El devastador incendio forestal de Los Gallardos (Almería) ha conmocionado a España entera, también a Baleares, y ha vuelto a recordar la cara más cruel de los grandes desastres naturales. Doce personas han perdido la vida, más de un millar han tenido que abandonar sus hogares, una veintena está en paradero desconocido y miles de hectáreas han quedado reducidas a cenizas. Detrás de estas cifras estremecedoras hay familias rotas, vecinos que lo han perdido todo y una profunda sensación de impotencia ante una tragedia que tardará años en cicatrizar.
Las investigaciones determinarán qué ocurrió exactamente y cuáles fueron las circunstancias que desembocaron en un balance tan dramático. Sin embargo, más allá de las causas concretas, esta tragedia demuestra que en una situación de estas características, seguir las instrucciones de los servicios de emergencia es cuestión de supervivencia.
Bomberos, Protección Civil, Guardia Civil, policías y personal de emergencias toman decisiones difíciles basándose en información técnica, en la evolución del fuego, en la dirección del viento y en modelos predictivos que los ciudadanos desconocen. Cuando ordenan evacuar una zona, permanecer confinados en una vivienda o evitar determinadas carreteras, lo hacen porque cada minuto cuenta y porque cualquier decisión individual puede convertirse en fatídica.
A veces se producen comportamientos movidos por el miedo, la incredulidad o el exceso de confianza. Hay quienes deciden regresar a sus casas para recoger pertenencias, quienes intentan escapar por rutas no autorizadas o quienes ignoran las órdenes pensando que conocen mejor el terreno. Desgraciadamente, la experiencia demuestra que esas decisiones pueden tener consecuencias irreversibles.
España ha sufrido en los últimos años una sucesión de catástrofes naturales que deberían haber reforzado nuestra cultura de la autoprotección. Riadas devastadoras, inundaciones, incendios forestales cada vez más virulentos y otros fenómenos extremos han puesto de manifiesto que el cambio climático incrementa la frecuencia e intensidad de estos episodios. Ante esa realidad, la prevención y la disciplina ciudadana son tan importantes como los medios materiales desplegados para combatir la emergencia.
Conocer y adoptar medidas básicas de autoprotección, disponer de un pequeño plan familiar de emergencia y, sobre todo, obedecer sin reservas las indicaciones de las autoridades puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. El mejor homenaje que podemos rendir a las doce víctimas de Los Gallardos es aprender de esta tragedia para que nunca vuelva a repetirse un desenlace semejante.
Frente a la fuerza imparable de la naturaleza, la coordinación, la prudencia y el respeto a quienes dirigen las operaciones de emergencia constituyen nuestra mejor defensa.


