El todo es superior a la parte

Al tratar de observar la realidad  balear actual, procuro no alinearme con ninguna de las posiciones ideológicas y políticas que suelen actuar soterradamente en el debate en torno a las cuestiones identitarias a fin de arrimar el ascua a su sardina. Personalmente, veo las cosas de manera muy diferente. Nunca, al margen de la temática que se trate, han sido de mi agrado las visiones estáticas o fijas, monolíticas e inmutables, rígidas y cerradas. Todas ellas suelen ser, de un modo más o menos intenso, excluyentes y, siempre,  distantes de la vida real. He  creído siempre que la ‘realidad es más importante que la idea'  (Evangelii Gaudium,nn. 231-234). 

Cuando uno socializa con la gente, y se pone en modo escucha, advierte que todavía se sigue manejando, más veces que las deseadas, el mismo esquema cerrado y excluyente a la hora de clasificar a quienes vivimos, de modo permanente, en esta tierra y aquí hemos establecido nuestra casa: los mallorquines y la población foránea (forasteros y extranjeros). Se olvida que el  “todo es superior a la parte” (Ibidem, nn. 234-236). Se olvida que el pueblo balear no es esa minoría que lo copa todo o casi todo. El pueblo balear no es ni puede ser una imagen, una fotografía fija, respecto de la que ni siquiera se sitúa el momento en que fue captada. El pueblo balear, en mi humilde entender, somos todos los que hemos fijado  aquí nuestra residencia y hemos levantado aquí nuestra casa y la de nuestra familia y, por tanto, hemos expresado con claridad,  y con la vida que es como hay que demostrar las intenciones,  el sentimiento de pertenencia al mismo.

El pueblo balear, por tanto, “la identidad balear”, como  estableció Mateo Cañellas  en su libro “Balearicus” , 2021, se ha “forjado (a) durante más de 3.000 años, ya desde tiempos de los honderos”. Nunca ha estado definitivamente formada y construida. Muy  al contrario, siempre ha estado inmersa, en un proceso dinámico y cambiante, construyéndose y reconstruyéndose,  enriqueciéndose y consolidándose. El sentir y el vivir de estas islas ha venido configurándose a través del tiempo por sus moradores, independientemente de dónde hayan procedido. El modo de ser y de vivir en estas islas es el fruto maduro de múltiples aportaciones culturales, a veces diferentes entre sí, que se han ido consolidando en un proceso imparable de transformación. El error en que podríamos incurrir consistiría en pretender detener  ese proceso, en encerrarse en formas del pasado. Entre otras cosas, porque es imposible. La vida es cambio. 

Precisamente por ello, la vida colectiva en las islas ha de discurrir en coherencia con esta realidad: todos somos protagonistas en la vida y en su caracterización. No podemos incurrir “en la exaltación del yo autorreferencial de lo propio, en una mirada de ‘mezquindad cotidiana’, o bien en una defensa de una globalización abstracta, esteticista, naif” (Javier Aparicio). ¿Estamos seguros de no tener la tentación de transitar por alguno de estos dos extremos?

Para configurarnos como pueblo que acoge a todos, hayamos nacido en alguna de las  islas o decidido, de acuerdo con la legalidad en vigor, construir aquí nuestro centro de vida a todos los efectos, todos hemos de entender que debemos  comportarnos como ciudadanos responsables, que participamos, de modo activo y pasivo, en la vida social y política. ¿Acaso hay dudas de la aportación de los que llaman ‘forasteros’ en todos los ámbitos y niveles de la vida a la convivencia social, profesional y política en las islas? Pero, en todo caso, lo anterior no es suficiente. Francisco nos dejó dicho que “convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme  armonía” (Evangelii Gaudium, n. 220).

Creo que, en este contexto, es necesario formular, pues están en el ambiente,  unas cuantas preguntas cuya respuesta sincera puede ayudarnos a todos en la búsqueda de ese bien mayor deseable. Dijo Guy de Forestier que  “ser foraster  (…) nunca estuvo del todo bien visto en Mallorca. La prevención del isleño frente a cualquier extraño se agudiza cuando se trata de un foraster, como si una imperceptible  marca de desconfianza matizara sus actos y sus palabras”. ¿Este serio reproche se podría formular ahora, treinta años después? A la vista de lo que todos sabemos que es habitual, y del comportamiento de la derecha y la izquierda políticas, ¿no estarán algunos  haciendo realidad aquí el dicho de Quevedo (Letrilla Satírica III): ‘Yo me lo guiso y yo me lo como? Si atendemos a la selección del funcionariado, a quiénes se conceden  subvenciones, distinciones  y reconocimientos, ¿no se podría decir  que ‘todo queda en casa’? Todo, sin duda, bastante discriminatorio y polarizador. Todo, absolutamente todo, es de todos. No de grupo alguno singular o local.

Creo, sinceramente, que todos venimos obligados a realizar una profunda revisión sobre la actitud con que pretendemos avanzar en la construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad. Si no armonizamos la tensión entre globalización y localización, entre pasado, presente y futuro,  corremos el riesgo serio de caer en una mezquindad cotidiana o de no caminar con los pies sobre la tierra.  ‘Separarlos lleva a una deformación y a una polarización dañina’  (FranciscoFratelli tutti, n.142).

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