La reciente concesión de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III al desaparecido Francesc Antich no es sólo un reconocimiento merecido; es, sobre todo, una rectificación necesaria, una vez que tal reconocimiento quedara olvidado cuando el Gobierno central aprobó tal concesión a Javier Lambán y Guillermo Fernández Vara, también fallecidos este año. El Consejo de Ministros corrigió así este martes un olvido que, hace apenas unos meses, fue difícil de explicar y aún más de justificar, especialmente en una comunidad como las Baleares, donde la figura de Antich forma parte indiscutible de la historia política reciente.
Francesc Antich fue presidente del Govern balear en dos etapas complejas, marcadas por la necesidad de llegar a consensos con fuertes tensiones provocadas por las alianzas que tuvo que tejer tanto a la izquierda del PSIB como con la Unió Mallorquina de Maria Antónia Munar. Lo hizo con un estilo poco dado al estruendo mediático, una virtud que no siempre cotiza al alza en tiempos de política acelerada, pero que deja una huella duradera.
La Gran Cruz de Carlos III no reescribe el pasado, pero sí lo ordena, devolviendo a Francesc Antich al lugar que le corresponde en el relato oficial de la democracia española y balear
Por eso, cuando el Consejo de Ministros pasó por alto su nombre, la ausencia no fue interpretada por todos los partidos del ámbito balear como una casualidad administrativa, sino como una injusticia política. No se trataba de una cuestión partidista, sino de memoria institucional. El Estado reconoce con la Gran Cruz de Carlos III a quienes han prestado servicios eminentes a la nación, y pocos discuten que Antich cumple sobradamente ese criterio. Al menos, a igual nivel que Lambán o Fernéndez Vara.
La rectificación llega tarde, pero llega. Y conviene subrayar su valor simbólico. En un momento en que la política parece atrapada en la lógica de la confrontación permanente, este gesto recuerda que el reconocimiento a una trayectoria puede y debe situarse por encima de coyunturas. No se premia una ideología concreta, sino una manera de ejercer el poder con respeto institucional, vocación de acuerdo y sentido de Estado.
La Gran Cruz de Carlos III no reescribe el pasado, pero sí lo ordena, devolviendo a Francesc Antich al lugar que le corresponde en el relato oficial de la democracia española y balear.





