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Concha Sampol o la evasión de los espacios
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Concha Sampol o la evasión de los espacios

Para la entrevista de esta semana, nos desplazamos hasta el centro de Mallorca donde se encuentra la localidad de Sineu. Allí nos esperaba una mujer que nos confiesa que a medida que avanzan los años, más le agrada la soledad y el silencio. Una atractiva casa tanto en su interior como en su exterior, con una combinación de muebles y elementos modernos y otros tradicionales que la artista ha encajado para una decoración de detalles con gusto y encanto.

Concha Sampol Guasp nace el 20 de marzo de 1952 en Palma el mismo año del final del racionamiento en España que se había establecido en 1940, el mismo en el que Isabel II es coronada como reina en el Reino Unido, Harry S. Truman presidente de los EE.UU. se dirige a la prensa en contra de la intolerancia de Franco en materia de libertad de expresión y de religión, se inventa el código de barras, Jonas Salk científico americano producía la primera vacuna contra la poliomielitis, se editaban, La pianola de Kurt Vonnegut, El viejo y el mar de Ernest Hemingway y Ha llegado Don Juan de Jacinto Benavente. Eran los principios de la época del boom turístico donde comenzaba la construcción de hoteles en Palma y en la costa.

Hija de Pedro, natural de Palma, de profesión abogado y de Concepción (Ció) dedicada a las labores de casa y con mucho trabajo para atender a cinco hijas y un hijo.

Recuerdo que desde muy pequeña ya me gustaba dibujar. Uno de mis recuerdos favoritos, a veces en verano y otras en invierno son los domingos en casa de los abuelos maternos Jaime y Concepción en la Finca Possessió Sarrià en Establiments, cogíamos naranjas y alcachofas del huerto y siempre después de comer se sentaba en su butaca y le gustaba que los nietos le tocásemos la cabeza, era como una especie de ritual y luego nos daba dinero para comprar globos y chuches. Mis abuelos paternos eran José y Carmen. Vivían en la calle San Miguel y tenían una casa en Magalluf, la abuela me peinaba para ir al cole y yo que tenía aquel pelo tan revoltoso veía las estrellas. Por costumbre en casa tenían Lacasitos y nos los repartía a los nietos en unas curiosas cajitas.

Precisamente en esa casa de Magalluf a veces pasábamos parte del verano y algunos días que mis padres salían por ahí a cenar y nos dejaban con los abuelos. Debíamos tener doce o trece años, mi hermana Carmen y yo saltábamos por la ventana y nos íbamos a la playa con las amigas y amigos, hablábamos y bailábamos alrededor del fuego. Más de una vez nos pillaron.

Cursó estudios en el Colegio Sagrado Corazón, hasta sexto y Reválida, a la edad de 18 años marchó a Barcelona para inscribirse en la Facultad de Bellas Artes. Al principio pernoctaba en el Colegio Mayor del Sagrado Corazón, pero más adelante se hizo con un piso. Residió en la capital catalana hasta los 54 años y durante ese tiempo se casó con un valenciano. De ese matrimonio nacieron dos hijos, Javier y Ana y veintidós años más tarde se divorciaron.

Aunque antes de ir a Barcelona viví una divertida adolescencia con las pandillas de amigos de Sant Francesc y Montesión. Era algo tímida en el tú a tú, pero no tenía problema en adaptarme a las situaciones. Con dieciséis años conocí a Ramón Canet y fuimos los primeros alumnos de Xim Torrens en su primera escuela en una travesía del paseo Mallorca. También pasé por l’Escola d’Arts i Oficis de Palma. Con Ramón Canet estudiamos juntos en Barcelona y éramos amigos de correrías y de alguna juerga.

Solemos acordamos de cómo fueron nuestras primeras experiencias, la suya con el arte fue en la Galería Interior de Girona bajo el título “s”Horabaixa” ¿Cómo vivió esa primera exposición?

Me sentí muy nerviosa y al mismo tiempo orgullosa, antes ya había hecho algunas colectivas. Poco tiempo después y a través de una vecina que estaba casada con alguien de la familia de médicos Dexeus pude colaborar en una exposición solidaria en la que doné una obra que fue adquirida por el Sr. Antonio Puig. Cuando me lo presentaron se me ocurrió preguntarle por su profesión y me contestó que era perfumista. Ingenua, le pregunto; ¿y que tiene una perfumería? Me miró y me contestó con un sí que me dolió en todo el cuerpo al enterarme que era el propietario de una de las marcas más internacionales en perfumería y cosmética, Puig, un gigante de las fragancias. Eso quedó como anécdota y no me lo tuvo en cuenta. Se interesó por conocer mis trabajos y tuvo la gentileza de presentarme al propietario de la Galería Gaspar con quien mantenía una amistosa relación. Esa presentación me supuso poder llevar a cabo lo que para mí fue una impactante exposición individual. Entraba a formar parte de una excepcional lista de artistas, impensable poco tiempo atrás. En la actualidad sigue siendo mi galería en Barcelona.

