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Doris Duschelbauer o el azul que emana del interior
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Doris Duschelbauer o el azul que emana del interior

Nos situamos en el año 1963, en Alemania se estrenaba la película; Die endlose Natch (la noche interminable), un relato que transcurre en el aeropuerto de Berlín cerrado a causa de una espesa niebla. Alfred Hitchcock presentaba; Los pájaros, Liz Taylor; Cleopatra, Cary Grant y Audrey Hepburn; Charada, Peter Sellers; La Pantera Rosa, Steve McQueen; La gran evasión rodada en Alemania. Se publicaban dos joyas de la literatura; Rayuela de Julio Cortázar y “Ansichten eines clowns” Opiniones de un payaso, el libro más universal del alemán Heinrich Böll. The Beatles, trás hacerse famosos en Hamburgo presentaban su primer disco; Please, please me. Unos meses después de pronunciar su discurso en Berlín, el demócrata John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos era asesinado en noviembre en Dallas. Fallecían Edith Piaf, Aldous Huxley y Jean Cocteau. Venían al mundo; Whitney Houston, Brad Pitt, Quentin Tarantino, Michael Jordan, Garry Kaspárov y Till Lindemann que nacía Leipzig, actor, escritor y vocalista de la banda Rammstein. Helga y Engelbert, trabajaban muy cerca el uno del otro, ella en una carnicería y él era panadero, seguramente esa cercanía les permitió conocerse, enamorarse y comprometerse en matrimonio. Tuvieron cuatro hijas y la segunda de ellas fue Doris Duschelbauer que llegaría el 24 de enero de 1963 en la región alemana de Heilbronn, una ciudad situada en un valle rodeado de viñedos y protegido por los majestuosos Alpes. Vivieron sus primeros años en un pequeño piso del barrio antiguo. Doris tenía ocho años cuando se trasladaron a un hogar más espacioso.

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¿Cómo recuerda su infancia?

Siendo niña y viviendo en el piso, mi madre me enseñó a coser, a restaurar muebles, era muy hábil con las manualidades y me aficioné al bricolaje y al dibujo gracias a ella. En el barrio había una papelería y mis hermanas y yo recogíamos las cajas de cartón que tiraban y pasábamos horas jugando.

A los seis años me presenté a un concurso de pintura y recibí una bicicleta por ganar el primer premio con mi trabajo “mis flores favoritas”.

Nuestra vida cambió cuando fuimos a vivir a una casa grande y donde había perros y gatos. A las orillas del rio Neckar, jugábamos en plena naturaleza y frente a la casa nos construimos un sótano secreto lleno de rincones. A la orilla del río mis hermanas y yo vivimos una infancia feliz.

De adolescente estudió bellas artes y lengua francesa, en su localidad natal. Con 21 años presentó su primera exposición.

Estudiaba y practicaba judo y en ese tiempo conocí a un chico que me abrió las puertas a un grupo de gente con los que había muchas cosas en común, principalmente ir en moto. En casa no querían que regresara después de las doce de la noche y apuraba hasta el último segundo.

En 1984 mostré mis obras de pastel participando en una exposición colectiva en una galería de Winneden.

A la edad de 22 años notaba el imperativo de salir de su entorno y decidió aventurarse marchando en solitario a realizar un viaje de seis meses cargada con una mochila. Destino; América.

Sola con una mochila de nueve kilos de peso es cuando te das cuenta de que no te hace falta mucho más. Visité Nueva York, California recorriendo toda la costa, México, Guatemala, Belice, el Gran Canyon del Colorado. Quería conocer gente y lo más curioso es que no me añoré.

En Isla mujeres topé con Silke una chica de Hamburgo con quien entablé una bonita amistad y con la que preparé mi siguiente viaje a Sudamérica.

Aquella salida la había motivado, había descubierto el placer de viajar y como te enriquecen los conocimientos. Regresó a Alemania, viviendo un año en Hamburgo. Era una época en la que dibujaba constantemente. Desde allí proyectó su siguiente peripecia con su amiga Silke. Destino; América del Sur.

Nos íbamos a tomar las cosas sin ninguna prisa. Al llegar a Venezuela ya tuvimos un percance, nos perdieron las maletas y aparecieron una semana después. Tras recuperarlas continuamos el trayecto hacía Brasil.

De cuantas anécdotas puedo evocar, hay una que no olvidaré jamás. Estábamos en el bosque tropical del Amazonas y nos apuntamos a pescar pirañas. Te indican que debes hacer mucho ruido golpeando en el agua. Luego nos tomamos un baño en el rio, porque los indígenas lo hacían. Era la única forma de bañarse durante esos dos días en los que vivimos en esas casas flotantes, aunque no me fiaba de estar en el agua. Al regresar de la excursión pasamos momentos de verdadero pánico cuando nuestro barco chocó con un tronco flotante y el capitán cayó al agua, entonces la embarcación sin control y a toda velocidad se encaminó hacia la orilla del río donde los caimanes tomaban el sol. Creo que los animales se asustaron más que nosotros y huyeron con tanto alboroto. La parte trasera se hundió y por desgracia para mí, vi flotando mi cámara de fotos.

