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El mal existe

miércoles 10 de junio de 2020, 03:00h

Escribo estas lineas justo pasado el mediodía de un domingo lluvioso, acompañado de rayos y truenos, y propenso al reposo físico e intelectual; uno de esos días en que algo de desidia y mucho de holgazanería y gandulería se apodera de nuestro cuerpo y permite que los nervios se suelten, se distiendan y entren en un mar de sutil relajación, dejándonos sumisos y a merced de un sueño vivo pero sin fantasías. No se puede pedir más.

De pleno en esta situación tan cautivadora, me dedico a leer el periódico -como todos los días- y caigo en una noticia que me llena de estupor a la vez que de enojo. Relata la breve gacetilla de prensa que, la noche pasada, un grupo de jóvenes (de entre 18 y 23 años, hombres todos ellos) rociaron con gasolina el cuerpo de un mendigo -a los que últimamente se les denomina como “sin-techos”- y le pegaron fuego huyendo, raudos, a los pocos momentos en que la víctima gritaba de dolor una vez encendido en llamas vivas. De momento, no se ha podido identificar (ni detener, claro) al grupo de criminales. Hasta aquí, la fría lectura de la noticia, escrita con las mismas letras y el mismo lenguaje con que se hubiera podido escribir la buena nueva del nacimiento de una nueva criatura en el mundo.

Un grave pensamiento saturado de horror ha recorrido mi espina dorsal, convirtiéndose en un agudo vacio en la boca de mi estómago. La imagen imaginada -valga la redundancia-, basada en un relato real, me ha dado una consistente sacudida en mi mente y, como resultado, mi espíritu se ha sentido fuertemente herido en todos sus recovecos. Hoy en día, los humanos poseemos una fuerte fuente de resistencia a calibrar tremendas noticias y a “suavizarlas” o al menos, almacenarlas, simplemente, debido a la enorme cantidad de información que recibimos constantemente y al adocenamiento de dichas comunicaciones.

Sin embargo, en algunas ocasiones, nuestra propia inercia queda bruscamente frenada en el momento en que una determinada lectura nos quita el hipo, como se dice popularmente. Éste a sido mi caso esta mañana. Mi pregunta básica y primaria se podría formular así: ¿es posible que la maldad humana conduzca a unos individuos a cometer un crimen de tal envergadura? La anterior interrogación se convierte, súbitamente, en otra de carácter más simple: ¿por qué?

Los idiomas, en general, nos brindan a sus usuarios, algunas definiciones en forma de palabras, que pretenden acercar nuestras sensaciones a los objetivos que pretendemos situar. No es ningún alivio para nuestras mermadas inteligencias pero consiguen apaciguar en algo nuestras reacciones. Denominar a la clase de personas capaces de incurrir en tamaños actos violentos como, por ejemplo, el citado caso que nos ocupa como “descerebrados” mitiga ligeramente nuestra estupefacción. También, “imbéciles”, “asesinos”, “malhechores”, etc. adjetivan el comportamiento de esta clase de sujetos sin par. Pero: ¿y qué? “Malos” es, quizás, el más simplista pero ajustado a término calificativo que retrata a estos profesionales de la pura maldad. Son gente mala, perversa. Son malas personas. Amantes de la crueldad sin sentido. Enfermos psíquicos. Escoria de la sociedad.

No soy experto en conductas criminales ni mucho menos en las respuestas que la sociedad “normal” debe aplicar a dichos “malos”. ¿Qué se debe hacer con ellos?. Parece que el “aislamiento” social es, sin duda, el más preciso de los resultados. Pero, por otro lado: ¿se puede llegar a creer -en el caso presente- en una mínima eficacia sobre la reinserción de este tipo de personas? ¿No creer en dicha reinserción es una fórmula políticamente incorrecta? ¿Se puede pensar que individuos como los citados se darán cuenta de que lo que han “hecho” está mal y que, en su nueva vida (cuando su vida vuelva a exteriozarse, fuera de las cárceles, no volverán a cometer este tipo de salvajes actos? ¿O, como mínimo, se lo pensarán antes de actuar?

Es éste un debate harto complicado y entiendo que se necesita mucha sabiduría para ejercer la justicia de manera imparcial y equitativa. No creo en “la ley de la selva” ni en los linchamientos de origen medieval. Es más, estoy convencido de que una cierta eficacia en la reeducación positiva (así lo llaman los chinos) puede llevar a un arrepentimiento y, a lo mejor, hasta a un cambio de mentalidad que pueda blindar a la sociedad ante tales monstruos. La privación de libertad no es siempre el mejor remedio, pero es evidente que, en principio, permite a la humanidad rebajar el nivel de miedo y tensión que sufre el ciudadano. En el peor de los ejemplos, la cárcel ayuda a envilecer al penado.

Los criminales del vagabundo, ¿iban drogados? Me importa un comino: poca compasión para ellos aunque, en definitiva, no dejan de ser humanos como el resto del mundo.

Hay que atajar cualquier atisbo de violencia asesina o criminal pero no de la manera que sea: del modo más eficiente, eso sí.

Mientras tanto, a los machos imbéciles y cretinos de la llamada “manada” se le rebajan las penas y se les difumina el delito.

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