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Chile a la vanguardia

domingo 24 de noviembre de 2019, 05:00h

El proceso de reforma constitucional en Chile ejemplifica la madurez, llegado al límite, con la que la clase política afronta en ocasiones los extremos a los que ella misma nos ha conducido. El pasado 15 de noviembre de 2019 Chile adopto el acuerdo para la posible elaboración de una nueva Constitución. Su creación pasa por la convocatoria de un plebiscito, probablemente en abril de 2020, para que los Chilenos voten si quieren una modificación de su Carta Magna y, en caso de ser así, se determinarán los mecanismos más idóneos para su elaboración. No será fácil ni inmediato pero el ejercicio llevado a cabo por derecha e izquierda supondrá un paréntesis y un alivio (al menos temporal) tras meses de agitación y reformas legislativas a la desesperada que no han dado resultado alguno.

Este paréntesis abierto en Chile también pone de manifiesto que hay formas distintas de afrontar las diferencias entre partidos políticos y que que nunca debería ser una opción la que consiste en azuzar los ánimos de afiliados de base, de asociaciones afines, de grupos de presión de toda índole, de incondicionales del partido con nada que perder, para convocar protestas en pro y en contra de cualquier consigna que al final sólo acaba favoreciendo al que desde su despacho la promueve.

Por eso, cuando veo algún herido en cualquier manifestación o concentración masiva, dentro o fuera de nuestras fronteras, tengo la convicción de que el responsable primero aunque no inmediato de ese atentado contra los derechos fundamentales, de ese atentado contra la vida o la integridad física, es esa persona que está sentada con sus asesores consintiendo de forma impune que, para defender sus ideas, alguien se tenga que enfrentar en la calle a la policía o a otros ciudadanos como él. El concepto de manipulación debería ser revisado para incluir conductas en el código penal que incitan a la violencia abanderando, aparentemente, causas legales y justas. Un fraude de Ley al fin y al cabo.

Me alegra por los Chilenos ese paréntesis negociado a la desesperada y que quizás culminará con la modificación de la constitución de 1980 nacida de la dictadura de Pinochet, una constitución de transición, como la nuestra, que no puede durar para siempre, porque los tiempos y las personas cambian y las nuevas generaciones tienen derecho a esa bocanada de esperanza en que consiste ver a tu propio País avanzar alejándose de viejos fantasmas a los que se aferran sin sentido derechas e izquierdas de todos los Países del mundo.

Estoy convencida de que hay espacios en el escenario político todavía sin descubrir, espacios sin nombre que existen (como existía America) pero todavía no han sido descubiertos porque hay quienes se empeñan en seguir construyendo el futuro con restos del pasado y del ayer más inmediato. Tiene que ser posible que la historia no se repita cíclicamente y que cada dos generaciones no tengamos que padecer algún conflicto político-social para contentar intereses de mediocres al poder que olvidan que se puede pasar a la historia siendo un buen mediador.

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