Europa para mí

Crecí escuchando a mi padre hablar de Inglaterra como de una excepción moral en el panorama europeo: su liberalismo, sus tradiciones, su carácter austero y flemático, incluso su boato. Allí, habían rechazado el marxismo revolucionario, y hasta los más radicales laboristas compartían principios fundamentales con el resto de fuerzas políticas. Admiraba la Revolución Gloriosa de 1688 y la contraponía, casi con desprecio, a la sanguinaria violencia fundacional de la Revolución francesa. Para él, Europa era talento y desastre casi a partes iguales.

Los europeos continentales podían producir genios como Beethoven o Rossini, pero también monstruos como Hitler o figuras tan dañinas como Pétain. Los británicos, en cambio, parecían mantenerse imperturbables, anclados a principios individualistas y democráticos sólidos. España con toda su larga historia, pensaba él, se dejaba arrastrar más por los vientos europeos, cuando quizá habría sido mejor seguir la estela británica. Lo mismo que sostenía el respetado Jovellanos mucho tiempo atrás.

Tras la dictadura, la entrada en el Mercado Común Europeo parecía lógica. Incluso el Reino Unido había dado ese paso. Para mí, seguramente influido por esa impronta, Europa podía ser una meta razonable, pero nunca una solución mágica. Celebré la adhesión, pero rechacé sin dudar el proyecto de Constitución de Giscard d’Estaing: llamar “constitución” a un texto de casi 450 artículos, más anexos, era vaciar de sentido una palabra fundamental en nuestro imaginario compartido. ¡Demasiado intervencionismo!

El Tratado de Maastricht, en cambio, sí me ilusionó. Había visto de primera mano el caos monetario en las zonas turísticas de nuestra isla, donde se manejaban francos, marcos, liras, libras, coronas y pesetas con una naturalidad fascinante pero absurda. Las cuatro devaluaciones monetarias de Felipe González —negadas hasta el último momento con aquello de “me juego un cafelito a que no habrá devaluación”— reforzaron mi convicción: el euro merecía los duros esfuerzos que había que hacer. Recuerdo como la noche de su estreno recorrí varios cajeros automáticos para poder ser de los primeros en tocarlo.

El euro no era solo una moneda. Representaba disciplina, límites, verdad. La renuncia consciente a la inflación como engaño político. La obligación de afrontar los problemas cuando aparecen y no trasladarlos al futuro. Era, en el fondo, una apuesta moral de respeto con la ciudadanía.

La crisis de 2008 debió haber sido su prueba de fuego. En aquella ocasión, por mis circunstancias personales, asumí responsabilidades públicas con la ilusión de contribuir a un gran proyecto, reforzado además por la incorporación de países vacunados en carne propia contra los excesos del comunismo. Pero al poco tiempo algo cambió. El Banco Central Europeo dejó de ser una institución presidida por funcionarios de traje gris que hacían de la discreción su principal mérito cuando Mario Draghi decidió asumir un papel político. Aunque es cierto que lo hizo por incomparecencia de quienes, por razón de su cargo, tenían la obligación de hacerlo.

Desde entonces, el proyecto europeo mutó. El brexit fue un claro fracaso compartido: tanto de los británicos que se marcharon como de todos los demás miembros. La burocracia, el dirigismo y la huida hacia adelante se han ido consolidando con normalidad institucional. Las facilidades cuantitativas (QE), el Pacto Verde, la gestión de la pandemia y los fondos Next Generation han acabado normalizando aquello que de ninguna manera tenía que ser: inflación e intervencionismo ramplón. Una inflación que ha alimentado -y sobre todo financiado- a los gobiernos más populistas y descaradamente clientelares, portadores del virus del iliberalismo. Por lo que no debe sorprendernos que haya surgido una reacción en clave de patriotismo.

Ciertamente, nunca consideré que Europa fuera la meta dorada que a veces se nos ha predicado, pero durante décadas fue un proyecto suficientemente serio y coherente con capacidad de ilusionar. No prometía la felicidad, sino reglas claras, responsabilidad, límites al poder político y mercados libres. Precisamente por eso funcionó: porque exigía más de los gobiernos que de los ciudadanos, más verdad que propaganda.

Hoy, la realidad es que ese espíritu se ha diluido entre capas de burocracia, dogmatismo regulatorio, buenismo facilón y una peligrosa tolerancia con el endeudamiento y la inflación como soluciones permanentes. Europa no necesita más discursos grandilocuentes ni dejarse arrastrar por la inercia, sino recuperar el rigor moral, institucional y económico que le dio sentido. Si no es capaz de volver a esos principios —los mismos que hicieron del euro algo más que una moneda y de la integración algo más que un reparto de fondos y una catarata de regulaciones—, dejará de ser un proyecto compartido para continuar deslizándose peligrosamente hacia una estructura ajena, distante y, finalmente, poco deseable. No soy demasiado optimista, aunque estos días he creído ver un hilo de esperanza en la rectificación realizada sobre la normativa automovilística.

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