Elon Musk, los cohetes rusos y la obsesión por ir a la raíz

Hay una anécdota de Elon Musk que explica bastante bien una forma de pensar que va mucho más allá de Tesla o SpaceX. No tiene que ver solo con tecnología. Tiene que ver con cómo mirar cualquier negocio, cualquier industria y casi cualquier problema. 

La historia arranca cuando Musk se plantea una pregunta que, en apariencia, era simple, por qué lanzar cosas al espacio seguía siendo tan absurdamente caro. Más aún cuando los cohetes rusos parecían ser, dentro de ese mundo, la opción más barata. Su razonamiento era, si en Occidente no usamos coches rusos ni aviones rusos como referencia de eficiencia, ¿qué estaban haciendo ellos en el espacio que no estuvieran haciendo los demás? 

En vez de aceptar el precio como un dato cerrado, decidió mirar dentro del problema. Estudió los cohetes rusos y trató de entender de qué estaban hechos realmente, cuánto costaban sus materiales y dónde se disparaba de verdad el precio final. Y ahí detectó algo que luego convertiría en una de sus obsesiones empresariales, el coste no estaba solo en la tecnología, sino en la cadena de capas, subcontratas e intermediarios que se iban acumulando por el camino. 

Su conclusión, muchas veces un producto no cuesta tanto por lo que vale hacerlo, sino por cómo está organizado todo lo que hay alrededor. Uno diseña, otro fabrica, otro coordina, otro supervisa, otro vende, otro intermedia y otro vuelve a empaquetar el mismo proceso. Al final, el precio final ya no refleja solo materia prima, ingeniería y trabajo real, sino una estructura entera viviendo de ese producto. 

De ahí nace una de las ideas más interesantes, volver a la materia prima. Es decir, coger cualquier objeto, desmontarlo mentalmente y preguntarse cuánto cuesta de verdad lo que lo compone. No cuánto dice el mercado que vale. No cuánto cuesta después de pasar por cinco despachos. Cuánto vale realmente su base material y cuánto cuesta transformarla con trabajo e inteligencia. 

Ese enfoque le llevó a cuestionar no solo el negocio espacial, sino la forma en la que muchas industrias se habían acostumbrado a funcionar. En lugar de asumir que algo era caro porque sí, empezó a plantearse si no estaba simplemente mal construido desde el punto de vista empresarial. No mal fabricado, sino mal pensado. Demasiada distancia entre el origen y el resultado. Demasiada gente cobrando en medio. Demasiada inercia aceptada como normal.

Lo interesante es que esta lógica no sirve solo para los cohetes. Sirve para casi todo. Pasa en campañas publicitarias, en servicios profesionales, en producción audiovisual y en muchísimos sectores donde el cliente paga una cifra enorme, pero quien hace el trabajo real recibe una parte muy pequeña. Entre un extremo y otro, se ha ido montando una estructura que muchas veces el propio cliente desconoce. 

Es la típica situación en la que una marca paga 100.000, el trabajo real lo ejecuta alguien por 10.000 y entre medias se han quedado varias capas que no siempre añaden valor proporcional. Agencia sobre agencia, intermediario sobre intermediario, país sobre país, departamento sobre departamento. Y entonces aparece la pregunta incómoda, ¿estamos pagando complejidad real o estamos pagando grasa? 

La lección es bastante sencilla, cuando algo parece demasiado caro, demasiado lento o demasiado complicado, a veces no hay que empezar preguntando quién lo vende, sino de qué está hecho y cuántas manos han ido metiéndose por el camino. Porque muchas veces la gran innovación no consiste en inventar algo nuevo, sino en atreverse a desmontar lo que todos daban por inevitable.

Suscríbase aquí gratis a nuestro boletín diario. Síganos en X, Facebook, Instagram y TikTok.
Toda la actualidad de Mallorca en mallorcadiario.com.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más Noticias