguramente ese es el motivo por el cual, con el tiempo, muchos de los miembros más destacados de las élites mejor posicionadas optaron por apoyar las ideas emanadas del izquierdismo o el wokismo, bajo distintas etiquetas. Funcionarios con altas remuneraciones, grandes gestores de fondos, directivos de multinacionales de software, capitanas de poderosas instituciones financieras, propietarios grandes y pequeños de conglomerados del sistema mediático, hoteleros mallorquines exitosos, etc., no han tenido inconveniente en ayudar a inclinar el tablero político y social. Y es que, ciertamente, la ideología izquierdista es la más conveniente para quienes ya se encuentran en los círculos del poder.

Rechazar los vaivenes del mercado, abrazando el dirigismo estatal, equivale a consolidar y conservar la posición privilegiada alcanzada. Para muchos de ellos el Estado puede ser el mejor instrumento para preservarse de la despiadada competencia. Precisamente por eso se propusieron ganar la batalla del pensamiento colectivo, una tarea que requiere elaborar ideas y argumentarios aceptables para las mayorías, y difundirlos a través del control de los medios de comunicación y de las instituciones e industrias culturales. Su éxito ha sido evidente durante las últimas décadas.

Hacer crecer el poder estatal mediante sistemas de pequeñas pagas que apaguen los descontentos por falta de inclusión social; debilitar la institución familiar como refugio alternativo ante las adversidades de la vida; desprestigiar el mérito y el esfuerzo personal y, en definitiva, sustituir la autonomía del ciudadano por una dependencia progresiva de la administración conforman una estrategia coherente.

Pero, cuando más se diluye la responsabilidad personal, más fácil resulta gobernar desde la promesa permanente y no desde los resultados. Así, poco a poco, los argumentarios utilizados han ido perdiendo coherencia. Comenzaron a lanzar mensajes cada vez más dogmáticos que, en ocasiones, resultaban incluso contradictorios y siempre sectarios.

Esto ha pasado, por ejemplo, con el feminismo. Para quien no han existido las denuncias falsas hasta afectar a sus propios promotores. Algo similar ocurre cuando se sostiene que el burka, el niqab y el hiyab son considerados liberalizadores. O cuando se afirma que no existe un problema de inmigración, hasta que los inmigrantes se muestran contrarios al pensamiento izquierdista, tal como está ocurriendo con los venezolanos.

Lo mismo sucede con la energía nuclear: se la rechaza en unos lugares mientras en otros se la califica de verde. Y también con la libertad de expresión, que solo se defiende para quien repite el credo correcto y se reprime en cuanto surge la disidencia.

Entonces el resultado inevitable es la desaparición del debate público, un empobrecimiento deliberado del discurso, donde la consigna sustituye al razonamiento y la moral de trinchera reemplaza a la búsqueda honesta de la verdad.

Cuando todo eso alcanza su cenit necesariamente termina haciendo su aparición la política netamente disruptiva. De la mano de personajes pintorescos provenientes de fuera de los estamentos partidistas o institucionales. Son actores muy mediáticos y populares que elaboran discursos rompedores y cuya principal característica es confrontar frontalmente con el  izquierdismo intervencionista dominante. De esta forma, se convierten, –especialmente entre los más jóvenes--, en la alternativa a la dictadura de lo políticamente correcto, que es identificada como la causa de la creciente pérdida de libertades al socavar la autonomía individual. En definitiva, no tratan de reequilibrar el tablero, sino de utilizar otro distinto.

Javier Milei en Argentina y Donald Trump en Estados Unidos son los líderes más destacados de esa contraofensiva frente al dominio cultural de los poderosos. Elon Musk, por su parte, los ha apoyado más o menos explícitamente, no tanto por afinidad ideológica como por su condición de empresario disruptor y poco partidario del statu quo, aunque en cualquier caso su papel es controvertido y no exento de contradicciones.

Así llegamos a lo vivido estas primeras semanas de 2026, pues todo parece indicar que los regímenes de Venezuela e Irán, sostenidos básicamente por su poder energético, han dedicado buena parte de sus enormes recursos a la desestabilización regional y también internacional. Como actores estatales y paraestatales han aprovechado el escenario de fractura cultural en Occidente. No porque compartan los valores del wokismo, sino porque entienden que la fragmentación interna de las sociedades liberales debilita su cohesión, erosiona su legitimidad moral y reduce su capacidad de respuesta estratégica.

La batalla cultural, por tanto, ya no es un fenómeno marginal ni una disputa académica. Se ha convertido en el principal campo de operaciones políticas del siglo XXI. En ella combaten élites que buscan congelar el orden social que las favorece, movimientos que instrumentalizan el resentimiento y líderes disruptivos que canalizan el hartazgo popular, sobre todo el juvenil. Como en toda guerra no convencional, no hay frentes claros ni reglas estables, solo una pugna constante.

En cualquier caso, por mucho que los medios intenten minimizar la sublevación del pueblo iraní, -especialmente de sus mujeres-, rebajándola a la categoría de simples protestas, lo cierto es que la caída simultánea del régimen chavista y el de los ayatolás será el acontecimiento ideológico y cultural más importante desde la caída del Muro de Berlín.

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