El paraíso se mueve

El primer domingo de agosto del verano pasado caminaba por una playa del norte de España casi en soledad. Me acompañaba mi hija y, en aquel arenal de unos cinco kilómetros de longitud, no nos debimos de encontrar más de diez personas tumbadas por parejas en sus toallas. No crean que era un lugar de acceso complicado. A la playa se podía llegar dejando el coche aparcado a menos de quinientos metros. También es cierto, no les quiero engañar, que la temperatura del agua no alcanzaba los quince grados. A mi aquel lugar me pareció el paraíso.

Hoy es el segundo domingo de agosto del presente estío, y he escrito esta página sentado en un banco de madera frente al mar Báltico. A ambos lados, se extiende ante mí una sucesión de playas de arena clara y muy fina, prácticamente ininterrumpida y transitable a pie, de unos cuarenta kilómetros de largo. La línea de costa está protegida por dunas y detrás se alzan densos bosques de pino silvestre que llegan casi hasta la arena. Para mi sorpresa, aquí el asunto del baño no resulta tan dramático como en el océano Atlántico. La temperatura del agua oscila entre los 18 y los 22 grados, en función de los vientos y las corrientes marinas. Eso sí, por las noches conviene salir con una rebequita a mano, por si refresca. Para mi gusto, otro edén en la Tierra.

Venía sospechando hace tiempo de la existencia de estos paraísos estivales sin necesidad de desplazarse hasta el hemisferio del sur del planeta. Me gustaría pensar que cada año paso más calor porque me estoy haciendo viejo y mi cuerpo lleva peor esa combinación de bochorno y humedad propia del Mediterráneo. Entonces, llega la Agencia Estatal de Meteorología y anuncia, con datos, que Mallorca ha registrado el mes de julio más cálido desde que alguien se puso a llevar esas cuentas. O sea, que no es una sensación mía, ni una pérdida de capacidad adaptativa. Es que hemos superado los 30 grados todos los días del mes, y los 25 casi todas las noches de julio.

Ya sé que esto no sólo sucede en Baleares, y que este ambiente tórrido no sólo está afectando al sur de Europa. A finales de junio, estuve un fin de semana en Berlín y vi cómo el asfalto derretido se levantaba al paso de los tranvías por sus raíles. Aquel sábado por la mañana, a primera hora, alquilé una bicicleta para llegarme hasta la Neue Nationalgalerie y visitar la fantástica exposición retrospectiva de Constantin Brancusi. Al salir del museo, dos horas más tarde, tuve que dejarla allí aparcada hasta el día siguiente porque era imposible pedalear. El aire sobre los brazos y el rostro resultaba abrasador. La capital alemana alcanzó ese día los 41 grados. El recuerdo infernal de esas dos jornadas me hace pensar que tardaré tiempo en volver a Berlín como turista.

Parece obvio que los negacionistas del cambio climático lo tienen cada vez más difícil para mantenerse en su error. Hay montañas de los Alpes que se están cayendo a trozos porque en sus cimas, por encima de 4000 metros de altitud, se registran temperaturas superiores a los quince grados. El agua en el Mediterráneo ofrece registros por encima de los treinta. Las olas de calor cada año son más frecuentes, largas y extremas. ¿De verdad alguien piensa que este fenómeno global no terminará por afectar de lleno al turismo?

Les prometo que hago un esfuerzo por comprender a las personas dispuestas a pasar sus vacaciones en un destino turístico que, en plena canícula, roza de media los treinta grados de temperatura, con máximas en torno los cuarenta y niveles de humedad asfixiantes. Sé que hay gente que soporta temperaturas bajas en sus países durante muchos meses al año. Buscan el sol y el calor como los lagartos de piel fría, por necesidad vital. Sin embargo, desde el punto de vista de la comodidad, la temperatura corporal del ser humano tiene unos límites. Por eso la mayoría de turistas eligen los meses de invierno, y no los de verano, para pasear por el zoco de Marrakech.

Es una simpleza culpar al turismo de todos los males que aquejan a Baleares. También es cierto que no se puede esperar mucho para adoptar decisiones valientes que alivien el problema de la masificación turística. Dicho lo cual, cabría recordar a los profetas del apocalipsis, esos que ven en cada turista una encarnación de Lucifer, que, a medio plazo, los termómetros pueden contribuir más a su causa que cualquier política de gobiernos venideros. En verano, el paraíso se está moviendo hacia otras latitudes. Por si acaso, ya ven que no doy nombres.

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