«Aparta, Señor, de su recorrido todo peligro, imprudencia o accidente». El obispo auxiliar de Toledo invocó así protección para el tren de Iryio en el que la comitiva papal se disponía a embarcar rumbo a Barcelona. Un periodista se lo contó a Oscar Puente, le preguntó si la petición de ayuda divina estaba justificada, y al ministro le sentó mal. Es una pregunta de mal gusto, dijo. Luego puso en duda la noticia («dudo mucho que los obispos ejerzan de brujos y exorcicen un tren antes de subirse a él»), como si de nuevo estuviéramos ante un bulo (que no una bula) o incluso ante un pseudoobispo.
Posiblemente lo que molestó a Puente fue la intromisión eclesial en sus competencias seculares: a Dios lo que es de Dios, y a Puente lo que es de Calígula. Este mismo conflicto de competencias, en este caso morales, parece haberse desatado tras la visita del papa al Congreso de los Diputados. No, entre los diputados, que aplaudieron encantados, durante siete minutos, el discurso. Pero es que ellos emplearon un método infalible que consistió en trocear el mensaje papal, descartar una parte, y usar el resto para tirarlo a la cabeza del adversario (entre las partes descartadas estaba esa en la que el Santo Padre alertaba contra la polarización). De este modo, la izquierda cogió las referencias a la inmigración para acusar a la malvada ultraderecha y sus prioridades nacionales, y demostrar que incluso el papa está con ellos.
Es muy llamativo ver a Sánchez y sus ministros completamente encantados con la visita, si tenemos en cuenta que hasta ahora habían eludido cuidadosamente incluso felicitar la Navidad. Sánchez, que evitó acudir a funerales religiosos por las víctimas de la COVID, la DANA y Adamuz, acudió ayer a una misa en la Sagrada Familia, la primera a la que habrá asistido en los ocho años que lleva en Moncloa. Pero es que los políticos parecen haber detectado una nueva ola, un nuevo nicho de mercado en lo religioso, y están decididos a hacer todo lo posible para apoderárselo. Todos excepto los más excéntricos de la galaxia política, claro. Ione Belarra se asombró de la calidez de la recepción, y preguntó si habrían hecho lo mismo con un ayatolá de esos que financiaban a Pablo Iglesias en HispanTV. E Irene Montero se lamentó de que el papa no hubiera aprovechado para pedir perdón por los imaginarios bebés robados por la Iglesia. Mención especial merece Miriam Nogueras, que en una representación del meme «señora, suélteme la mano» agarró la del Santo Padre y le pidió (¡en inglés!) que hablara en catalán como muestra de respeto al lugar en el que iba a estar próximamente. Y después otro compañero de Junts le pidió (¡en italiano!) exactamente lo mismo.
El papa, en Barcelona, habló en español y en catalán, que era lo que estaba previsto desde el principio (la ceremonia en la Sagrada Familia fue muy bonita). Y añadió que Cataluña es una región (glups), que el español es una lengua que une continentes (vaya por Dios), y que los catalanes deben ser «constructores de unidades». Luego fue a visitar la cárcel de Brians y Rull (o Turull) le dijo que le hacía especial ilusión porque él también había estado alojado allí. Los nacionalistas son así, incapaces de dejar de moverse en torno a su ombligo como un derviche obsesivo.
Vale, entonces la izquierda ha pretendido usar al papa como ariete contra la derecha. Pero ¿y sus menciones al aborto y la eutanasia? Es aquí donde se desató el conflicto competencial, que fue resuelto rápidamente. Sencillamente, en esos asuntos el papa no tiene nada que decir ahí porque lo ha aprobado el Parlamento, y por eso «la ley de eutanasia (y también la de aborto, supongo) es profundamente moral». Esta es la tesis que Carlos Alsina defendió en su encíclica mañanera. Dicen que hay dos cosas que es mejor que la gente no sepa cómo se hacen: las salchichas y las leyes. De lo segundo no sé, pero estaba en el Congreso cuando la ley de eutanasia inició su recorrido, entonces proposición de ley de Podemos, y no recuerdo haber presenciado sesudos debates morales. Después, en plena pandemia, la resucitó Pedro Sánchez en su forma original de proposición de ley (en vez de proyecto de ley) para evitar, precisamente, que pasara por el comité nacional de bioética. Que, como defiende Alsina, el resultado de este proceso legislativo hubiera producido algo moral, habría sido tan asombroso como que las salchichas fueran saludables. En todo caso da igual porque, cuando los partidos toman posiciones en estos asuntos, determinan las posturas morales de sus adeptos.
Es obvio, entonces, que el aborto y la eutanasia pueden ser descartados como dogmas de la Iglesia porque son, en realidad, dogmas del progresismo (Alsina se burló de que el papa, que está en contra de ellos, se considerase «humanista»). El papa se mete donde no le llaman, pero la izquierda no se lo recrimina en voz muy alta porque codicia su rebaño. ¿Y la inmigración? Ahí sí que se eleva la voz, porque hay que detener el fascismo. Por mi parte no aspiro a que el Congreso se convierta en La Escuela de Atenas, pero no estaría mal que en algún foro hubiera debates éticos y morales de cierta enjundia. Lo que sí debería exigirse a los diputados es que rindieran cuentas sobre otro asunto moral que mencionó León XIV en el Congreso: su servicio al «bien común».




