El mal menor

La alegría generalizada de la población venezolana aquí y acullá -sin excepción conocida, salvo los capitostes de la dictadura chavista- contrasta con la súbita preocupación de la izquierda mundial por la vulneración del derecho internacional. Acabáramos, ahora resulta que los que hace unos meses se erigieron en nuestro país -con motivo de la condena del Tribunal Supremo al exfiscal general del Estado- en expertos en derecho penal y procesal español han mutado a especialistas en derecho internacional. Son un portento jurídico estos tíos.

Y, como siempre pasa con esta zurdería rancia -término que tomo prestado pero que me parece muy descriptivo- solo les funciona la parte del cerebro que recibe estímulos por la izquierda, el resto permanece en estado vegetativo.

Las salvajadas, torturas y crímenes del régimen bolivariano pasan a un segundo plano. Las ejecuciones por miles y falta de libertades en la China ni se mencionan. A Corea del Norte se le perdona todo, lo mismo que a la teocracia de Irán, a los criminales palestinos o a la patética y moribunda dictadura castrista, que agoniza sin el dinero del petróleo y del cártel de la droga que manejaba Maduro, dirigido desde La Habana.

No voy a descubrir a Trump y algunas de sus desconcertantes posiciones o declaraciones, pero lo cierto es que, tal y como señala la cita bíblica, “Dios escribe recto con renglones torcidos” y posiblemente Trump sea, en este caso, uno de ellos. La vulneración de la soberanía venezolana -algo que no parece preocupar mucho a sus ciudadanos- es, pues, el mal menor del descabalgamiento de un sátrapa como Nicolás Maduro.

Liberar a Venezuela de un criminal sanguinario y corrupto debiera alegrar a cualquier demócrata, pero se conoce que una parte considerable de la izquierda pone por delante los intereses de los dictadores de su cuerda antes que los valores democráticos, que solo mencionan cuando les conviene a su causa. La democracia como método para el asalto al poder, no como sistema de convivencia, eso es.

Y, hablando de derecho internacional, quizás sea oportuno recordar la cantidad de hechos históricos y decisiones trascendentales que, vulnerando abiertamente el derecho internacional, han sido bendecidos por generaciones e incluso han contribuido a hacer justicia material.

Recordemos algún ejemplo. El 3 de septiembre de 1939, Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania por su invasión y anexión de Polonia dos días antes. Actuaban en virtud de los acuerdos con este último país, y la historia relatada desde entonces nos justifica sobre la base de los principios morales más elementales esa decisión, sin la cual posiblemente toda Europa hubiera sucumbido a Hitler.

Sucede, sin embargo, que al tiempo que la Alemania nazi invadía Polonia occidental, la URSS estalinista hacía lo propio con Polonia oriental -en virtud de los acuerdos entre nazis y soviéticos de 1938-, cometiendo los mismos crímenes execrables que conocemos del III Reich y que han llenado millones de páginas y centenares de películas desde el final del conflicto. Sin embargo, ni Francia, ni el Reino Unido, ni ningún otro miembro de la Sociedad de Naciones -el precedente de la ONU- declaró la guerra a la URSS, pese a estar obligados en virtud de los artículos 11 y 16 de la Carta de la Sociedad de Naciones. Bien al contrario, se consintieron las matanzas perpetradas por Stalin en Polonia y, posteriormente, se le otorgó incluso la condición de aliado de las democracias occidentales, financiando su esfuerzo militar, transfiriéndole tecnología punta y alimentando a la bestia sanguinaria que engulló toda la Europa del Este durante los siguientes cuarenta y cinco años, sometiéndola a dictaduras tan salvajes y crueles como el nazismo pero mucho más longevas.

Jamás ningún izquierdista menciona estos hechos. Incluso cuando cayó el muro de Berlín por la presión de la población y la decisiva intervención del Papa Juan Pablo II para deslegitimar las dictaduras comunistas europeas, una parte muy significativa de la izquierda supuestamente democrática, en lugar de celebrarlo, mostró su desconcierto por la pérdida del referente, refugio y santuario experimental del marxismo, que ellos seguían idealizando.

Hoy ya no existe la URSS, pero la Rusia de Putin no ha dejado de ser más que un remedo neosoviético de aquella tiranía, otro de los aliados del chavismo que se pasa por el forro ese derecho internacional que súbitamente tanto preocupa a nuestra izquierda. De las más de 300.000 víctimas de la fracasada invasión rusa de Ucrania mejor no hablamos, no sea cosa que también eso vulnere el derecho internacional. O de la matanza de judíos por parte del terrorismo palestino.

Las hambrunas de la población cubana, la miseria inducida de los venezolanos -siendo Venezuela, antes del chavismo, el primer productor mundial de petróleo- no preocupan lo más mínimo a nuestra zurdería.

Pero, al menos, podrían haber leído algo del derecho internacional al que aluden y cacarean como loros amaestrados. Porque el día que explicaban el derecho a derrocar al tirano, justamente ese día, no fueron a clase.

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