Filosofía Primera

Aristóteles bautizó a la metafísica como “Filosofía Primera” porque es la rama del saber que se pregunta por aquello que da sentido a nuestra existencia. La realidad es que únicamente desde un punto de vista empírico y a pesar de la evolución del conocimiento humano, las respuestas a preguntas como, por ejemplo, el sentido de la vida y la presencia de la persona en el cosmos se quedan cortas e incompletas. La ciencia se topa con un muro insalvable que delimita y acota lo empíricamente demostrable y es a partir de esa delimitación desde donde la existencia de Dios ha sido abogada con mayor o menor tibieza por infinidad de pensadores.

El legado intelectual de todo este pensamiento aboca al ser humano a tres posicionamientos: el creyente cuya fe me inspira un profundo respeto y en especial el creyente docto en conocimientos empíricos ya que es audaz al entregarse a una certeza invisible, sin embargo, su devenir transcurre al resguardo del abrigo de la protección divina procurándole liberación. El agnóstico, quien me inspira valentía pues sostiene el peso de la duda de manera estoica sin desplomarse ante el infinito y sin búsqueda de respuestas reconfortantes. El ateo, quien me inspira una profunda compasión por la melancolía en la que habita, atrapado en una militancia activa en contra de lo que proclama inexistente siendo en realidad esa proclamación sud condena.

Esta semana hemos asistido a la escenificación de que toda la firmeza intelectual y laicista del proclamado agnóstico y el activista ateo se desmorona cuando entra en juego el poder terrenal del Vaticano. La histórica visita de León XIV ha retratado las flaquezas de nuestra clase dirigente. Resulta hilarante observar las caras bobaliconas que se les queda a agnósticos, ateos y anticlericales reconocidos enemigos de la Iglesia Católica, cuya doctrina es hasta la fecha la más profesada en España, cuando se plantan frente a él. Esos mismos líderes que en el Parlamento exigen el estricto cumplimiento del artículo 16.3 de la Constitución Española, que consagra la aconfesionalidad del Estado Español, mutan en sumisión de manera espontánea durante los actos oficiales celebrados con motivo de la visita del Santo Padre.

Para un Ejecutivo cercado por la tensión y plagado de ampollas políticas, la presencia del Pontífice ha sido utilizada como un bálsamo a base de agua bendita sobre su piel castigada. En su desesperación por una foto redentora, sus reverencias exageradas ante el Papa parecían el gesto espontáneo de quien en el fondo se siente profundamente pecador y corre a mendigar perdón. Delataron su cinismo: Pasando de jalear la sátira contra símbolos sagrados y tachando a la moral católica de reliquia medieval a genuflexionarse ante el Vicario de Cristo buscando de cara a la galería una absolución para sus laicas almas.

Esta sobrevenida religiosidad de nuestros representantes no debería sorprendernos en exceso. La naturaleza humana es experta en contradicción. Quien hoy habita en el error o el oportunismo puede hallar mañana una inesperada rendición. Al fin y al cabo, la historia de los hombres y sus ideas no forman siempre una línea recta sino un constante laberinto con caídas, arrepentimientos y transformación. Reconforta pensar como escribió Oscar Wilde que “Todo santo tiene un pasado y todo pecador un futuro”.

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