Habitualmente en todos los países por los que pasaron pernoctaban en hostales económicos. En esos cuatro meses en Brasil se las ingeniaron para ganar algún dinero. Compraban material que manipulaban y lo convertían en piezas de bisutería que luego vendían a los turistas. En Bolivia se bañaron en el Lago Titicaca con el agua a 14 grados, en Perú conocieron a gente de otros países que también vivía de la artesanía y aprendieron a utilizar piedras como el ópalo andino o el ónix.

Lo más complicado en cada lugar que estuvimos era llamar por teléfono ya que resultaba muy caro y tomamos la costumbre de comunicarnos a través de las embajadas o de los consulados en cada país que estábamos y allí recibíamos noticias de la familia y de los amigos.

En Colombia a veces les prohibían la venta en la playa, de hecho por ese motivo fueron portada en un periódico local. Recuerda ensimismada la belleza de los arrecifes de coral de la isla de San Andrés donde dormían en las hamacas, bajo las palmeras de cocos. El siguiente paso sería Costa Rica donde pararían por una semana y luego a Guatemala donde quedó asombrada por el lago Atitlán situado sobre un cráter gigante, en una de las reservas naturales más hermosas del mundo. Padeció una hepatitis supone por el consumo de agua, estando cuatro semanas en cuarentena, con la suerte de poder descansar en casa de una amiga que su marido era médico. De ahí saltaron a Méjico.

Silke y yo vivíamos de nuestra artesanía y en Méjico queríamos continuar vendiendo en las playas más turísticas como la de Puerto Escondido. Oficialmente la venta ambulante estaba prohibida pero en general nadie se metía contigo, hasta que un día dos policías con su impresionante uniforme negro nos detienen y nos reclaman la documentación. Tuvimos que ir hasta nuestra cabaña, conscientes de que aquello acabaría en soborno, mientras todo el mundo estaba pendiente de nosotras. ¿Cómo plantearles algo sin ofenderles? Pensaba yo. Nunca había estado en esa situación pero había oído hablar a otros.

Mientras tomaban mis datos personales del pasaporte les comenté que desconocía que no se podía vender en la playa y que lo sentía mucho y con cara sumisa les dije que les ofrecía mis ganancias de todo el día. De inmediato se miraron y aceptaron mi oferta. Les di menos de lo que tenía. Me aconsejaron regresar a la playa para no llamar la atención de los curiosos. No volvieron a molestarme. ¡Vaya experiencia!

Con tanto ir y venir y con las hormonas a prueba de juventud, desplazarse con la mochila a cuestas fue fundamental en la vida de Doris. Apenas dedicaba tiempo a su afición, a pesar de que siguió dibujando para no perder la práctica, su felicidad no dependía del dinero, ni de un trabajo que la atase, sino de vivir el momento.

Y muy buenos momentos viví en Zipolite que en Zapoteco significa “Playa de los muertos”. Ahí aprendí a respetar el mar ya que un día haciendo body surf sobre sus enormes olas estuve a punto de no regresar a tierra.

Pero la vida allí transcurre de la manera más simple y sencilla de lo que uno pudiera imaginar. ¡Qué poco se necesitaba para ser feliz!

Andábamos siempre descalzos, dormíamos en hamacas y ducharse significaba sacar agua de un balde con media cáscara de coco y verterla sobre tu cabeza y si querías tomarte un café tenías que hacerte un fuego para calentar el agua. Me encantaban las noches de luna llena, te ayudaban a encontrar más fácilmente el camino “a casa”. Silke y yo cuidamos unas semanas la cabaña de unos suizos que estaban en su país para el mercado de Navidad, dónde vendían joyería de plata que ellos elaboraban. Con lo que sacaban les bastaba para vivir el resto del año en ese paraíso que te permitía gozar de libertad, sentirte parte de la naturaleza. Zipolite con su pequeñita bahía, la playa del amor, la única playa nudista de todo México. Había bares dónde se podía tomar una Coronita fresquita y comer arroz con pescado y frijoles, mientras contemplabas la puesta de sol. Las calles estaban sin asfaltar y el pueblo más próximo estaba a 5 km de distancia sin conexión de autobuses.

Durante la estancia en Méjico conoció a un canadiense con quien marchó por una semana a Canadá coincidiendo con la época de Navidad. En una casa en mitad del bosque, rodeada de nieve y practicando la lengua francófona. Siete días después regresó a Méjico con su amiga y de ahí a Hamburgo. Pasados dos meses, las dos se van a Montreal y por espacio de cuatro años vivieron en plena naturaleza.

En aquel entonces Silke y yo nos habíamos hecho inseparables y decidimos continuar juntas en la aventura. A veces en la estación de invierno, abandonábamos Montreal y regresábamos a Zipolite para disfrutar durante unos meses de la vida austera. Aproveché para estudiar pintura y artesanía y cuatro años después hacía las maletas.

Tenía 29 años cuando tomé la decisión de irme sola a Hamburgo donde pasé cinco años trabajando como secretaría de una agencia de publicidad. Esta empresa estaba vinculada comercialmente con Mallorca y por azar acepté una oferta y me fui para esa isla.

