La campaña Bons Illes Balears ha vuelto a demostrar que, cuando las administraciones aciertan en el diseño de una política pública, los resultados llegan con rapidez y son medibles. Los más de 11,5 millones de euros en ventas generados por esta iniciativa constituyen mucho más que una cifra positiva; representan un respaldo directo al comercio de proximidad, a los autónomos y a las pequeñas empresas que sostienen buena parte de la economía de nuestras islas.
Durante demasiado tiempo, el pequeño comercio ha tenido que competir en condiciones desiguales frente a las grandes superficies, las plataformas de venta por internet y unos costes de explotación cada vez más elevados. En ese contexto, campañas como la impulsada por el Govern balear no sólo incentivan el consumo, sino que generan un efecto psicológico igualmente importante: recuerdan al consumidor que detrás de cada compra en un establecimiento de barrio hay empleo, familias, impuestos que permanecen en el territorio y vida para nuestros pueblos y ciudades.
El éxito de la convocatoria confirma que los ciudadanos responden cuando se les ofrecen incentivos sencillos, transparentes y de aplicación inmediata. Cada bono utilizado no sólo ha supuesto un ahorro para quien compraba, sino un incremento de facturación para miles de establecimientos que, de otra manera, difícilmente habrían captado ese consumo. El efecto multiplicador de la inversión pública evidencia que este tipo de programas no debe contemplarse como una subvención sin retorno, sino como una herramienta de dinamización económica con beneficios tangibles.
El éxito de la convocatoria confirma que los ciudadanos responden cuando se les ofrecen incentivos sencillos, transparentes y de aplicación inmediata
Pero conviene no caer en la autocomplacencia. Los bonos comerciales son un excelente estímulo coyuntural, aunque no pueden convertirse en la única respuesta a los desafíos estructurales del comercio tradicional. La digitalización, la reducción de cargas administrativas, el acceso a financiación, el relevo generacional o la mejora de la competitividad siguen siendo asignaturas pendientes que requieren políticas estables y una estrategia a largo plazo.
El Govern ha acertado al reforzar una iniciativa que ha demostrado su eficacia y que ha contado con una extraordinaria acogida tanto por parte de los comerciantes como de los consumidores. Ahora corresponde aprovechar esta experiencia para consolidarla, perfeccionarla y convertirla en una política permanente de apoyo al tejido comercial balear. Porque fortalecer el comercio local no significa únicamente vender más durante unas semanas; significa invertir en el futuro económico, social y urbano de las Islas Baleares.
También sería deseable que este éxito sirviera para consolidar un amplio consenso institucional. El comercio de proximidad no entiende de colores políticos. Constituye un elemento esencial de la cohesión social, mantiene vivos nuestros centros urbanos y contribuye decisivamente a preservar la identidad económica de Baleares. Cada persiana que permanece abierta es un pequeño triunfo colectivo frente a la uniformidad comercial que amenaza tantas ciudades.





