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Caos celestial

miércoles 30 de enero de 2019, 02:00h

¡Ostras, Pedrín!

Hasta ayer, pensé siempre que en el Cielo (el Cielo con mayúscula, es decir, el Cielo paradisíaco, no el cielo-bóveda terrestre, el nuboso, soleado o lluvioso), reinaba el más grande de los sosiegos, el reposo y la placidez más absolutos y una armonía calmosa y despreocupada. Pues va a ser que no, tal y como dicen los “modelnos”. Y lo se de primera mano.

Resulta ser que ayer mismo llego -por circunstancias varias que ahora no vienen al caso- a las puertas del Cielo y me encuentro con un panorama que nunca, jamás, pensé que podría hacerse realidad. En un primer momento, justo al atravesar el portalón que da acceso al recinto divino, un coro de angelitos me han recibido con una sonrisa olímpica. Se trataba de púberes, núbiles, de sexo indefinido pero, eso sí, limpios (como recién duchaditos) y repeinados como los que más; unos velos traslúcidos medio ocultaban sus partes púdicas aunque, en realidad, no las hubieran. Era pura tradición pictórica occidental. Se encontraban en un estado volátil lo cual les daba una cierta gracia; asemejaban un enjambre nervioso y excitado.

Lo que les contaba, que en cuanto me vieron exhibieron sendas sonrisas dando muestras de alegría y exponiendo sus mejores galas de hospitalidad. Al cabo de estos primeros minutos de sorpresa, asombro y curiosidad, empezaron a discutir entre ellos para dilucidar quien era el primero que obtenía un contacto con el recién llegado, o sea, con un servidor. Vociferaban y berreaban a parir, llegando incluso a ejercer un cierto estado de violencia entre ellos o ellas, que no se sabe. El motivo de tal algarabía, de tamaño bullicio, no era otro que el de conocer la causa por la cual yo había asumido el Paraíso, del cual ellos o ellas ejercían las labores de primeros conserjes; digo “primeros” por pura orden de aparición; después de este primer filtro ligero aparecía el auténtico poder seleccionador, capitaneado por San Pedro -propietario de las míticas llaves- acompañado de su séquito asesor y de una mínima escolta por si llegara a subir algún tipo de raíz violenta o agresiva. En resumidas cuentas, el aspecto que ofrecían las ánimas virginales discutiendo a grito pelado era parecido al de una muchedumbre de seminaristas enardecidos recién ordenados sacerdotes... o de los universitarios acabados de graduar en la Universidad de Auburn, en Alabama, USA.

En un momento determinado, y viendo el carácter de insostenibilidad del sarao celestial, apareció el Arcángel Gabriel (intermediario entre angelitos y San Pedro) quien con cara de muy mala leche recriminó a los alborotadores y les amenazó con severos castigos, entre ellos, desprenderles las alas para que se peguen un morrón de padre y muy señor mío. Se instaló, en aquellos momentos decisivos, un silencio paradisíaco más que sepulcral, que también.

Gabriel se abrió paso entre los mozos alados y cabreados por haber sido reprobados y se acercó, dócilmente, a mi persona que todavía lucía mi aspecto humano, algo arrugado, eso sí. Me preguntó con voz diplomática y gestualidad de mayordomo: “señor Santacana: ¿que le ha llevado hasta nosotros, hasta el Cielo?”. Y entonces fue cuando yo, atendiendo a la enorme expectativa creada por mi ascensión, modesto y humilde, respondí al Arcángel: “Mire usted, señor Gabriel, ayer degusté un plato tan exquisito que me ha valido mi inmediata escalada al Reino de los Cielos”. Nuevamente interpelado por Gabriel sobre en qué consistió este manjar tan soberbio que ingerí, le repliqué: “morro de bacalao con muselina de mayonesa gratinada, piñones y con acompañamiento de garbanzos”.

Gabriel, entonces, hizo dos cosas urgentes: llamó a su presencia al “angelito-cocinero” para que escuchara mi receta y se pusiera las pilas para guisar este sencillo condumio; y, justo después, intentó llamar a Dios (saltándose a San Pedro, un glotón de mucho cuidado que dejaba sin raciones al resto de comensales), para invitarle a degustar la citada exquisitez. Pero Dios no contestó a su llamada por estar atendiendo otros asuntos de interés para la Humanidad, la cual circunstancia entusiasmó al Arcángel ya que Dios también era un tragón de aúpa y, de ese modo, él podría dar buena cuenta de la comilona. Los angelitos, como eran etéreos, estaban a régimen; si comían demasiado, se caían sobre el mapamundi y a tomar por saco.

Parece que en el Reino de los Cielos se rigen por actuaciones parecidas a las que mueven el globo terráqueo.

Sic transit gloria mundi.

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