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Emilio Cardona o de carne y de papel
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(Foto: Francisca R Sampol )

Emilio Cardona o de carne y de papel

Subimos hasta la cuarta planta de la finca, nos abre la puerta de su piso y chocamos de frente con una de sus últimas obras, edificios y luces intermitentes, una escultura abrazada al techo y otra en la pared. Una tira de libros atados, pegados uno al otro, pintados, barnizados y que asemejan la forma de una serpiente que ha fijado ahí su residencia. En el salón otra pintura escultórica de libros que conversan unos con otros, apiñados, con las hojas abiertas de par en par.

Siempre me ha gustado experimentar con el papel y esto fue una etapa en la que utilicé libros. – Nos comentó el artista.

Emilio Ruiz Cardona nace el 10 de mayo de 1963 en Palma el mismo año en que, The Beatles lanzan su primer álbum; Please please me, en Colombia y en México se emiten las primeras transmisiones por televisión, es asesinado en Dallas el presidente de EE.UU. John F Kennedy, fallecen; Édith Piaf, Luis Cernuda y Aldous Huxley, nacen; Whitney Houston, Brad Pitt, Michael Jordan, Johnny Deep, Garry Kasparov, en literatura se editan; Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, Rayuela de Julio Cortazar, El espía que surgió del frio de John le Carré, Carta desde la cárcel de Birmingham de Martin Luther King, se estrenan en cine; El sirviente de Joseph Losey y el Gatopardo de Visconti, en pintura, Dalí presentó la obra; El retrato de mi hermano muerto, Andy Warhol; Ocho Elvis y Suicide, Roy Lichtenstein; ¡Whaam!.

Hijo de José María natural de Tarazona de la Mancha Albacete y de Francisca natural de La Vila en Ibiza, los dos, carniceros de profesión.

Mi padre vino a hacer la mili en Mallorca y se quedó. En la isla conoció a mi madre, se casaron y tuvieron seis hijos. Mi madre era una mujer maravillosa, avanzada a su tiempo.

Nos tomamos esta primera parte como un paseo por algunos episodios de su vida; llévenos a conocer su infancia…

Como mis padres eran carniceros, en las vacaciones del cole iba a acompañar a mi papá al matadero sobre las seis de la mañana. Me acostumbre al gruñido de los cerdos cuando los sacrificaban, el agua arrastrando la sangre hacía las alcantarillas. Luego ir al mercado del Olivar y comer un bocata de picapica, el olor peculiar del mercado, aunque se mezclen carnicería, pescadería, fruta, verdura y alboroto.

Yo tenía asma y eso hacía a veces tuviera que quedarme en casa enfermo y mi madre me compraba pinturitas, sabía cuánto disfrutaba dibujando y al mismo tiempo aprovechaba para leer sus más de 250 revistas, de moda y sociedad. Mi madre era una mujer muy sensible, una persona educada, amable y cariñosa con todos.

Guarda un mal recuerdo de su primera etapa estudiantil.

Fui al Colegio de San Vicente de Paul hasta los siete años y por el hecho de ser zurdo recibí golpes y puñetazos a diario por parte de las monjas. Decían que iban a enderezarme. Me ataban la mano izquierda a la parte trasera de la silla para que escribiese y pintase con la derecha, me castigaban y me paseaban por la clase como un mal ejemplo, como a otros niños zurdos, a los que nos llamaban “raros”.

Por fortuna me cambiaron. Mis padres me inscribieron en Sant Josep Obrer y mi vida escolar mejoró. Gozaba de pintar, a veces mi madre me traía papel de envolver los productos que despachaban en la carnicería. Leía sobre geografía, historia, narrativa. Era un loco de la literatura, un devorador de lectura, tanto que mi madre me inscribió en Círculo de lectores, y aún guardo el primer libro que leí; Orgullo de Palomares.

Cuando tenía doce años por primera vez en el colegio tuve una conversación con una alumna de mi misma edad ya que por aquel entonces no era de enseñanza mixta y me resultó emocionante la experiencia de hablar con aquella chica.