La Sala Gaspar comenzó como tienda para enmarcar obras, se fundó en 1909 por Joan Gaspar i Xalabarder y con el tiempo se convirtió en un referente internacional. Después de la Guerra Civil, la galería fue gestionada por su hijo Miguel Gaspar y su primo Joan Gaspar i Farreras.

Desde 1955 todos los meses de octubre la sala estaba reservada para que Picasso con quien la familia Gaspar procesaba una estrecha amistad, expusiera y así ha sido hasta 2020.

De las vanguardias históricas hay que valorar las exposiciones de gente como Georges Braque, Joan Miró, Antoni Clavé, Alexander Calder, Josep de Togores, Apel·les Fenosa, Antoni Tàpies y Eduardo Chillida y de los artistas contemporáneos, a Enrique Brinkmann, Etienne Krähenbühl, Jean-Baptiste Huynh, Jordi Isern, Concha Sampol o Igor Mitoraj.

Tras su licenciatura en Bellas Artes ocupó parte de su tiempo en otros menesteres.

Durante unos años me dediqué al diseño de moda y a confeccionar ropa a medida, para bodas y fiestas. Me encantaba viajar y me iba a Paris a comprar complementos.

Estudié interiorismo de ferrocarriles y diseñé la decoración de varios trenes. En una ocasión gané un concurso al que se había presentado Tramo, la prestigiosa firma de diseño industrial e interiorista del empresario Miguel Milá. Sentí una grata satisfacción personal y profesional.

¿Alguna manía, algún secreto inconfesable? - Me mira, noto sus constantes vitales y aunque duda en contestar…

Me molestan las moscas que entran en casa sin permiso y odio a los parásitos mosquitos.

Valoro el aislamiento, me satisface hablar sola, esa especie de diálogo con el otro yo, bebo agua continuamente, tengo botellas en todos los rincones. Me considero ordenada en mi pintura, desordenada en las demás cosas.

De vez en cuando le pide a Francisca si puede revisar las fotos.

¡Por favor, déjame ver! - soy muy poco fotogénica.

¿Con la pandemia ha cambiado algo de su rutina?

Cuando se estableció el estado de alarma me vino un bajón moral y los quince primeros días no me apetecía hacer nada. Pero lo cierto es que después no he notado el efecto, de hecho me concedieron un permiso especial para salir todos los días de casa para ir a cuidar a mi madre que tiene 99 años. Sigo con la costumbre de pintar hasta las dos o las tres de la madrugada. Confieso que no sé estar sin pintar.

Entre sus artistas preferidos ¿a quién encontraríamos?

Anselm Kiefer, Cy Twombly, Toni Catany, Estebán Vicente, Richard Serra, Tapies, Chillida, Oteiza y algunos más.

¿Entre sus aficiones?

La práctica de la fotografía, escuchar música clásica, antes de la pandemia iba mucho al cine, ahora hace tiempo que no voy y me apasiona la jardinería.

Hemos pasado por diferentes estancias de la casa, en principio en el jardín donde degustamos una deliciosa “coca de trempó” comprada en un horno cercano, con unas cervecitas y ahora por unas escaleras subimos a su estudio. Está todo colocadito y ordenado y nos encontramos con obras de distintas épocas. Se evidencia la evolución de Concha. Estoy escudriñando en un grupo y la artista comenta:

…esas son de cuando acabé la carrera tendría unos veinte años, empecé a pintar y me obsesioné con los triángulos, dibujé toda la noche. Dibujé un libro entero

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Sobre elementos geométricos posiciona sus jeroglíficos, componiendo una escala de mensajes cifrados, palabras y números codificados que se expresan entre collages, polvo de mármol, látex, pigmentos naturales, papel y abundante poesía.

Juego con palabras y números que para mí tienen algún significado y los sujeto al soporte envueltos de los materiales que utilizo. O a veces me deslizo sobre la sencillez de un papel con una idea simple. En mi pintura influye la naturaleza, la luz y el color, absorbo de mis viajes y lo traslado a mi manera, a mis trabajos. Por ejemplo el viaje a la India me empapó con sus múltiples tonalidades y durante un tiempo noté su contagio.

