Extremadura: el wokismo pierde fuelle

El contundente triunfo de la derecha en Extremadura invita a una reflexión que va más allá de los ya conocidos casos de corrupción que afectan al socialismo. Sin restarles importancia, todo apunta a que el verdadero factor decisivo ha sido la acelerada pérdida de apoyo social a las políticas asociadas al llamado wokismo, una corriente ideológica que empieza a mostrar claros signos de agotamiento entre amplias capas del electorado.

En el ámbito de la movilidad, los datos son elocuentes. El parque automovilístico envejece como nunca, mientras que en las últimas semanas hemos asistido a un goteo de rectificaciones por parte de la Unión Europea. Primero, suavizando —de facto— la prohibición de los motores de combustión; después, rebajando unas normativas tan exigentes que impedían la producción de vehículos pequeños, precisamente los más adecuados para las ciudades de nuestro viejo continente. Decisiones que llegan tarde y que evidencian una planificación más ideológica que técnica.

Algo similar ocurre con la política energética. El gran apagón del pasado 28 de abril sigue envuelto en una espesa niebla explicativa, pese a que cada vez son más los indicios que apuntan a un exceso de producción fotovoltaica inestable, impulsada, una vez más, por criterios ideológicos antes que por razones de seguridad del sistema. No es casual que, tras aquel episodio, el recibo de la luz haya aumentado de forma notable ni que se haya procedido a desconectar instalaciones renovables para estabilizar la red. Muchos ciudadanos han sufrido pérdidas directas y aún esperan explicaciones convincentes.

En materia de vivienda, la evidencia resulta difícil de negar. Las políticas impulsadas por la izquierda están conduciendo a la peor crisis habitacional de las últimas generaciones. A medida que el problema se cronifica, cada vez más personas lo padecen en primera persona y empiezan a cuestionar unas normativas bienintencionadas en el discurso, pero desastrosas en sus efectos reales.

El deterioro del poder adquisitivo es otro síntoma visible. Basta acudir al supermercado para comprobar cómo los precios continúan al alza. En un primer momento, el Gobierno atribuyó esta situación a la guerra de Ucrania, mientras que sus socios señalaban a los empresarios. Sin embargo, tras casi cuatro años de conflicto, resulta cada vez más evidente que la inflación también responde al gasto público fuertemente clientelar y a las restricciones normativas derivadas de la denominada “Agenda Verde”.

El feminismo institucional tampoco escapa a esta crisis de credibilidad. El pasado noviembre, el periodista Soto Ivars presentó "Esto no existe", un libro que documenta una realidad incómoda: las denuncias falsas e instrumentales existen y son numerosas. Cuando se introducen incentivos, siempre habrá quien intente aprovecharlos. Lo llamativo es que, al mismo tiempo, han salido a la luz numerosos casos de acoso protagonizados por figuras vinculadas a la izquierda más wokista, que primero intentaron silenciarlos y después los atribuyeron a supuestas conspiraciones y, esta vez sí, denuncias falsas.

En cuanto a la igualdad, las continuas cesiones al nacionalismo vasco y catalán han dejado en evidencia que el discurso igualitario del socialismo es más retórico que real. Extremadura, históricamente señalada por los nacionalismos asimétricos y singulares, no es ajena a esta percepción, lo que ayuda a entender el castigo electoral.

La seguridad ciudadana y el modelo económico también pesan en la balanza. Un crecimiento basado en el aumento constante de población, sin mejoras reales de productividad, conduce inevitablemente a salarios bajos y mayor conflictividad social. A ello se suma un sistema educativo que no está preparando adecuadamente a los jóvenes para los retos futuros, mientras los mayores, cuyas pensiones sí se revalorizan, observan con inquietud la sostenibilidad del sistema.

En definitiva, los resultados de las elecciones del pasado domingo parecen confirmar que todos estos factores han pesado más que los escándalos de corrupción, sin que estos hayan dejado de influir. El socialismo, que desde los tiempos de Zapatero ha surfeado la ola wokista originaria de los campus norteamericanos, ha sido el gran castigado, mientras que Vox, abiertamente contrario a estas políticas, ha sido el partido que más nuevos votantes ha atraído.

La lectura es clara: el wokismo está en retroceso. Y aquellos partidos que sigan anclados en esta visión ideológica corren el riesgo de continuar pagando un precio, cada vez más elevado, en las urnas.

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