Un político se impone por sorpresa a los candidatos oficialistas de su partido. El tipo es hábil conectando con sus votantes. Apela a los valores morales, promete acabar con la corrupción y acometer reformas que devuelvan el poder al pueblo. Tras ser elegido presidente del país, comienza a desmontar los controles al poder, reprende a los jueces y trata de amordazar a los medios de comunicación que le critican. De esta manera, trata de perpetuar un gobierno con tics autoritarios que sólo responde a la voluntad del presidente. No se asusten, hablo de literatura.
Es el argumento de Eso no puede pasar aquí, una sátira política escrita por Sinclair Lewis hace noventa años en Estados Unidos. En 2016, diversos periódicos compararon a su protagonista, el senador Windrip, con Donald Trump. The New York Times, El País o The Guardian publicaron artículos alertando de los paralelismos entre dos personajes que se presentaban a sí mismos como candidatos fuera de la política habitual que venían a poner de cabeza al sistema. Lo que debería preocuparnos es por qué unos cuantos millones de españoles —la mayoría de los votantes según todas las encuestas, menos una— podrían pensar que me estaba refiriendo a Pedro Sánchez. A Trump le compararon con el personaje de Sinclair Lewis nada más ganar las elecciones, pero, ¿qué ha sucedido en España en los últimos siete años para aproximarnos a esa distopía?
Escribe Rob Riemen en su último ensayo (La palabra que vence a la muerte, Editorial Taurus, 2025) que «las distopías se vuelven realidad por la sencilla razón de que la gente quiere que se hagan realidad». He aquí lo alarmante del asunto. Hemos asistido a una semana asombrosa. Una sesión de control al gobierno en el Congreso parecida a un combate de artes marciales mixtas, pero sin reglas. Ya vale todo. Una vicepresidenta del gobierno, en la sala de prensa de Moncloa, llamando a manifestarse en la calle contra en el Tribunal Supremo. Hasta Félix Bolaños, sentado a su lado, sintió vergüenza. Un gobierno que ha conseguido que deje de ser noticia que pierde una votación en el parlamento. Transcurrida la mitad de la legislatura, la novedad consiste en que gane una. Un diputado en ejercicio entrando en prisión. Y en este plan.
El destrozo que el sanchismo está causando en el sistema constitucional y en las principales instituciones del Estado no tiene tanto que ver con una ideología de izquierdas —para el caso que se pudiera afirmar que Sánchez tiene ideología— como de una ausencia total de valores morales, los mismos a los que Pedro apelaba según se bajaba del Peugeot a las puertas de cada agrupación socialista. Acompañaban al maestro en su gira Santos Cerdán, Ábalos y Koldo, una cuadrilla de expertos en ética kantiana que han dormido o duermen en la cárcel de Soto del Real.
Se ha escrito ya que los diputados que redactaron la vigente Constitución no previeron ponerla en manos de un gobernante como Sánchez. Ni ellos, hace 47 años, ni nosotros, hace siete. Entonces, si la Constitución consagra una democracia parlamentaria y se puede gobernar sin el Parlamento, sin presupuestos y sin iniciativas legislativas; si la Cámara alta se convierte en una cámara frigorífica, con la mayor parte de su actividad congelada para evitar perder más votaciones, ¿para qué sirve el parlamento? Y, en consecuencia, ¿para qué sirve la democracia? Es aquí cuando llega Vox y susurra al oído de los más jóvenes, de los que han disfrutado de un sistema de libertades desde el día en que nacieron: «para nada, no sirve para nada. Sólo es un mecanismo para dar de comer a estos muertos de hambre, pero a vosotros no os resuelve los problemas».
Lo peor de Sánchez no son las saunas de su suegro, ni los negocios de Begoña, ni tener a su hermano cobrando sin trabajar y de okupa en la Moncloa, ni la condena al fiscal general, ni la mafia que se lucraba a su lado gracias a los cargos para los que él los nombró, ni las mentiras, ni los pactos oscuros, ni el blanqueamiento exprés de los que aplaudían los asesinatos de sus compañeros de partido. No hablo de la Guerra Civil. Isaías Carrasco, regidor socialista en Mondragón, fue tiroteado por ETA cuando Sánchez era concejal en Madrid. Todo esto no es lo peor del sanchismo.
Lo peor del sanchismo es que cientos de miles de jóvenes, y no tan jóvenes, se preguntan hoy en España para qué sirve la democracia. Lo peor es que se trata de una cifra de ciudadanos que va en aumento. Sánchez, que es un inmoral pero no es idiota, sabe que a estas alturas necesitaría un milagro para ganar las elecciones. Como no cree en Dios, se encomienda al auge de un partido antisistema que lo cuestiona todo. En estos momentos, Vox se enfrenta incluso a la monarquía y la Conferencia Episcopal.
Una cuarta parte de los jóvenes ve preferible en determinas circunstancias un régimen autoritario. Además de hablar de vivienda e inmigración, más le vale al Partido Popular comenzar a hacer una pedagogía básica entre los menores de 35 años del significado profundo de la democracia. En otros motivos, para dejen de estar convencidos de que «eso no puede pasar aquí»




