Uno de los lugares comunes de las fiestas navideñas es que se supone que la mayoría hacemos una especie de repaso de nuestras decisiones y conducta durante el año que termina y tomamos la firme decisión de cambiar para mejor todo aquello que podamos, a lo que se suele denominar buenos propósitos para el nuevo año.
Sería deseable que los dirigentes mundiales hicieran también sus reflexiones y sus propósitos de cambio. Estaría bien, por ejemplo, que Trump reconsiderase su decisión de trasladar la embajada de los EE.UU. en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, en contra de la opinión casi unánime del resto de los países de la ONU y que ha provocado una nueva oleada de disturbios en Palestina y amenaza con la desestabilización definitiva de Oriente Próximo, una zona que hace décadas que vive en la inestabilidad permanente.
También que Aung San Suu Kyi y el gobierno birmano detuviesen la limpieza étnica contra la minoría rohinyá, cesasen en el hostigamiento y asesinato de sus miembros, les reconociesen la nacionalidad birmana, permitiesen el regreso de los cientos de miles de huidos a Bangladesh y favoreciesen su reasentamiento en sus lugares de residencia. Todo ello, además, estaría más en concordancia con su condición de premio nobel de la paz, que su actual connivencia, al menos por omisión, con el genocidio promovido por los militares birmanos.
También que Arabia Saudí y sus aliados detuvieran sus operaciones militares en Yemen contra los hutís, que están generando miles de muertos directos y una auténtica catástrofe humanitaria en forma de hambruna y de una epidemia de cólera que para el depauperado sistema sanitario yemení resulta imposible de atajar en la actual coyuntura bélica.
También que Kim Jong-un cesara en su carrera armamentística de desarrollo de misiles balísticos intercontinentales y en sus provocaciones a Corea del Sur, Japón y Estados Unidos y dedicara el dinero que gasta en su programa bélico nuclear a políticas alimentarias para los millones de sus ciudadanos subalimentados.
También que el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, cesase en su política de detenciones y ejecuciones extrajudiciales de traficantes de drogas, lo que no solo le convierte a él, a su gobierno y a la policía en criminales y destruye los fundamentos del estado de derecho, sino que no sirve para solucionar el problema, ya que solo elimina a los pobres desgraciados que están en el último escalón de la cadena del tráfico y deja indemnes a los grandes capos y sus aliados, entre los que hay miembros de la más alta jerarquía del estado con los que se codea cada día el presidente justiciero.
También que los gobiernos de los países de la UE cumplieran con las cuotas de acogida a refugiados que tienen asignadas y que ninguno de ellos ha respetado, y que en algunos casos de países del antiguo Pacto de Varsovia el incumplimiento ha sido total, incluyendo un abierto desafío a las instituciones comunitarias, especialmente a la comisión y al parlamento.
También que todos los gobernantes del mundo que roban a sus propios ciudadanos, que son muchos, dejaran de hacerlo y se dedicaran a gobernar con honradez, decencia y por el bien común.
También que el gobierno español se dedicase a buscar una solución política a la relación entre Catalunya y España y abandonase la vía judicial y las disparatadas acusaciones de presuntas sediciones y rebeliones, que más parecen relatos de fantasía oscura dignos de H.P. Lovecraft o Michael Moorcock.
Lamentablemente, no creo que a ninguno de los gobernantes implicados, y otros muchos, demasiados para mencionarlos a todos, ni tan siquiera se les pase por la cabeza recapacitar y empezar el año con buenos propósitos, a no ser que la estrella de Belén les ilumine y nos den una sorpresa, lo que, no nos engañemos, no parece muy probable.
En fin, a pesar de todo, les deseo a todos muy felices fiestas y lo mejor para el año nuevo y que Dios reparta suerte.