Entremos en zona de adolescencia…

De adolescente fui un salvaje, aunque seguía teniendo episodios de asma vivía a tope la movida de los 80, sobretodo saliendo de noche y luego de día, pintaba y leía. Me salió un trabajo de noche en la barra del bar del Hotel La Bonanova los clientes eran nórdicos y me iba la marcha.

Comencé a ir a Ibiza y a descubrir aquel mundo de libertad, tenía quince años la primera que fui y le cogí el gustillo a eso de vivir y dejar vivir. Era una sociedad chocante.

Coincidió todavía con ese contraste en el que los payeses y los hippies convivían en plena armonía; “make love, no war”, era la consigna de extranjeros pudientes que venían de políticas avanzadas y de movimientos liberales y enfrente aquellas mujeres vestidas de negro con el traje típico que les miraban condescendientes. Ibiza un paraíso de día y un ocio nocturno que asomaba; Pacha, Amnesia, serían clubes pioneros, luego vinieron; Ku, Es Paradís, Star Club (ahora Edén), DC 10…

En ese periodo, Ibiza me cautivó, pero viví otras experiencias, entre ellas, cuando fui a Valencia en barco, justo el día del Golpe de Estado. Al llegar, parecía un desierto. Coincidí con un grupo de soldados y al oír las noticias acabamos emborrachándonos y brindando por “la paz”.

A los 15 años los profesores de Sant Josep Obrer le comunican a sus padres que su hijo no avanza en los estudios porque tiene el alma de artista, y les aconsejan inscribirlo en Arts i Oficis.

Y así lo hicieron, pero a los tres meses, Emilio lo dejó por aburrimiento.

Cuando tenía 20 años comencé a ir a clases con Marta Christel que además de ser profesora de pintura, era una mujer muy interesante, cantaba jazz, tocaba y daba clases de piano, por aquel entonces yo trabajaba de camarero de día y de taxista en turno de noche. Pero busqué tiempo para ir a sus clases y me valió la pena.

De los 20 a los 34 pinta de manera incesante y vive sin descanso.

Llevaba un taxi y en este oficio coincides con gente de diferentes lugares que te cuentan tantas cosas. Durante cuatro meses al año me iba de viaje, Sudamérica, la India, Marruecos. Quería vivir lo que había leído y escuchado. Visité los desiertos del Thar en India, el Atacama en Chile, el Sahara en Marruecos, y Selvas de Brasil, de Bolivia y de Perú.

El desierto de Thar, conocido también como el gran desierto indio, es una extensa región arenosa situada al noroeste de India. El desierto de Atacama es el lugar no polar más árido de la Tierra.​​​​​​ Se extiende en el Norte Grande de Chile y cubre 105 000 km² de superficie.

En su vida los viajes han sido una prioridad.

He viajado siempre que he podido. Me encanta conversar con la gente del lugar, hacerles fotografías si se dejan, soy muy respetuoso en eso. A veces he pasado hambre, he estado perdido en mitad de la nada.

Fui de Argentina hasta Colombia en autobús y andando, pasando por Chile, Bolivia, Perú y en la frontera una persona me aconsejó no entrar en Colombia, me puso en alerta, indicándome que un grupo de narcos estaban atracando a todo el que pasaba.

Viví un tiempo en Perú durante el primer mandato de Fujimori.

En un principio, éramos tres viajando y al final me quedé solo. Cierto día, en el oriente ecuatoriano, más concretamente en Tena, iba andando por uno de esos caminos y un señor gallego que conducía un todo terreno se paró y me preguntó de dónde era. Se alegró de encontrar a un español por esos lares. Él, llevaba doce años, casado con una nativa y no solía cruzarse con compatriotas. Me presentó a un hombre que gozaba del título de Gobernador de la Selva, un tipo que criaba monos y otras especies para comer. Tenía cientos de jaulas llenas de animales.

¿Qué es lo qué más le gusta de viajar?

No sabría qué contestar a esa pregunta, porque por ejemplo hay lugares maravillosos para pasear, como el casco antiguo de Quito, como Barcelona, Montevideo, Potosí, o la visita a la Casa de la Moneda de Chile, uno de los edificios coloniales más bellos que nunca he visto y hay otros lugares para la aventura.