Recuperó su afición por la pintura. Alquiló un ático en la plaza Mayor de Palma y desde la terraza oteaba el casco antiguo y se inspiraba para pintar. Desde su llegada a la isla en 1997 no ha parado de verter su creatividad sobre los lienzos y de hacer exposiciones, en Bremen, en Nueva York, en Berlín, en Montreal, en Madrid, en Mallorca entre otras.

Llegar a Mallorca supuso un cambio trascendental en mi vida y no solo por lo que se refiere a mi trayectoria creativa, sino también en lo personal. Aquí encontré en Sebastián Terrasa al amor de mi vida que es el crítico más exigente de mi obra. Él, es pintor de profesión pero en sus ratos libres desarrolla su talento creativo experimentando con múltiples materiales de los que tiene un gran conocimiento y realiza obras de gran tamaño.

Con el nacimiento de nuestro hijo Marc el círculo de mi vida se redondeaba. La inspiración que he encontrado en la isla me ha ayudado a desarrollar un estilo personal y a trabajar con una serie de galerías: Plaza, Zenitart o Racó 68 en Sóller. Gracias a Zenitart tuve contacto con numerosos artistas con los que he podido intercambiar opiniones y formar parte de asociaciones como la AAVIB, el Círculo de Bellas Artes, o la más reciente; Ou Verd de la que Tito López es el alma precursora y con quien tenemos proyectos que esperamos poder realizar.

Cada artista investiga en el laboratorio de pruebas de su interior para dar con nuevas fórmulas y a veces ocurre algo tan sencillo como una distracción que te hace reflexionar, o tal vez estar continuamente cerca del mar o que en tu soledad te acompañe una iguana silenciosa. A veces una azarosa serendipia se hace con el protagonismo.

Para desinhibirse tiene un espacio vital ubicado en la terraza de su casa desde donde contempla, huele y se impregna de mar.

Me agrada la soledad cuando pinto en mi terraza, la necesito para concentrarme, sin música, solo el sonido del mar y la compañía de mi iguana, me hacen sentir libre. Me agrada notar la ansiedad poco antes de acabar una obra y respirar profundamente cuando la doy por finalizada. En ese ejercicio tu imaginación y tu memoria te transportan al pasado, de repente regresas, vuelves a transportarte y a regresarte y así una y otra vez. En la intimidad me emociona acariciar mis piezas que guardo en casa.

¿Cuál es proceso técnico para realizar una obra?

Cualquier obra mía se compone de muchas capas superpuestas. Empiezo varias a la vez y voy lijándolas, como decía antes aparecen etapas del pasado, de un mundo interior y otras quedan escondidas para siempre. El uso del acrílico, pigmentos, algo de yeso, collage y materiales reciclados que encuentro en mis paseos diarios por la orilla de la playa, dan la espesura que pretendo a mis lienzos. Mi color preferido es el azul.

Comenzó mostrándose como una artista realista, desplegó sus pinceles insinuativos con la figuración de siluetas de mujer, para llegar a una mezcla de lenguaje expresionista y la abstracción minimalista que describe el vuelo de un ave planeadora, el reposo de una mar lisa y calmada de un tiempo ralentizado, un amnésico para el estrés.

Para Doris la humanidad vive una actualidad acelerada, quizá por la necesidad de las empresas de rentabilizar cada segundo, quizá por una tecnología que libera un tiempo fugaz para el presente.

En un mundo de ritmo tan rápido, trato de crear lo que muchas personas anhelan; lugares donde el tiempo parece estar disminuyendo. Yo lo llamo arte lento. Me gusta definirlo como el arte de la desaceleración o de la ralentización.

En esa lucha personal de cada uno, en la búsqueda intrínseca de la identidad, aprendemos algo de alguien, nos definimos con rasgos que a lo largo de nuestra trayectoria hemos absorbido, cogemos, descartamos.

¿Con qué artista se encuentra en una misma frecuencia?

Admiro a Mark Rothko por la simplicidad en sus campos de colores con los que conseguía una inmensa atracción. Nunca olvidaré las sensaciones que me causó su exposición en Hamburgo. A Jackson Pollock y su extraordinario expresionismo abstracto con el que a veces da la impresión de que el tiempo se ha parado. Me fascina Anselm Kiefer y Miquel Barceló al que pude ver de cerca en su performance y exposición de barro en la Lonja con “Paso doble”.

Doris, estudió con David Long en San Francisco, con Luca Dossena en Italia, con Christa Mollet en Suiza, con Kate McCormick en Canadá, con Ursula Silva de Orellano y Alex Soler en Mallorca y en Alemania y en Guatemala y una de las cosas que practica es compartir experiencias técnicas con otros artistas.

Es amante de los animales, aficionada al voleibol, asidua a las exposiciones y contemplativa del Mediterráneo.

Al finalizar sus obras deposita en el interior de cada una de ellas, unas gotas de su poción mágica para que no pierdan nunca la cristalina luz azul que las revela como auténticas Duschelbauer.

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