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Gabriel Arguimbau, el Rey de la Langosta

viernes 02 de febrero de 2024, 01:00h

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Hay una historia que siempre me ha fascinado, y quiero compartirla en esta columna. Es la de Gabriel Arguimbau, un menorquín, ciutadallenc, un emprendedor, un empresario con visión de futuro, que fue conocido por el Mediterráneo Occidental como el “rey de la langosta”, en los primeros años del siglo XX. Su mérito, inventar los viveros de langosta móviles. Me explicaré.

Arguimbau, miembro de una buena familia de Ciutadella, de larga tradición como armadores, llegó al Alghero en la isla de Cerdeña hacia 1900, a bordo del bergantín “El Balear”. Con poco más de 20 años ya era un avezado marinero, además de un aventurero, un emprendedor y un visionario.

Por diversas circunstancias los pescadores de Cerdeña no pasaban por un buen momento, pero la llegada del joven Gabriel hizo que las cosas empezaran a cambiar. Les propuso que colaboraran entre ellos y que se fueran a pescar langosta lejos de sus casas durante la temporada de pesca. Para ello ideó un sistema para conservar las capturas y así poder ir a pescar este preciadísimo crustáceo lejos de Cerdeña.

El ingenio del menorquín fue hacer que la propia embarcación sirviera como vivero para las langostas, para poderlas capturar en distintas zonas y que llegasen a su destino con muy pocas pérdidas por mortandad. El barco alojaba un tanque con múltiples orificios que permitían la circulación del agua del mar en su interior. Además introdujo las nasas como arte de pesca, para lo que convenció a dos pescadores menorquines para que se trasladaran a Cerdeña a enseñar el arte y uso de las nasas.

Se empezaron a construir nuevas embarcaciones de pesca, inspiradas en el llaüt menorquín y a las que llamaron “españoletas”, que incorporaron los viveros de langosta móviles en su casco. Arguimbau les alquilaba la barca a los pescadores, y les anticipaba el pago de las futuras capturas, lo que les permitía subsistir durante los meses que estaban pescando.

Cada cierto tiempo, según el calendario pactado con los pescadores, Gabriel iba a recoger las langostas, las alojaba en el vivero de su bergantín “El Balear” y se iba a venderlas en los grandes mercados de Barcelona y Marsella.

En pocos años la flota de “l’Español”, como llamaban a Gabriel los lugareños, creció, y a el Balear le siguieron el Sofia, el Polonia y el Progreso. Y lo que también creció fue su fama, convirtiéndose en una leyenda y ganándose el apelativo de “rey de la langosta” Gabriel Arguinbau falleció en Alghero en mayo de 1938 con 62 años de un ataque al corazón, habiendo inspirado y protagonizado una auténtica revolución en la pesca en Cerdeña.

Por cierto, en Marsella, donde Gabriel vendía buena parte de la langosta, vivía su esposa, de origen genovés, que gestionaba un restaurante donde el plato estrella era, como no, la langosta fresca de Alghero.

Antoni Juaneda, cometemenorca.com

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