Estuve seis semanas en la India y de esas, una en Calcuta y en los tres primeros días, te absorbe la atmósfera de miseria, y no puedes permitir que te afecte. Debes actuar con calma y eso hice, me planteé superar aquel shock, aquella cruda visión de pobreza, y experimentar el viaje. Superé el día y la noche con emociones que no puedo contar.

Cuando uno llega a Calcuta te invaden olores de suciedad, de carne podrida, de comidas elaboradas con aceites quemados, heces, orina y un calor extremo. Allá se sigue conviviendo con los enfermos de lepra y de tuberculosis. Una de las personas que más luchó por su dignidad, la Madre Teresa de Calcuta, decía;

la enfermedad más prevalente no es la lepra o la tuberculosis, es el sentimiento de que no le importas a nadie, que nadie te quiere”.

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En India hubo muchas cosas que me asombraron y que después años no he conseguido olvidar. Visité los crematorios en Varanasi y es donde te das cuenta de las diferencias con nuestra civilización a la hora de asumir la muerte. Para el indio la muerte es algo natural y la despedida de un ser querido se celebra en plena calle.

Los ghats crematorios son lugares en los que colocan las piras funerarias, hechas de troncos de bambú y adornados con flores de caléndula. Untan el cadáver con ghee una mantequilla típica india, para facilitar el proceso de cremación y de ahí a la hoguera.

Mientras todo eso ocurría y los familiares lloraban la pérdida de su ser cercano, justo al lado había personas que jugaban a póquer y uno de los días me uní a ellos. Quería entenderles.

Los familiares permanecerán en torno a la pira unas diez horas. Al amanecer un sacerdote reunirá las cenizas y emprenderá el descenso al rio Ganges para esparcirlas y liberar al finado y a su alma, acompañadas en el ritual de velas flotantes, inician su viaje sin retorno.

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¿Y cuándo empieza su historia cómo artista?

Como he comentado, nunca dejé de pintar, yo quería ser artista y viajar me ha ayudado a inspirarme. La verdadera historia comenzó cuando tenía 34 años y decido mostrar mis trabajos. Iba de galería en galería cargado con mis primeras piezas de libros pintados que pesaban 20 kilos pero los galeristas me cerraban sus puertas. Al regresar a casa, me sentía muuy defraudado. Días y días intentando que vieran mis obras. Jamás me desanimé.

Un día hablé con Rosario que regentaba la Galería Berlín y ella se ofreció a venir a casa. Al ver mis pinturas me invitó a exponer en su espacio, en la Nit de l’Art de Palma en septiembre de 2017. Colocó mis obras junto a las del artista Jaime Roig de Diego, ni más ni menos. Esa fue mi primera exposición. Luego vinieron otras, en Luxemburgo, Alemania, París, en Estampa, Madrid, en Ca’n Boni en Palma, donde he presentado la última.

¿Cómo hizo para subsistir hasta que aceptaron sus pinturas?

En aquel entonces yo era asistente personal de un industrial británico que residía seis meses en Palma y los otros seis en diferentes lugares del mundo. Tenía más de cincuenta mil empleados en China trabajando para él. Me convertí en su hombre de confianza y así fue durante veintitrés años que duró la relación laboral. Hace un tiempo que se marchó y seguimos en contacto, nos tenemos mucho aprecio, incluso él con mis hijos. Yo solo dormía de dos a tres horas diarias, porque no quería dejar de pintar y no quería perder el trabajo.

¿Qué ocurre en su interior cuando elabora una obra?

El primer sorprendido soy yo. Hoy en día después de tantas veces, todavía me asombra. Es un inmenso placer físico y espiritual.

¿Suele trabajar de noche?

La noche siempre ha sido mi refugio, para trabajar, para divertirme, para pintar. Me gusta la noche y como decía Baudelaire; “el influjo de la luna” debe afectarme. Me fascina trabajar de noche y sentir el abrazo de la soledad. Me transporto al concentrarme para pintar y pienso que estoy en mitad de un bosque o una selva, o en los Andes, esa sensación me da vida.

