Escenas de la revolución jurásica

Oiga, pero ¿qué hace en un hotel de lujo, si se suponía que venía a aliviar el sufrimiento de los cubanos? La culpa es del gobierno de los Estados Unidos, que nos obliga a alojarnos en hoteles de 5 estrellas. Así respondió, tan tranquilo, el streamer de izquierdas Hasan Piker, integrante del convoy de activistas que ha viajado a La Habana. Luego las redes se dedicaron a analizar su atuendo, y revelaron que llevaba unas gafas Cartier de 1.380$ y una camisa «Red inferno» de Glass Cypress de 690€; es decir, llevaba encima unos treinta años de salario mínimo cubano. Y aparte de eso ¿cómo está la situación? La gente está feliz, hace fiesta por las calles, reportó el bueno de Hasan. Será el clima o la «mentalidad isleña», añadió.

En esos momentos llegaba al aeropuerto Jeremy Corbyn, que aconsejó combatir la escasez de petróleo, que está causando continuos apagones en la isla, con energías renovables. «Trump no se puede llevar el sol», aseguró. La revolución será ecosostenible o no será, carajo. Después, inopinadamente, se puso una camisa naranja como si, en vez de la Habana, fuera a visitar Guantánamo. Mientras tanto otros intrépidos turistas, con las banderas palestinas de rigor, se proponían burlas el bloqueo en el barco Granma 2.0. No sabremos qué pasará, porque los norteamericanos disparan a las embarcaciones, contaron de forma truculenta. Pueden verse sus fotos, preparados para un eventual ataque mientras toman el sol en cubierta junto a una guitarra.

La dictadura cubana preparó un tour para los turistas de la Revolución, una caravana de vehículos pintados de naranja, como la camisa de Corbyn. Eran híbridos de minibús y tuk-tuk, inmediatamente fue evidente su parecido con los cochecitos de Jurassic Park, y el cachondeo de los cubanos comenzó imparable: mira, un Tiranosaurio Canel; cuidado con el Cheguevarraptor. Uno de los turistas se arriesgó incluso a bajar de cochecito y, orgulloso, se hizo una foto en la puerta de la embajada de Corea del Norte, otro de los hitos del Progreso. 

Mientras tanto, algunas integrantes del grupo Code Pink renunciaron a los encantos del paseo y se enfrascaron en un trabajo esencial para los cubanos: pintar un mural.  Para ello escogieron una de las innumerables ruinas que pone a su disposición La Habana comunista. «Va a tener barquitos y notas de amor». «Y ahí habrá peces, vida marina, y un poema». No, no me lo invento. Qué más quisiera yo. Y por supuesto, las inevitables fotos con niños. Quedan genial en el Insta, y los Tiktoks obtienen un montón de likes. ¿Qué hay de malo en hacerles bailar a cambio de unas galletas? Es todo tan bonito… 

Integrados en la flotilla estaban los raperos irlandeses Kneecap (kneecap: método de control social usado por el IRA consistente en disparar a las rodillas del disidente), que cantaron para sus camaradas ataviados con los inevitables pañuelos palestinos. Esa noche Daniel Lambert, manager del grupo, salió a la calle de la ciudad, que se encontraba a oscuras por un nuevo apagón: «hay una extraña belleza y resiliencia (¿?) en poder ver brillar las estrellas en el cielo». No mencionó, en cambio las resilientes caceroladas que los sufridos habaneros organizaban en esos momentos para denunciar su situación. 

Vale, pero ¿qué tienen de malo estas chorradas, si sirven para ayudar a los cubanos? Ese es precisamente el problema: la expedición no iba a apoyar a los cubanos en general, sino a la dictadura que los oprime. Los cubanos con los que la caravana se cruzaba por las calles no eran más que decorados para su postureo moral, y este apremio por exhibir virtud es tan potente que anula el sentido del ridículo. Dicen que se puede volver de cualquier lado excepto del ridículo, y esto es lo que ha ocurrido a los activistas caribeños. 

El episodio más visible en este sentido lo debemos a Pablo Iglesias que, ayudado por un dron, se hizo un video caminando muy solemne por la Plaza de la Revolución. Va solo, como ocurre a los grandes héroes y a aquéllos a los que ya no vota nadie. Asciende hasta el monumento a José Martí, y desde allí contempla con gesto concentrado los relieves del Che y Camilo Cienfuegos; sin duda él mismo se ve como el penúltimo avatar heroico en la lucha interminable por la liberación. A continuación, entrevista al dictador Diaz-Canel. No a disidentes, parientes de encarcelados u opositores: al dictador. En la hora y once minutos que dura la entrevista, Iglesias no le pregunta ni una vez por los presos políticos ni por las libertades que niega a los cubanos. A cambio nos enteramos de que el culpable de todos los males es el bloqueo de Estados Unidos, que ha cortado el paso al petróleo y, suponemos, también ha impedido pasar, desde hace sesenta años, el pluralismo, la libertad, y los partidos políticos. En fin, que ya no engañan a nadie, y en este sentido la expedición ha sido un éxito.

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