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Ceder vacunas al tercer mundo para evitar nuevas variantes de la Covid

lunes 29 de noviembre de 2021, 00:00h

La nueva variante del coronavirus identificada en Sudáfrica ha disparado todas las alertas. En poco más de 48 horas, la nueva modalidad B.1.1.529 -bautizada como Ómicron- ha provocado la caída de las bolsas, el cierre de numerosas conexiones aéreas con la zona donde ha parecido y un gran temor a que la crisis de la Covid vuelva a empezar de cero en todo el mundo.

Ómicron presenta cambios notables respecto a las variantes del virus conocidas hasta ahora. Los expertos consideran que tiene una mayor capacidad de contagio y que podría escapar a las defensas naturales de la población; también existen dudas sobre si será sensible a las vacunas contra la Covid ya inoculadas o si habrá que rediseñar estas mismas vacunas para que tengan un efecto sobre la nueva variante.

El conocimiento científico en torno a la nueva variante ciertamente es muy preliminar, aunque sí se sabe que presenta un número "extremadamente alto" de mutaciones, lo que podría derivar en nuevas oleadas de la enfermedad. El aspecto positivo es que ha sido identificada relativamente rápido debido a la red de vigilancia mundial que existe sobre el tema.

En todo caso, ya se han identificado numerosos casos fuera de Sudáfrica, incluida Europa. El miedo es comprensible, una vez que los países desarrollados han llevado a cabo un ingente trabajo de vacunación de su población y de cerco al virus con importantes restricciones a las actividades cotidianas. El caso de los países en vías de desarrollo, sin recursos para la compra masiva de vacunas -como son muchos de los del continente africano- es bien diferente: en los casos en que hay estadística sobre el asunto, los porcentajes de población vacunada son mínimos, una circunstancia que los expertos consideran propicia para que el virus circule más y, consiguientemente, pueda experimentar nuevas mutaciones y variantes.

La situación obliga a repensar la necesidad de que los países desarrollados provean de vacunas suficientes a los países en vías de desarrollo, de manera que se impida la expansión mundial de la Covid y se reduzcan las posibilidades de aparición de nuevas variantes. Hacerlo, no sólo es una cuestión de justicia y de solidaridad entre estados, sino que revertiría en beneficio de los propios países desarrollados, cuyos esfuerzos durante la pandemia pueden verse, ahora, seriamente comprometidos.

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