Destruir personas

Hace exactamente 35 años y 12 días, un artefacto explosivo con una carga de 200 kgs de amonal fue introducido, sobre las siete de la tarde, en el interior de un Renault 11 que se deslizó por la rampa del patio de la casa cuartel de la Guardia Civil de Vic, siendo detonado por miembros del comando Barcelona de ETA, segando la vida de diez personas -cinco adultos y cinco niños-, y causando heridas de diversa consideración a otras cuarenta y cuatro. Lo escribo con letras, porque estas víctimas merecen, como mínimo, no ser recordadas como meros números en el macabro escalafón de los asesinos.

Semejante ‘heroicidad’ de los gudaris etarras, como otras que buscaban boicotear los juegos olímpicos del 92 -los catalanes harían bien en recordarlo-, se perpetró, además, a sabiendas de que ese día y a esa hora iban a haber pocos agentes de la Benemérita allí, porque se daba el caso de que estaba prevista una competición deportiva que tenía que ser cubierta por esos guardias. Por tanto, los terroristas sabían que iban a matar, sobre todo, a mujeres y niños. Se da la circunstancia adicional de que, junto a la casa cuartel, se encontraba un centro escolar, por lo que la matanza pudo haber sido incluso mayor. Con la de la casa cuartel de Zaragoza, el atentado de Hipercor o el de la Plaza de la República Dominicana en Madrid, el de Vic forma parte de las mayores masacres cometidas a mayor gloria del nacionalismo vasco.

En esas fechas, Arnaldo Otegi era miembro activo del entramado de la banda terrorista ETA, habiendo sido ya condenado en firme (1989) a seis años de prisión por su participación en el secuestro del empresario Luis Abaitua -al que jamás indemnizó-, y faltando aún algunos años para sus posteriores condenas por enaltecimiento del terrorismo y pertenencia a la jerarquía de la banda armada.

En declaraciones a Radio Euskadi, el elgoibartarra declaraba esta semana que las -brillantes, añado yo- actuaciones últimas de la UCO no van encaminadas a luchar contra la corrupción sistémica y generalizada del entorno socialista, sino a ‘destruir’ el PSOE de Sánchez para que regrese el del ‘Régimen del 78’.

Cuando las leímos en la prensa, muchos españoles experimentamos lo que la ciencia médica describe como reflejos nauseosos, es decir, los movimientos involuntarios de nuestro estómago para provocar su vaciado en sentido opuesto al habitual. Lamenté entonces no haber tenido a Otegi en persona frente a mí para haber dado rienda suelta a esos reflejos.

Hacen falta toneladas de indigencia moral y el cerebro propio de una cucaracha para pontificar acerca de la destrucción de personas con semejante currículum vitae. Ciertamente, Otegi sabe de lo que habla. Ha dedicado su vida a la miserable causa del tiro en la nuca y el asesinato de menores; todo un héroe del pueblo vasco, sin duda.

Pero, lo más triste no es que Otegi campe libremente por este país, al que detesta, y excrete por doquier su ideología nacionalsocialista, sino que el Gobierno de España esté en brazos de un semoviente como éste para seguir aferrado a la silla.

Algún día, pienso, Pedro Sánchez pagará ante la Justicia su permanente ruleta con los tipos del código penal. Pero, desde luego, lo que tarde o temprano pagará políticamente son cosas como ésta. No le bastarán ni las joyas de Zapatero para saldar esas deudas. Los españoles se las vamos a cobrar todas juntas.       

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