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El tonto Simón

domingo 12 de julio de 2020, 04:00h

Hay ciudadanos que no han pisado un restaurante desde el 14 de marzo. Tampoco se han tomado una caña en una terraza, ni han entrado en un comercio para comprar ropa. A mi me parece respetable, aunque esa decisión conduzca a la ruina en una economía de servicios como la nuestra. El miedo es libre, y cada uno lo lleva como puede. Más difícil de entender es esa furia inversa que muestran los ultraortodoxos del encierro hacia los que celebramos su final con una paella y un buen vino en nuestra casa de comidas favorita. A pesar de los improperios, la mayoría hemos seguido comiendo, bebiendo y paseando con precaución sin emplear mascarillas a mansalva.

Que esto último es cierto lo acreditan cada día los medios de comunicación, que nos informan de nuevos brotes del coronavirus detectados principalmente entre migrantes que viven y trabajan en condiciones insalubres, en funerales masivos, en fiestas descontroladas, y en este plan. No parece que el comportamiento de una inmensa mayoría de ciudadanos esté poniendo en peligro la salud pública. A pesar de ello, a partir de mañana en Baleares tendremos que taparnos en cualquier espacio público la boca y la nariz, excepto en playas y piscinas, supongo que para evitar que nos quede la marca del sol.

Con el esfuerzo que hizo Fernando Simón por explicarse a diario en rueda de prensa, nuestros políticos insisten ahora en hacerlo pasar por el tonto del pueblo. El se ha dejado, claro, y ha destrozado su credibilidad como científico accediendo a mentir en nombre del gobierno. Admitimos que la falsedad forme parte del discurso de un ministro, y estamos prevenidos ante ello. Pero no estábamos preparados para las patrañas de alguien que comparece ante la opinión pública amparado por un argumento de autoridad, como antaño sucedía con los curas. Si frisando los mil muertos diarios nos llegó a decir que las mascarillas no servían para nada, es lógico que ya más tranquilo se avenga a posar de cuero sobre una moto tan grande como la que nos vendió. Si la ex-vicepresidenta Soraya Saenz de Santamaría se fotografió en picardías para la portada de una revista, el político Simón está en su derecho de aparecer como un ángel del infierno.

Ahora escuchamos dos argumentos en boca de científicos para justificar el uso obligatorio de la mascarilla aunque paseemos de madrugada por una calle desierta. El primero se basa en la actual relajación de la peña, o sea, que es un castigo para ver si espabilamos. Como en el cole, todos sin recreo hasta que aparezca el que dibujó un pene en la pizarra. El segundo es todavía más inquietante. Apela al valor pedagógico de la medida, o sea, asustar al personal. La visión de todo dios embozado contribuirá a que no olvidemos los cerca de 50.000 muertos que el gobierno no quiere contar. Escuchando a médicos uno esperaba argumentos basados en criterios sanitarios irrefutables. Pero no, más bien se han deslizado hacia la sociología de masas.

La expectativa de un cumplimiento generalizado de las normas exige un nivel mínimo de comprensión por parte del administrado. Una minoría de descerebrados no puede llevar a eliminar de cuajo la presunción de sentido común en la mayoría. Si camino por una calle estrecha en hora punta me pondré una mascarilla aunque no me lo indique un policía, pero si paseo al alba con mi perro por un camino desierto ya puede asaltarme un magistrado del Tribunal Constitucional que no me va a convencer de estar poniendo en riesgo el sistema sanitario de este país.

Durante sus apariciones públicas Simón ha apelado cientos veces a la prudencia y al sentido común en nuestras relaciones sociales, pero ahora el Govern de Baleares dice que nos va a sancionar si invitamos a alguien a nuestra casa y no usamos mascarilla. No sabemos cómo piensan comprobar si se mantiene la distancia mínima de seguridad sin una orden judicial para acceder a un domicilio particular. Supongo que será por las fotos en Instagram. También puede suceder que intercambies fluidos íntimos durante horas con una pareja con la que no convives, pero si por la mañana la acercas en coche a su casa debéis ir ambos enmascarados dentro del vehículo para que no os multen. He aquí otra muestra más del sentido común que predicaba nuestro científico de guardia favorito durante la pandemia.

Como en la canción de Radio Futura, los golpes ya no duelen a Simón. La banda de Santiago Auserón hizo una caricatura del paisano que aceptaba su condición de tonto del pueblo, aunque no lo era, para expiar un pecado ajeno. Simón ha asumido el papel que Sánchez le asignó, so pena de resultar calcinado su prestigio profesional. Eres tonto Simón, y no tienes elección. Ahora, la decisión de Francina Armengol de obligar al uso en todo momento de la mascarilla en una comunidad que se muere de hambre sin turistas les envía a estos un mensaje nítido. Es el mismo consejo que le daba Auserón al tonto Simón: vale más que te largues fuera del pueblo…

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