No entiendo de fútbol. Lo reconozco desde el principio para que nadie espere de mí un análisis sobre sistemas, defensas adelantadas, falsos nueves o líneas de presión. Hay personas capaces de explicar durante horas por qué un entrenador cambió el partido moviendo a un jugador dos metros hacia la derecha. Yo apenas consigo seguir un fuera de juego sin pedir ayuda. Pero no hacía falta entender de fútbol para comprender lo que ocurrió.
España ganó 1 a 0 a Argentina y volvió a proclamarse campeona del mundo después de haber conquistado también la Eurocopa. Es difícil imaginar una confirmación más rotunda de que estamos ante una generación extraordinaria. No fue solamente una victoria deportiva. Fue uno de esos momentos escasos en los que un país se reconoce a sí mismo, respira al mismo tiempo y durante unos minutos deja a un lado sus discusiones habituales.
Yo no sé explicar cómo se construye una jugada perfecta, pero sí sé reconocer el esfuerzo, la serenidad y la dignidad. Y eso fue lo que transmitió España durante la final.
Argentina planteó un partido muy físico, con entradas duras y momentos en los que la tensión superó claramente los límites de la deportividad. España pudo caer en la provocación, responder con la misma agresividad o convertir el encuentro en una pelea. No lo hizo. Siguió jugando. Esa fue quizá la mayor demostración de fortaleza.
Resulta fácil mantener las formas cuando todo marcha bien. Lo difícil es conservarlas cuando te golpean, cuando te anulan goles, cuando el árbitro permite más de lo razonable y cuando una final parece caminar hacia un terreno en el que gana quien grita más fuerte. España eligió otro camino. Contestó con fútbol, con paciencia y con una convicción que terminó imponiéndose.
No sé si eso se llama tiki-taka, fútbol de posición o simplemente jugar bien. Desde mi desconocimiento, yo lo llamaría educación aplicada al deporte. La selección tuvo
la posesión y Argentina terminó el partido sin disparos entre los tres palos. Son datos que incluso una persona como yo puede interpretar. España quiso jugar, controlar y crear. Argentina dedicó demasiados esfuerzos a impedirlo. El resultado fue corto, pero la superioridad fue mucho más amplia que ese solitario gol.
En los días anteriores a la final había crecido una sombra incómoda sobre el campeonato. No eran solamente comentarios de aficionados enfadados. El político británico George Galloway llegó a afirmar públicamente que el Mundial estaba amañado para que Argentina alcanzara la final. Desde Egipto, después de una eliminación cargada de decisiones polémicas, su seleccionador Hossam Hassan y el futbolista Mostafa Ziko también denunciaron que el torneo estaba favoreciendo a Argentina para mantener a Messi en competición. Son acusaciones muy graves que no pueden darse por probadas, pero tampoco esconderse como si nunca hubieran existido.
La mejor respuesta la dio España sobre el césped. Ganó incluso en medio de las sospechas, de los goles anulados y de un arbitraje que durante demasiados minutos permitió a Argentina confundir la intensidad con la violencia. Por eso la victoria tuvo algo todavía más grande. España no solo derrotó a un rival. Derrotó también la sensación de que el desenlace ya podía estar escrito.
Cuando llegó el tanto de Ferran Torres, España no celebró solamente una pelota entrando en una portería. Celebró años de trabajo, una forma de entender el deporte y la aparición de una generación que parece competir sin complejos. Jóvenes como Lamine Yamal y Nico Williams representan una España abierta, diversa y segura de sí misma. Juegan como si no cargaran con los antiguos miedos de nuestra selección, aquellos partidos en los que empezábamos soñando y terminábamos diciendo que habíamos tenido mala suerte. Esta vez no hubo excusas.
Hubo talento, disciplina y una calma sorprendente. Hubo jugadores que no se dejaron intimidar. Hubo un equipo que supo sufrir sin perder su identidad. La victoria ha sido también un regalo para la imagen de España. Millones de personas siguieron la final desde Europa, América, África y Asia. En muchas redes sociales
se percibía una simpatía internacional hacia nuestra selección que iba más allá del deporte. Parte de ella nació del respaldo público que algunos dirigentes extranjeros muy cuestionados dieron a Argentina. Aquello convirtió el partido, de manera quizá injusta pero inevitable, en algo más grande que una final.
España acabó representando para mucha gente la opción tranquila frente a la arrogancia, el juego frente a la violencia y la deportividad frente al mal perder. Es una simplificación, por supuesto. Ningún país es completamente bueno ni completamente malo, y un partido no debería utilizarse para juzgar a millones de personas. Argentina es una gran nación futbolística y cuenta con aficionados que seguramente sintieron vergüenza ante algunas de las imágenes posteriores al encuentro. La derrota duele, pero nunca debería justificar agresiones, puñetazos o comportamientos que empañan la historia de una selección.
Messi lloró. Es comprensible. Probablemente era su última gran oportunidad y hasta quienes apoyábamos a España pudimos sentir algo de tristeza al verlo. Los grandes campeones también pierden. La grandeza no consiste únicamente en levantar copas, sino en saber marcharse cuando la copa la levanta otro. Y España la levantó.
La ceremonia dejó imágenes curiosas. Donald Trump quiso permanecer cerca del trofeo más tiempo del habitual, como si también él quisiera formar parte de la fotografía histórica. El rey Felipe VI tuvo un papel destacado junto a los jugadores. Pedro Sánchez apareció sonriente y, por fin, llevaba una pulsera con la bandera de España. Nunca es tarde para descubrir que los símbolos nacionales también pueden llevarse sin complejos, aunque haya hecho falta llegar a una final del mundo para comprobarlo.
Lo digo con una sonrisa, porque una victoria así debería servir para unir y no para buscar nuevas trincheras. No sé de fútbol, pero sé que un país necesita de vez en cuando una alegría compartida. Necesita salir a los balcones, escuchar claxonazos que normalmente resultarían insoportables y entender que quien celebra en la calle no es un desconocido, sino alguien que está sintiendo exactamente lo mismo.
Durante unas horas no hubo izquierdas ni derechas, territorios enfrentados ni discusiones interminables. Hubo camisetas rojas, banderas en las ventanas y niños que pudieron acostarse tarde porque estaban viendo algo que recordarán toda su vida. Tal vez eso sea lo más hermoso del deporte.
España ha ganado su segundo Mundial después de conquistar la Eurocopa. Ha ganado prestigio, admiración y una imagen poderosa ante el mundo. Ha demostrado que se puede competir con firmeza sin renunciar a la elegancia. Ha recordado que la educación no es debilidad y que mantener la cabeza fría puede ser la forma más contundente de vencer.
Yo seguiré sin entender bien los fueras de juego. Seguiré preguntando por qué una falta es tarjeta amarilla y otra aparentemente idéntica no lo es. Pero cuando vi a los jugadores levantar la copa comprendí perfectamente lo importante. España no ganó porque gritara más. Ganó porque fue mejor.





