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El verano de los contrastes

jueves 22 de julio de 2021, 05:00h

Mallorca se pone preciosa en esta época estival, con sus largos días llenos de luz y de color. Incluso en un verano tan convulso como éste, nuestra isla es una maravilla, un lugar idílico donde disfrutar del placer del calor, las calas y las cervecitas al atardecer.

Y eso hago algunos días cuando acaba mi jornada laboral y las obligaciones domésticas me lo permiten. Largos paseos al borde del mar, una rica cenita al exterior con 3 ó cuatro personas a lo sumo, y un poco de tranquilidad para combatir la hostilidad reinante en el entorno profesional.

Ahora intento ver el vaso medio lleno y relajarme con lo que tengo, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que me agobiaba con el calor, con la gente, con los clientes, y veía ese mismo vaso medio vacío. Solo los avatares de la vida me han hecho entender que la vida es mucho más sencilla de lo que a mí me parecía.

He aprendido a cumplir con mis compromisos, estando agradecida a la vida por tenerlos. A disfrutar de los pequeños instantes de la vida, sin buscar siempre un futuro incierto y sin esperar nada más. A saborear cada momento como si fuera el último que voy a vivir.

Y a todo esto me ha ayudado esta pandemia, mi familia, esa que he creado yo misma, y mis amistades más cercanas.

Hubo un tiempo en el que les dejaba a los demás la responsabilidad de mí felicidad, hasta que me di cuenta de que ellos no eran los hacedores de mi felicidad, simplemente eran actores de mi melodrama, y que dependía de mí qué papel les diera para interpretar en mi vida.

Cuando responsabilizamos a los demás de nuestros sufrimientos, nuestras frustraciones y nuestra felicidad, tenemos muchas posibilidades de equivocarnos, ya que casi es seguro que nos defraudarán, porque el resultado que queremos obtener solo está en nuestra cabeza. En cambio, cuando nos responsabilizamos a nosotros mismos de nuestros propios errores, es cuando podemos cambiar nuestra realidad.

La vida puede ser más sencilla si aprendemos a simplificar el día a día, a no esperar nada de los demás y agradecemos todo lo que nos dan e intentamos conseguir todo por nuestros propios medios.

En el momento que esperamos que nos den, nos ayuden, nos lleven y cumplan nuestras expectativas, acabamos de dejar nuestras vidas en sus manos. En ese momento estamos muertos, porque siempre nos decepcionarán, porque nuestras expectativas no suelen ser reales, ya que solo están en nuestra cabeza y nadie puede hacernos felices; solo puede acompañarnos en nuestra felicidad.

Cuando entendemos eso, la vida cambia, somos dueños de nuestras vidas y hacedores de nuestro destino. Solo así podremos crear el mundo que hemos imaginado para nosotros mismos.

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