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El gatopardo

Por Vicente Enguídanos
viernes 18 de diciembre de 2015, 08:19h

En el último día de la campaña electoral, con encuestas contradictorias y un escenario más incierto que nunca, nos enfrentamos a unos comicios inéditos, como jamás se ha dado desde las primeras elecciones democrática de 1977. En la final de esta particular liguilla de partidos, que se celebrará junto a la del mundial de clubes, disputan su primer encuentro con las urnas los combinados azul, rojo, naranja y morado. Es la primera vez que no se resolverá el campeonato entre dos y se parecerá más al final de una etapa ciclista, con cuatro escapados que ganarán la etapa al sprint y tirando de riñones para la ‘photo-finish’. Hasta las encuestas demuestran su falta de fiabilidad, como tantas veces quedó demostrado, porque el elevado porcentaje de indecisos y el voto oculto provocan una volatilidad tan alta que sólo parece repetirse que el Partido Popular será el más votado, pero los otros tres destacados: PSOE, Ciudadanos y Podemos, están en un puño.

Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie y en apariencia así ha sido. Ha calado entre la opinión pública el mensaje de que la sociedad quiere acabar con el bipartidismo y, en realidad, lo que parece querer es otro bipartidismo. Mientras apostamos por mayorías relativas, para obligar a consensos previos, confiamos en que se produzcan alianzas que faciliten la gobernabilidad. El resultado final es el de un programa conjunto o individual con apoyo externo, cuya única diferencia es fiarlo todo a un líder o rezar para que los protagonismos no dinamiten los acuerdos establecidos. En suma, un gobierno y una oposición, más o menos fragmentada. Como siempre.

Cerca de doscientos debates, con todas las combinaciones posibles se han presentado en las dos semanas en las que se ha pedido el voto, pero el más seguido fue el cara a cara entre los dos aspirantes a ocupar la Moncloa y a catalizar las mayorías sociales. El tono bronco y barriobajero empleado ante las cámaras eclipsó las propuestas de los candidatos, como venía haciendo desde meses atrás la vehemencia descalificadora con la que algunos secundarios han alcanzado la cima del éxito. El tono ha sido tan tenso desde la mitad de la legislatura, con la sustitución del jefe de la oposición y la irrupción de nuevos protagonistas, que han tenido que buscar refugio en las amables faldas del ‘storytelling’, primando sus apariciones televisivas en formatos impropios hasta la fecha. Esta edulcorada centralidad, a la que todos aspiran por ser el caladero natural de la desconcertada mayoría, solo se ha roto en los partidos tradicionales, cuyos líderes tienen contestación interna y especialmente en el caso del socialista, que ha subido el tono de su discurso y exagerado su lenguaje no verbal para dramatizar la puesta en escena y evitar que otros actores le pasen por la izquierda.

El corporativismo mostrado por los partidos en el poder ante la corrupción, la falta de fórmulas milagrosas ante la crisis y la desesperación de amplias capas de la sociedad han gestado los llamativos resultados en los comicios autonómicos, especialmente de Andalucía y Cataluña, que han encumbrado en apariencia a dos fuerzas emergentes y, sin relación con su nueva forma de hacer política, han asumido la primacía por criterios demoscópicos. Ambos, no han dudado en disfrutar del beneficio de una audiencia, porque algunas instrucciones de la Junta Electoral Central han permitido amoldar las reglas del juego a su antojo, con la complicidad del interés mercantil de los medios privados y arrinconando a fuerzas con representación parlamentaria. Todo ello en medios privados, a pesar de que el líder siniestro denoste la comunicación en manos de la iniciativa empresarial y la considere corrupta, pero útil para sus intereses.

El próximo lunes sabremos los resultados, pero parece que tardaremos algo más en conocer sus consecuencias. Como no confiamos en que se alcance con abnegación la conveniente alianza de las dos grandes fuerzas políticas, ni Podemos y Ciudadanos parecen dispuestos a formar parte de un gobierno que no presidan, debemos suponer que vamos a una legislatura convulsa, con un gobierno sostenido artificialmente hasta que se disuelva el Parlamento de forma anticipada, si han sido capaces de aunar criterios para la aprobación de una remozada Carta Magna.

Todo apunta a que la participación será también mayor que en comicios anteriores, como también ha sido más amplio el despliegue informativo y la difusión de los mensajes mediante la masiva utilización de las redes sociales. Pero eso es una muestra de la revitalización de la participación y un motivo de esperanza para las generaciones venideras.

Nada está decidido de antemano, por lo que todos debemos participar en la clarificación del escenario que se desvelará este domingo, tomando posiciones y no quedando al abrigo de la abstención. En estas elecciones ha llegado el momento de recordar el reto que formulara Lee Iacocca e imitara Manuel Luque: busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo. Pero si no está seguro de que otra propuesta es mejor, no cambie. Como dijo Eugenio D’Ors, “Los experimentos con gaseosa, joven”.

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