Corrigiendo vicios

El PP de las islas se propone aprobar una declaración, o como diablos se llame, en virtud de la cual se va a dejar claro que las islas no forman ni jamás han formado parte de los països catalans. Convendrán conmigo que lo más enojoso de la lengua que todavía se empeñan en hablar una parte de los mallorquines es, precisamente, que algunos la denominen catalán. Mientras la llamaban mallorquín, tenía un pase, caía simpática, era como una muestra de tipismo folclórico más, como las ensaimadas o los ingleses de Punta Ballena. Pero ese empeño -indudablemente colonial y orquestado desde la pérfida Barcelona- de llamarle catalán, arruinó para siempre su verdadera identidad. Trataré de aclararles algunos conceptos clave de todo este berenjenal. Para empezar, Jaime I el conquistador era un gabacho de narices, pues no se le ocurre otra que ir a nacer en Montpellier, que como todo el mundo sabe es una ciudad del sur de Francia, famosa por sus patios de luces de idéntico nombre. Sí, su padre era Pere II d'Aragó -que no de Cataluña, qué manía de los catalanes de apropiarse de ese reino y las dichosas cuatro barras de su bandera-, pero seguro que hablaba francés, porque menuda era su mujer, la tal Maria. Además, en Francia no dejan hablar en catalán en la escuela, para que los chavales no se envicien, y hacen bien. Cuando se decidió la conquista de Mallorca, el bueno de Jaime, que sólo tenía 21 años, estaba amancebado con una tal Elo Álvarez, je, je. Ahora que vengan los polacos y vuelvan a repetir que fue una propuesta de los prohombres catalanes, anda ya. Por tanto, es fácil deducir que todo el entramado fue cosa de la Elo, que por su apellido ya habrán concluido que no era de Vilanova i la Geltrú. Los aragoneses y su rey francés llegaron a Mallorca en septiembre -como si viajaran con el Inserso- y, una vez pasado a cuchillo todo cuanto moro encontraron en su camino, hallaron a los verdaderos aborígenes baleares refugiados en sus talaiots, cubriendo sus partes con pieles de Myotragus y empeñados en enseñar a sus hijos a derribar hogazas de pan con sus hondas, menuda pérdida de tiempo. También pudieron apreciar los conquistadores era que hablaban una lengua que les recordaba al catalán, pero a lo bestia, como para usarla sólo con criadas y payeses. La principal diferencia era -lo pudieron comprobar en los graffitis del Castillo de Bellver y del Luís Sitjar- que el balear auténtico se escribía con multitud de acentos para acá y para allá. Enseguida atribuyeron al clima la cantidad considerable de palabras que coincidían con otras catalanas -llevaban un intérprete de la Barceloneta-, porque todo el mundo ya era consciente que estaban ante una nueva lengua. Además, para más inri, tal y como una diputada del PP ha afirmado semanas atrás, en aquella época, el catalán ni siquiera existía, toma ya. Por tanto, si no existía, ¿cómo iba el balear a ser la forma dialectal de un idioma inexistente? Ramon Llull, o mucho mejor, Raimundo Lulio, tuvo la desgracia de ser hijo de dos barceloneses, pero nació en Mallorca en 1232, por lo que es indudable que ya fue a la escuela -seguramente, de pago- en balear, cuando sus profesores no estaban en huelga, claro. Con sus padres no se hablaba, pero no porque se llevase mal con ellos -pese a ser catalanes-, sino porque, como dijo la reputada diputada, su lengua no existía y, por tanto, no había manera de entenderse con ellos. Él los intentaba llamar mumpare y mumare y ellos se hacían los suecos, los muy polacos. Mucho después, tras la guerra de sucesión que tanto tergiversan los malditos catalanes (no entiendo para qué quieren la independencia, con lo que los queremos), comenzó a imponerse el sentido común. No podía enseñarse en las escuelas la lengua balear porque con tal cantidad de acentos -ríanse ustedes del chino mandarín- no había catedrático que consiguiera aprenderse las enrevesadas normas gramaticales que establecieron los pedazo de brutos de los honderos. Así que optaron por enseñar en castellano y ponerles un anillo infamante a los escolares que hablasen en balear. Pero todo era por su bien, para que no se convirtieran en futuros secesionistas. Como que, con esta acertada política, el balear se olvidó, entonces los catalufos aprovecharon para inventarse una falsa historia de la conquista de Mallorca, de los prohombres catalanes y toda la demás parafernalia, y, lo peor, un tal Fabra se sacó de la manga una gramática mucho más sencilla que la nuestra para tratar de seducir a los incautos baleares y hacerles creer que su lengua era la catalana con unos pequeños toques locales y ciertos arcaismos, a lo que contribuyó un doble agente menorquín, un tal Moll. Toda esta malvada estrategia imperialista y colonial catalana, pese a los intentos de Franco de poner orden y concierto, triunfó, y no ha sido hasta que, en un arrebato de sentido común, todos los baleares, incluidos los que no votaron, eligieron a José Ramón Bauzá, el único político que ha tenido lo que hay que tener para recuperar el balear en su esencia talayótica y prerromana más pura y enviar a los cochinos catalanes imperialistas a hacer puñetas, oponiéndose además a su independencia, para que se jodan. Y, además, desde ahora hablaremos castellano hasta con las criadas, qué se creen. Así que no se dejen engañar con las fábulas propias del desafío secesionista y otras sandeces como la de que Madrid nos roba o nos discrimina. Hala, fin de la cita. P.S. Por el amor de Dios, si lee esto algún magistrado del Tribunal Constitucional, le aclaro que igual habría que contrastar mi tesis con alguna otra.  

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