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El efecto Uep!

viernes 15 de mayo de 2020, 10:21h
Mallorca presenta una tasa de prevalencia del coronavirus entre su población del 2,4 por ciento, aproximadamente la mitad que la media de la Península, cuatro veces menos que Madrid y casi seis que Cuenca. Lo de la capital es explicable en parte por sus habituales aglomeraciones de personas, pero de lo de Cuenca solo se me ocurren ideas descabelladas que mejor no les expongo. En el continente, solo Asturias y Murcia están por debajo de nosotros, vaya usted a saber por qué.
En cambio, creo que lo de Mallorca sí tiene una explicación antropológica, aunque quizás la causa de esa diferencia se esté diluyendo a marchas forzadas.

Cuando, hace casi ochenta años, mi padre arribó a la isla y recaló en un llogaret, como era entonces el Port d'Andratx -nada tenía que ver con el engendro urbanístico y social actual-, debió parecerle haber aterrizado en Marte. A la inicial dificultad de entender las expresiones de los lugareños -él provenía de Madrid y había nacido en un pueblo de la provincia de Toledo-, se debió unir la perplejidad por los extraños hábitos de los mallorquines.

Cómo sería la diferencia entre un mallorquín medio y un habitante capitalino en los años cuarenta del siglo pasado, que mi abuela catalinera, Margalida -que profesaba un gran cariño a mi padre, y era mutuo- resumía aquel encuentro de civilizaciones en un lapidario aquesta gent no és com noltros.
Y era cierto; más allá de que aquellas relaciones Madrid-Mallorca fructificasen de forma fecunda -por la cuenta que a mí me traía-, lo cierto es que desde niño fui consciente de que los usos sociales innatos en mi padre y en los mallorquines eran bien distintos.

La expresividad, las muestras públicas de afecto y el contacto físico que se dispensan los aborígenes del centro de España -básicamente, estrechando la mano y abrazando a los hombres, y dando dos besos a las señoras en cualquier ocasión- eran absolutamente extraños a la isla.
El mallorquín medio no se paraba en medio de la calle o el camino a dar la mano a cualquier conocido con el que se cruzase -y en la part forana aún menos-, sino que, la mayor parte de las veces, se limitaba a un económico -Uep!, va bé? y tira millas, y eso cuando no se evitaba directamente el saludo simulando no haber percibido la presencia conocida. Se comprende, en parte, porque la población de Palma era entonces de unos cien mil habitantes y la de toda la isla aproximadamente del doble, lo que hubiera obligado a estar permanentemente parado a cualquiera que circulase por lugares céntricos de su población. Pero, seguramente, en el fondo hay también un atávico modo de ser discreto y poco dado a la efusividad, lo que, además, era un rasgo común a clases muy alejadas socialmente entre sí.

Otra expresión -hoy completamente perdida- de mi niñez era el tenga, reducción isleña del bon dia -o bon vespre, o bona nit- tenga. Recuerdo a mis tías maternas tomando el fresco en verano sentadas al atardecer en la acera de la calle San Magín -hoy epicentro de la tan temida gentrificación- y dar y recibir 'tengues' como el que está jugando una partida de tenis. Nadie se detenía ni se levantaba de su asiento, era un modo nada invasivo de ejercer la rutina del saludo.

Naturalmente, sobrevive bien poco de aquella Mallorca, porque la globalización ha estandarizado no solo la lengua, sino también los hábitos sociales. Pero no creo equivocarme mucho si concluyo que, en bastantes rincones de la Isla sobreviven todavía, al menos en parte, algunas de las costumbres que con la sagacidad de un observador paciente relató con sutil gracejo Guy de Forestier -seudónimo de Carlos García-Delgado- en su magistral Queridos Mallorquines.

El contacto físico y las muestras públicas de afecto no han sido algo frecuente entre nosotros hasta hace bien poco tiempo. Pero, en treinta años, los mallorquines hemos pasado a ser minoría en nuestra propia tierra, y con unos lustros más las diferencias se habrán borrado por completo. No me atrevo a calificar este cambio de bueno o malo; es así y punto.

Sin embargo, y aunque mi reflexión nada tiene de científica, quiero pensar que tras las bajas cifras de prevalencia del virus entre nosotros se esconde un rescoldo de la esencia de lo que fuimos durante siglos.
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