El trastorno bipolar no es simplemente “tener altibajos”. Se trata de una enfermedad mental que provoca cambios intensos en el estado de ánimo, la energía y la capacidad de funcionar en la vida diaria.
El trastorno bipolar o metafóricamente la montaña rusa del ánimo es un modelo de inestabilidad del ánimo caracterizado por la presencia de recurrencias frecuentes (fases de hipomania-mania alternantes con depresión), recuperación incompleta y funcionamiento ínter episódico insatisfactorio. Hoy por hoy se considera un trastorno crónico de toda y para toda la vida. A veces tan complejo como su tratamiento es su diagnóstico.
Conseguir que su sintomatología se mantenga a un nivel subumbral compatible con un buen nivel de actividad del paciente y lograr una buena tolerancia a la medicación para no deteriorar la actividad del paciente y permitir que este pueda cumplir el régimen terapéutico sería lo deseable en todos los pacientes. El tratamiento de mantenimiento del trastorno bipolar debe centrarse en la enfermedad y no en el episodio. Muchos no respondedores suelen ser no cumplidores
Los clínicos tenemos que trazar una línea fina entre el optimismo no realista y el pesimismo nihilista; los tratamientos no son perfectos pero hay evidencia contundente de que mejoran la evolución y la calidad de vida del paciente y de la familia.
Hay durante el año tres momentos “de riesgo”: otoño, inicio de la primavera y la primavera tardía (alrededor de Sant Joan). Tanto la escasa luz como la excesiva luminosidad (como ahora) puede afectar al frágil animostato del cerebro bipolar. Evidentemente el estrés cotidiano acumulativo, los duelos, los aniversarios de los duelos y sobre todo el “estrés afectivo” son factores de riesgo. Algunos pacientes tienen duda para discriminar si es mi carácter y son reacciones emocionales normales o estoy “descompensado”, otros añoran la “fase espitosa”, otros al estar estabilizados un tiempo largo empiezan a descubrirse como personas “nuevas” o se sorprenden de su personalidad (antes confundían el “ser con el estar”. Tan malo es estar en el Puig Major como en Pollensa (metáfora para explicar los altibajos). Yo siempre les digo que la antesala de la depresión es la euforia o la semieuforia.
Es decir, no hay mejor predictor de las bajadas depresivas que haber estado antes en las alturas. Concienciarnos de esto es una tarea imprescindible de hacer con el paciente y con la familia. Ningún enfermo viene a la consulta si está “alto de ánimo “, es la familia quien lo tiene que advertir al psiquiatra.
Cuando escuchamos hablar del trastorno bipolar, muchas veces aparecen ideas equivocadas: que la persona es “inestable”, “impredecible” o incluso “peligrosa”. Sin embargo, estas creencias no solo son inexactas, sino que también contribuyen al aislamiento y al sufrimiento de quienes viven con esta condición. Desestigmatizar empieza por algo sencillo: entender.
En las fases de manía, la persona puede sentirse eufórica, con mucha energía, dormir poco y actuar de forma impulsiva. En las fases de depresión, puede experimentar tristeza profunda, falta de energía, desesperanza o dificultad para realizar tareas cotidianas.
Estos episodios no son decisiones personales ni “falta de voluntad”. Son parte de una condición médica real. Pero la persona no es su diagnóstico
Uno de los errores más comunes es reducir a alguien a su enfermedad. Pero una persona con trastorno bipolar sigue siendo mucho más que eso: tiene talentos, relaciones, aspiraciones y una identidad propia. El estigma aparece cuando dejamos de ver a la persona y solo vemos la etiqueta.
El prejuicio puede ser tan dañino como la propia enfermedad. Por eso, el cambio social es fundamental.Es imperativo escuchar sin juzgar A veces, lo más valioso es ofrecer un espacio seguro donde la persona pueda expresarse. Hay que normalizar la salud mental. Hablar de ello con respeto ayuda a que más personas busquen ayuda sin miedo.
Y hay que saber que el tratamiento funciona. Muchas personas con trastorno bipolar llevan vidas estables gracias a la terapia y la medicación (como el litio y otros tratamientos).La mejor receta es la empatía en lugar de miedo: cambiar la mirada implica sustituir el miedo por la empatía, y la ignorancia por el conocimiento. Desestigmatizar no es solo tarea de profesionales o instituciones. Es una responsabilidad colectiva.
Cada vez que dejamos de juzgar, que escuchamos con respeto o que corregimos un mito, estamos contribuyendo a una sociedad más justa y humana. Y, sin embargo, lo que más pesa no siempre es la enfermedad. A menudo, lo que más duele es el juicio.
Porque, al final, hablar de salud mental es hablar de personas. Detrás del diagnóstico hay una persona. Hay alguien que lucha cada día por mantenerse en pie. Que sigue tomando su medicación (como el litio u otros tratamientos), acudiendo a terapia, intentando construir una vida estable. Que ama, trabaja, sueña, se esfuerza. Alguien que no es su diagnóstico. Reducir a una persona a su enfermedad es invisibilizar todo lo demás que la define.
Porque nadie debería sentirse solo en esto. Vivir con trastorno bipolar ya es un desafío enorme. Nadie debería tener que cargar, además, con el peso de la incomprensión. Detrás de cada diagnóstico hay una historia.
Y detrás de cada historia, una persona que merece ser vista, escuchada y tratada con dignidad. Humanicemos el estigma. Simplemente es reconvertirlo. Quitando la g: esti(g)ma.





