De repente, desde distintos frentes -Podemos, FAPA, asociaciones de directores, psicólogos-, comenzaron a surgir, hace más o menos una semana, voces clamando contra el fútbol en los patios de las escuelas. Por lo visto, la querencia balompédica de muchos chavales estimula su agresividad, cualidad que supuestamente no albergan los que practican otras actividades, deportivas o no.
El argumento es perverso y abunda en dos tendencias irrefrenables, a saber, la que pretende meter a los menores en urnas de cristal para evitar que la realidad les vaya enseñando de qué va esto de vivir, y la inhibición de muchos docentes por lo que hace a la educación de sus alumnos. Los hay que piensan que educar es una tarea exclusiva de las familias, mientras que los docentes deben limitarse a enseñar. Esta deriva, que quizás no sea mayoritaria, pero que viene creciendo en los últimos lustros, explica gran parte del fracaso de las políticas educativas. No se puede educar a un menor si toda la sociedad no está dispuesta a hacer un esfuerzo conjunto para ello. La familia -obviamente, en primer lugar-, la escuela, la autoridad -en todas sus manifestaciones- y los adultos en general deberíamos estar implicados en esta tarea.
Si hasta hace treinta o cuarenta años un menor hacía el asno en público y en ausencia de sus padres, cualquier persona adulta se veía compelida y, desde luego, legitimada a corregirle. Esto sigue siendo así en países tan avanzados como Japón, pero en Occidente este modelo está, desafortunadamente, periclitado. Los niños son propiedad exclusiva de sus padres, y nadie más puede corregir sus naturales tendencias a la burrería, ni siquiera los maestros.
Por tanto, la queja de algunos profesionales se enmarca en este contexto. Como que carezco de autoridad material -por mucho que digan las leyes- para corregir a mis alumnos en cuestiones extraacadémicas y, además, paso de ponerme en peligro de incurrir en grave responsabilidad si lo hago, pues me inhibo y se acabó. Y, para evitar que se maten en el patio, busco alternativas de ocio políticamente correctas que mantengan reprimida su agresividad.
Con esta visión, lo que vamos a conseguir es justamente lo contrario. La agresividad es un comportamiento connatural en cualquier humano ante determinadas circunstancias. Lo que hay que hacer con los menores no es capar su agresividad, sino enseñarles a gestionarla adecuadamente.
El fútbol y otros deportes de equipo especialmente los denominados ‘de contacto’ son maravillosas escuelas para ello. Los chavales deben, en primer lugar, sujetarse a unas reglas. No solo no vale meter gol con la mano o en posición de fuera de juego, tampoco vale agredir a un contrario que nos supera o hacerle falta agarrándole de la camiseta.
Todas estas reglas del juego son trasladables a la vida ordinaria de las personas. Si logramos comportarnos limpia y deportivamente cuando jugamos a fútbol u otro deporte, es muy posible que hagamos lo propio cuando saquemos a pasear al perro, o cuando tengamos que hacer una cola en el ayuntamiento, tirar la basura en el contenedor o pagar una multa por haber aparcado mal. No hay que evitar la frustración de los menores, sino enseñarles a manejarla. Si perdemos un partido y tenemos que dar la mano al adversario que nos ha vencido y al árbitro que no nos ha pitado ese penal que creemos que nos hicieron, aprendemos que la culpa de las cosas no es siempre de los demás.
Todo ello, al margen de que los patios de las escuelas han de ser espacios de libertad en los que los niños hagan funcionar su creatividad sin intromisión ni más domesticación de los adultos que la estrictamente necesaria. Naturalmente, hay que evitar que se hagan daño, o que los futboleros de patio acaparen todo el espacio arrinconando a los demás. En suma, enseñarles reglas de convivencia. Pero no hay que decirles a los menores a qué jugar y a qué no.
Puede que el fútbol sea predominante -ahora que, además, el femenino ha recibido un gran impulso social-, pero esta realidad ni es nueva, ni ha acabado jamás con otro tipo de juegos o entretenimientos de recreo.
Como casi todos los de mi generación, jugábamos al fútbol en el patio con balón o sin él, hasta con bolsas de galletas rellenas de papeles y con porterías formadas por dos piedras o carteras. Y no éramos menos agresivos que los chavales de hoy, desde luego.
Pero también hemos jugado a ceba -así estamos de la espalda-, a pídola, a mato, a las canicas, a banya, al pañuelito, al elástico, a la comba, a la rayuela, a piso y a toda suerte de juegos más o menos salvajes o creativos; niños y niñas, juntos y por separado.
La única diferencia es que nosotros nos libramos de algo que sí fomenta la agresividad desaforada de los menores, como es el acceso sin control alguno a realidades virtuales -videojuegos y redes sociales- en las que la violencia gratuita, en muchas ocasiones extrema, está casi siempre presente.





