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Otra renta mínima

miércoles 01 de julio de 2020, 01:00h

Las redes sociales, junto con los digitales y el papel, echan humo en referencia al ya definitivamente “macho alfa”. Sus avatares desde el inicio de su devenir político siempre vienen acompañados de la femenina compañía, junto con un acendrado feminismo de boquilla. La frenética Isabel San Sebastián, sin pelos en la pluma, insinúa que el ascenso en Podemos comienza en la cama del macho alfa. Un Pablo que es generoso hasta la consecución de un ministerio para su más pródiga compañera sentimental. Y dentro del maremágnum de tarjetas, de asistentas, de directoras de periódicos, de fiscales no silentes, de abogadas parlanchinas, el país sigue soportando no solamente la imposición ideológica feminista, sino también la invasión de una profunda corriente que no desea sino arramblar con la cultura, con la historia y con la tradición que nos ha acompañado hasta nuestros días. En alguna medida, un conglomerado cada vez más nutrido, fija su objetivo de forma penetrante, completa, escasamente pacífica, en que el mundo comulgue con una verdad, la suya. Y esa verdad implica un control absoluto de la privacidad, la libertad, el pensamiento y la opinión del resto de los mortales. Los “otros” están negados a la contradicción, convertida en una forma de confrontación, crispante y malévola.

Estamos a las puertas de que conformen nuestra sociedad bajo el prisma de un nuevo delito, el negacionismo. Discrepar ya no del gobierno, sino de la educación inclusiva, de la ideología de género, del mando único, del planteamiento genocida de la conquista de América, de la culturización del indígena, hasta de la “estatuafobia”, es caer en las garras de unos políticos que han hecho del control sectario su divisa. Poco importa que la palabreja no exista, que el término adecuado sea iconoclastia y el agente de tal acción sea un iconoclasta. Eso es lo de menos, al fin y a la postre, todo cuanto persiga el final de esta civilización resulta pertinente. Pues, de eso se trata; de acabar con una civilización y de sus raíces judeocristianas.

Ahí están los logos de la G. Civil, de Correos, la silueta de la Puerta de Alcalá o de Bellver, adornados con la bandera de la nueva religión. Ahí está el Consejo de Participación de las personas lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales (LGTBI), creado por el Ministerio de la actual pareja de Pablo, cuya finalidad es toda una coña; “Institucionalizar la colaboración y fortalecer el diálogo permanente entre las Administraciones Públicas y la sociedad civil en materias relacionadas con la igualdad de trato, la no discriminación por razón de orientación sexual, identidad o expresión de género”. Por descontado que tal Consejo deberá emitir un informe anual sobre todo cuanto tenga que ver con la situación de esos hombres y mujeres que forman un colectivo que cada día añade una letra más a su acrónimo. Semeja que toda la sociedad respira por tales siglas. Tanto así que el partido socialista proclama que “Las mujeres lesbianas, bisexuales y transexuales deben poder acudir a la atención ginecológica con las mismas garantías que cualquier mujer, desarrollándose campañas de promoción de la salud sexual específicas”. Como si los ginecólogos y la S. Social fuesen una invención socialista. Aunque detrás de tanta palabreja y tanto control lo único que se intuye, no es preocupación por la mujer, sino el montaje de chiringuitos para ser alimentados con los impuestos de todos los españoles.

En algunos momentos, cabría preguntarse de cuantas personas estamos hablando y, quizás, una iniciativa surgida de entre sus filas nos ayude a esclarecerlo. Una propuesta, avalada por la firma de dos docenas de asociaciones españolas, ha sido presentada al Gobierno en solicitud de una Renta Mínima Universal destinada exclusivamente a las personas LGTBI. Obviamente exigen que los documentos burocráticos contemplen las correspondiente casillas que permitan identificarse según la letra del acrónimo de referencia. Es decir, que, al salario mínimo vital, un homosexual, por el simple hecho de serlo, tendrá derecho a añadir, si prospera la petición, otra ayudita para ir viviendo sin dar un palo al agua. Con excepciones, naturalmente. No se alcanza a estimar que todos los homosexuales son unos vagos o subnormales. Como tampoco que todos los heteros estén adornados de múltiples virtudes. Pero lo cierto es que ese grupúsculo se ha atrevido a formular la petición a la espera de que la Montero, la Calvo, la Diaz, el Iglesias y el propio líder Sánchez, asientan a tal nueva mamandurria. Cabe suponer que deberá plantearse alguna exigencia de justificación, pues, en caso contrario, España debería cambiar la tricolor por la arco iris.

Y mientras tanto, la Irene está de uñas con la Calvo, pues, por lo leído, la primera aboga por legislar exclusivamente sobre género, sin distinción de sexos, mientras las socialistas, feministas de toda la vida, exclaman que ello significa eliminar a la mujer y al fundamento del feminismo. Si no hay mujeres, no hay violencia, ni ideología de género, ni es necesario el feminismo tradicional. O sea, otro lio sexual, que debe preocupar enormemente al ciudadano corriente para quién la caída del PIB más de un cinco por ciento en un mes debe ser una simple anécdota.

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