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El Circo del Sol pierde brillo

sábado 04 de julio de 2020, 04:00h

Ser empresario en tiempos del cólera o del corona requiere destreza para no naufragar en el oleaje. En estos momentos, el objetivo a corto plazo de todo empresario no debe ser otro que el de sobrevivir.

El modelo de negocio del Circo del Sol se estudia en los manuales de empresa como modelo exitoso de océano azul. Se basa en la definición de un concepto innovador que genera una nueva demanda inexistente hasta el momento. Así pues, en lugar de entrar a competir en un sector con varios agentes ya existentes en el mercado y generar sangre (océano rojo), se crea un nuevo concepto que no tiene competencia (océano azul).

Particularmente, esta idea creada en 1984 por un malabarista de la calle, el canadiense Guy Laliberté, siempre me ha parecido de una gran genialidad, porque supone la redefinición de un concepto tan antiguo como el circo, en crisis en los años ochenta. Piensen en quienes amenizan las paradas en semáforos con mazos, rastras, narices de payaso y difíciles equilibrios. Que uno de ellos logre crear un imperio como el que les traigo a colación es digna de respeto. Una asociación de ideas, dando lugar a una innovación de concepto y una buena implementación, es lo que convirtió a uno de ellos en multimillonario.

Me ha fascinado la historia del Circo del Sol por varias razones. Porque su fundador era de origen muy humilde y, gracias a una idea, construyó un imperio. Porque los circos estaban en decadencia en los años en que vio la luz el Circo del Sol y competían a muerte por los mejores payasos, malabaristas o trapecistas. Había familias de renombre en cada uno de estos gremios y el tenerlos significaba la diferencia entre el éxito y el fracaso. Por último, porque no emplea animales, con unos elevados costes de mantenimiento que conllevan y que, cada vez más, levantaban rechazo entre los ciudadanos, reprobando el sufrimiento animal y la humillación a la que algunos les sometían para arrancar la admiración o risas del público.

El Circo del Sol mezcló desde sus inicios el teatro y el show con los personajes más representativos del circo (malabaristas, saltimbanquis, acróbatas, …) y creó un nuevo concepto. Lo importante no eran, como hasta el momento, los artistas de renombre, sino el espectáculo en sí, llevado a escena por anónimos pero muy preparados profesionales. Eso permitía actuar con más flexibilidad y frecuencia a lo largo del mundo, con equipos diferentes.

A modo de síntesis, las diferencias que introdujo el Circo del Sol respecto a los circos tradicionales fueron la siguientes: se dirige a adultos mientras el resto a niños, no emplea animales como los demás, su oferta dura todo el año y no es estacional, su énfasis se centra en lo artístico y no en la diversión y, por último, obtienen beneficios de precios altos y de la venta de productos complementarios, mientras que los circos tradicionales solo ganan dinero por sus entradas.

Ahora, el Circo del Sol está en quiebra. Según el gerente de la organización, durante 36 años ha sido un negocio altamente rentable y exitoso. Sin embargo, no ha aguantado tres meses con cero ingresos.

Algo no cuadra. Después de tantos años de elevados beneficios, una quiebra con unos meses de inactividad deja a traslucir deficiencias en la gestión y una elevada deuda. La deuda puede dejar traslucir mala reinversión de los beneficios o fracaso de algunos números circenses.

El virus no ha hecho más que acelerar y acentuar los problemas empresariales que ya existían. Estos días vemos cómo comercios tradicionales están cerrando y las ciudades vuelven a colgar el cartel de 'se traspasa' en negocios con solera.

Gestionar en tiempos de bonanza está en las manos de cualquiera, sobre todo con un negocio que continuamente cuelga el cartel de 'no hay entradas'. Sin embargo, las carencias de los dirigentes y políticos aparecen en épocas difíciles.

Este mes de agosto, Palma se queda sin el espectáculo de El Circo del Sol, pero parece que el fundador, ahora multimillonario, Guy Laliberté va a volver a rescatarlo. Una buena idea siempre sobrevive. Más allá de sus mejores o peores gestores.

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