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Conmemoración sesgada del fin de la guerra

jueves 11 de abril de 2019, 01:00h

Con el propósito de conmemorar el 80 aniversario de fin de la guerra civil, este 1 de abril Televisión Española dio inicio a una semana temática que incluyó una diversidad de formatos, la mayor parte emitidos por la segunda cadena, entre los que destacan el documental, el reportaje, la miniserie y, para cerrar, un par de películas de Basilio Martin Patino. Pese a esta diversidad, todos estos materiales estuvieron atravesados por una línea editorial común: emitir la voz de los vencidos.

Claro, esta parcialidad me pareció en un principio compensatoria -hijo de un teniente republicano y un abuelo represaliado como soy- pero pronto me encontré dividido entre el corazón y la cabeza. Para el corazón, los documentales “Noticias de una guerra” y “El silencio de otros” fueron un auténtico festín emocional. Pero mi cabeza empezaba a emitir señales de alarma ante lo que parecía ser una visión demasiado unilateral.

Cierto, la unilateralidad había sido la insignia del régimen franquista. Y, desde luego, una cosa es retratar los excesos cometidos durante la guerra por ambos bandos y otra la radical decisión de Franco de extirpar de raíz cualquier desafección humana. “Impondré el orden aunque tenga que fusilar a media España”, fue la frase más famosa del caudillo ya en medio de la guerra civil. Y hay testimonios de que avanzó denodadamente en esa tarea en los terribles años de la postguerra.

De este contexto surgió una dictadura militar que comenzó siendo explícitamente fascista para luego abandonar su aspiración a un régimen totalitario y pasar hacia otro autoritario, al tiempo que cambiaba de aliados en el exterior a la vista de los resultados de la segunda guerra mundial.

Este régimen de dictadura, cada vez más flexible en las formas, mostraría veinte años más tarde su verdadero talón de Aquiles: el recambio generacional. Porque fueron los hijos de los vencedores y de los vencidos quienes comenzaron a oponerse a un Estado sin libertades. Pero, a su vez, la dictadura distaba mucho de estar aislada socialmente, como sostenían algunos. Así que tuvieron que transcurrir otros veinte años antes de que pudiera llegar la democracia.

Fueron las películas de Martín Patino, regresando hacia el escenario de la guerra desde tiempos posteriores, las que confirmaron mi molestia racional a una lectura unilateral del conflicto y sus secuelas posteriores. Tengo la percepción de que la historia reciente de España es sobre todo una batalla entre dos medias verdades.

De una parte, el relato de los vencedores según el cual unos generales golpistas habrían salvado la patria de los desmanes de la República. Y en este aspecto, la película “Caudillo” de Martín Patino desnuda bastante bien ese mito. Pero lo hace sumándose a la otra media verdad de los vencidos: la guerra fue un conflicto entre un Ejército y un pueblo, como si el levantamiento militar y la contienda no hubieran tenido detrás la otra media España.

Esta media verdad -o gran mentira- evita aceptar que nuestra guerra fue efectivamente civil, es decir, que, más allá de los medios militares (progresivamente dispares), las dos partes contendientes tenían un respaldo social considerable. En realidad, las imágenes que consiguió Patino confirman el innegable apoyo social que tenían los sublevados, pero el guion de ambas películas se orienta por otro lado.

Aunque este enfrentamiento de relatos unilaterales todavía afecta a las y los historiadores, es sobre todo en el mundo de la imagen donde se recrea con más fuerza. Y no me parece necesario que la recuperación de nuestra memoria reciente deba partir de concepciones contextuales sesgadas.

Como si a la falsificación histórica de los vencedores hubiera que ofrecer otra falsificación (supuestamente más justificada). Entre otras razones, porque luego se recrean consecuencias erróneas.

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