Mi capacidad de asombro, que creía agotada, parece ser que no se ha extinguido, mayormente gracias a las continuas patochadas del ministro García-Margallo y sus torpes declaraciones con relación al proceso catalán.
A ver, está muy bien apelar al imperio de la ley y a todas estas formalidades que habitualmente nos sirven para ordenar la convivencia. Pero Margallo olvida que los poderes del estado emanan de la soberanía popular, no al revés, de forma que si la voluntad de un determinado pueblo es la de manifestarse a través de algo tan democrático como es el voto, impedirlo con argumentos legales es ciscarse, al mismo tiempo, en el apartado 2 del artículo 1 de la Constitución Española.
Claro que podemos discutir si la soberanía del pueblo español es fraccionable, pero este debate es puramente doctrinal. Por esa misma regla de tres, si los demás españoles estuviéramos de acuerdo en "independizar" a Extremadura aun en contra de la voluntad de los extremeños (y que conste que me caen fenomenal), ¿podría la mayoría del pueblo español echarlos con su voto? Todos los caminos que uno busca para oponerse a la voluntad popular conducen al absurdo y algunos, mucho peor, al neofranquismo.
¿A qué nos aboca la postura del gobierno de llevar la aplicación de la ley a sus últimas consecuencias, incluida la suspensión de la autonomía y el recurso a la fuerza militar? Pues, en primer lugar, a un enorme crecimiento de la desafección del pueblo catalán -no sólo de los independentistas- con relación al ejecutivo español. En segundo lugar, Margallo actúa como un verdadero agente del secesionismo, al punto que uno llega a preguntarse si no será un elemento infiltrado por ERC, ya que nadie hace tanto por multiplicar el número de independentistas como este madrileño.
No, si va a resultar que España no envía tropas a luchar contra el yihadismo por miedo a la reacción de la opinión pública, pero está dispuesta, como en 1936, a echar el ejército a la calle contra otros españoles. Demencial.
Tengo requetedicho que no deseo en absoluto la secesión de Catalunya, que creo que existen argumentos de todo tipo para combatir las legítimas aspiraciones de un independentismo sentimental y a menudo meramente reactivo. Los catalanes no eran mayoritariamente independentistas hasta que el funesto Tribunal Constitucional en mala hora dictó una sentencia tan corta de miras que desencadenó el huracán político que vivimos y que, definitivamente, le viene muy grande a este gobierno provinciano y borracho de altanería.
No entienden absolutamente nada, para ellos España sigue siendo Castilla y su tierra conquistada. Lo peor es que muchos de los que amamos este país -conjunta y separadamente- tememos que la torpeza del gobierno acabe como la de sus predecesores desde principios del siglo XIX, es decir, llorando las tierras y pueblos emancipados. Si la pérdida de Cuba sumió a nuestra sociedad en la depresión y crisis de 1898, no quiero ni pensar lo que acarrearía la proclamación de la independencia de Catalunya.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, creo que la monarquía debe desempeñar su papel. Que el rey haga algo, coño.