Ya que ha pronunciado la palabra, lléveme por esos lares del mundo que usted y sus obras han visitado…

He viajado a numerosos países y en algunos de ellos he expuesto, principalmente a las Maldivas varias veces, dónde he trabajado la acuarela, Kenia, Zanzíbar, Tanzania, Holanda, Francia, Méjico, Suiza, Alemania, Perú, Italia, Taiwán, Miami, me encanta Portugal, y en numerosas ciudades españolas de Madrid, Barcelona, Mallorca, Girona, Tenerife…

Sea lacónica en la respuesta. ¿Con su pintura que pretende, una invasión o una evasión de espacios?

Sin ninguna duda; Evasión.

Le comenté que a veces tengo la impresión de que sus obras producen un efecto singular en el color, no lo veo rojo, sino rojizo, el gris lo veo grisáceo, no percibo el naranja sino un anaranjado, no vislumbro un azul sino un azulado y su respuesta me aclaró el motivo.

Mis obras nunca tienen brillo, son todas mate. Ya he dicho que mis fuentes de inspiración son la luz, el color y la naturaleza que brilla por sí misma. Mis colores más usados, son azules, rojos y ocres.

Y si aproximo la lupa para entender algunos de los mensajes encriptados y con letra pequeña, descubro por primera vez que una obra me recuerda a la fruta, o quizá sea otra vez esa percepción particular a la que Concha responderá sin matices. Toco y aprecio la piel de la manzana, huelo a melocotón, a naranja fresca, oigo la literatura del canto de los nísperos.

Absorbo su néctar y entiendo esa transparencia natural que la artista cierne sobre sus abstractos paisajes. Esos ocres y rojos tierra, esos azules cielo y mar que pilotan alrededor y me sitúan.

Está a punto de pasar por un control del aeropuerto ¿Algo que declarar?

En una ocasión elaboramos una obra entre cuatro, Mateo Bauzá, Gelabert, Canet y yo. El resultado final sería una tela que desprende magia. Es un tesoro, un secreto no expuesto al que le tengo mucho cariño.

Está bien guardadita en casa de mi hijo Javier.

A finales de junio de 2020 fallece su hermana Dolors a la edad de 66 años.

¿Cómo le afectó su muerte?

Estuvimos muy ligadas desde la infancia. La admiraba como pintora y por su cualidad genuina en el dibujo. Su muerte me dolió más de lo que podía imaginar, para eso nunca estás preparada. Estuve un mes bloqueada, sin poder coger un pincel y lo primero que pinté se lo dediqué a ella. Esa obra la regalé a su nieto Paul, que tristemente no pudo conocer.

Dolors Sampol, pintora, se licenció en Bellas Artes en la Escola Superior de Sant Jordi de Barcelona y algunos de sus amigos dejaron testimonio de su personalidad tras enterarse de la muerte, coincidiendo todos en que desprendía elegancia a través de sus obras. Un ser culto, amable y discreto.

¿Con qué generación de artistas le gustaría que la alistaran?

¿Puedo ser pretenciosa? - me pregunta.

Veamos…

Si fuera así de fácil, con Rafael el gran pintor y arquitecto italiano del Renacimiento. O bien con artistas de los años 50/60 donde se encuentra una de las generaciones de valientes que más aprecio.

¿Hasta cuándo una artista hace probaturas?

No creo que haya una edad para eso, continuamente. Es pura necesidad, incluso diría que es nuestra obligación.

Hace una breve referencia a su amistad con la escritora Carme Riera de la que no presume.

Hace años que Carmen y yo somos buenas amigas y compartimos confidencias.

Nos entrega catálogos de sus colecciones y al abrir uno de ellos casualmente surge la firma de Carme Riera a pie de uno de sus textos.

Me he permitido traducir y robarle unas palabras que utilizó en la introducción…

Cuando Concha Sampol y yo nos conocimos, a finales de los sesenta, ella quería ser pintora y yo escritora, pero las dos no habíamos hecho más que probaturas, más bien secretos que solo habíamos mostrado a los amigos de más confianza. Nuestras vocaciones estaban claras y por nada del mundo hubiésemos renunciado a ellas. Por eso habíamos dejado Mallorca y habíamos venido a Barcelona, donde Concha estudiaba Bellas Artes y yo Letras.

Una semana más salíamos de un lugar con la impresión placentera de haber gozado, de haber catado fragmentos, milésimas, del carácter de estos seres que desde muy jóvenes se han preocupado de buscarle defectos al equilibrio, de pernoctar noche tras noche hasta dar con algún error etimológico que permita definir al equilátero como imperfecto.

Me quedo con un suculento repertorio visual que alguien diligente ha ampliado durante décadas. Llamémosle antología para que no pierda la honestidad y la sencillez que otorga Concha Sampol a lo que un día será su legado.

Con cumplidos y afectos sinceros, Francisca y yo nos marchamos mientras Concha cierra la puerta de su morada para reencontrarse con sus amores; su soledad y su silencio.

Textos: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca Sampol

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