Y en esas horas de visiones nocturnas en las que te desvinculas, en las que te sumerges en un profundo silencio, en las te encierras en tu laboratorio imaginario, en las que deja de existir todo lo que queda fuera de tu santuario, en esas horas te entregas por completo a tus emociones y cortas el papel, lo arrugas, lo reviertes. Una pared plana pierde su perspectiva y se convierte en un ser geométrico, casi cubista. Quizá el cubismo se ve dimensionado por la extensión de cada tira, de cada porción, de cada corte. Emilio transforma la materia para convertirla en materia intermitente. Como decía Dalí;

“El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos”.

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Hábleme de su relación con el papel

Soy visceral con el papel, desde que mi madre me traía aquellas hojas de envolver, he tenido una relación especial con este material. Hace años dejé la tela y trabajo sobre papel. Para mí el papel, el tacto, es como si nos comunicásemos. Por intuición pinto también sobre fotos, por experimentar, y esa evolución me ha llevado a lo que estoy haciendo últimamente; edificios. Estando mi pareja en Nueva York, me llamó para decirme que estaba frente a esas monumentales construcciones y que se sentía impresionada. Trajo tantas fotos que prepararé una colección.

¿Por qué artistas siente admiración?

¡Uf! Por muchos. Picasso era una bestia en todos los aspectos, Miquel Barceló, Velázquez, Goya, El Bosco, Magritte, por impresionistas, por las pinturas rupestres.

Me tiré una semana visitando a diario el Museo del Prado en Madrid, los pintores que van allí cada día a pintar ya me conocían. Es apasionante lo que hay entre esos muros. Aunque también puedo decir lo mismo del Guggenheim como edificio y del museo.

¿Qué tipo de aficiones practica?

Escuchar música clásica, la tranquilidad, la soledad, pasear, los programas de música sobre todo, los de Virginia Díaz, soy un lector de filosofía, un empedernido de Baudelaire, pero también de Vargas Llosa, de Orwell, de aventureros viajeros, admiro la historia del Marqués de Sade, he leído sobre su vida compleja y me impresionan algunos episodios… Y viajar.

¿Una reflexión?

Soy un niño de los 60 un adolescente de los 70 un adulto desencantado de los 80 y un jodido inquieto de los 90.

¿Cuál ha sido su último desplazamiento?

En noviembre estuve con mi pareja en La Palma, y ver el volcán desde tan cerca, te causa una fuerte impacto. La altura a la que llega la ceniza, casi 5.000 metros y sobre todo el temblor, el sonido, la lava humeante, estuvimos a solo un kilometro de distancia. Hablé con los nativos y entienden y agradecen nuestras visitas, a pesar de su dolor.

Los artistas siempre tienen proyectos ¿Qué está preparando usted?

Trabajo en algo en lo que he experimentado durante largas horas nocturnas. Los diferentes efectos de la luz desde el interior y el exterior. Una colección que he titulado: “El lado oscuro de la luz” y que se expondrá durante treinta días en la Galería Ca’n Boni.

Pinturas de las que emergen páginas con una incisión sobre otras páginas, compuestas en imágenes individuales y corales, como un collage en torno a ciudades, edificios, gatos, rostros, donde el artista muestra una oscura ofensiva. Debes apagar las luces, cerrar los ojos y aparecerá su propia luz para dejar al descubierto las instrucciones de una mezcla de léxicos y algoritmos. Una combinación plástica de la que el espíritu impresionista y surrealista tomará nota.

Aunque le dio tiempo a mostrarnos algunas de sus nuevas obras, en las que el efecto de luz es imprescindible para comprenderlas, no pudimos acabar la entrevista en su casa y la completamos otro día, desayunando café con ensaimadas en el Bar Cristal de Plaça Espanya. Allí recabé mis últimas notas y Francisca tomó sus últimas fotos. Nos congratuló conversar con Emilio Ruíz Cardona.

Textos: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca R Sampol

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