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Garzón no es la excepción

miércoles 12 de enero de 2022, 08:18h

La colosal metedura de pata del ministro Alberto Garzón en sus declaraciones al rotativo británico The Guardian generaron un enorme eco, no solo en España, sino en la propia Gran Bretaña, donde la polémica ha durado días.

El día de Reyes, el mismo medio que había publicado la entrevista, titulaba: " 'Mala carne y animales maltratados': España alborotada por las declaraciones del ministro". Una campaña publicitaria casi perfecta para productores de carne de terceros países, competidores de nuestro sector ganadero.

El problema de este cuestionado e inepto ministro comunista -y de una parte significativa de los dirigentes de la izquierda subalterna del PSOE- es que no consiguen despegarse del papel de activistas alborotadores propio de la izquierda radical. Como que no han gobernado en su vida y es posible que durante muchos años no vuelvan a hacerlo -lo cual sería una excelente noticia-, no conciben que cuando salen de nuestras fronteras deben dejar de expeler consignas contra el gobierno -contra ellos mismos, vaya, y por ende, contra su propio país-, porque resulta que, inopinadamente, el que regula las condiciones de la ganadería y la carne españolas es precisamente el mismo que las critica. Es increíble, pero no dejan nunca de hacer oposición, incluso a ellos mismos.

Garzón no es consciente de que quedó ante The Guardian como un auténtico zote cuando se despachó a gusto contra los exportadores de carne españoles, en un país que es uno de nuestros principales clientes de productos de alimentación.

¿Se imaginan a su homólogo británico concediendo una entrevista a un diario español y diciendo que la mayor parte del whisky escocés comercializado aquí es una auténtica basura?

Sería completamente indiferente que, efectivamente, así fuera. De hecho, las marcas blancas de whisky escocés que se venden en las grandes superficies en España son de muy baja calidad, pero obviamente un ministro británico jamás atacará fuera de su país a sus propios productores, aunque en la intimidad prefiera degustar el whisky de pura malta de 25 años y en su país haga lo posible para mejorar la calidad de este producto.

El intento de restar importancia a las declaraciones de Garzón y el de derivarlas a un falso debate acerca de las bonanzas de la ganadería extensiva versus la intensiva han resultado patéticos. La ministra portavoz ha llegado a decir que Garzón hablaba a título personal. ¿De verdad el Gobierno piensa que somos tan imbéciles como para creer que a ningún medio en todo el planeta le interesan las opiniones personales de un indocumentado como Alberto Garzón? Si no fuera ministro, seguiríamos sin saber de su existencia, y cuando deje de serlo, los olvidaremos rápidamente, o eso espero.

Garzón habló pues como ministro, en nombre de todo el Gobierno y, lo que es peor, representando a España.

La reacción del PSOE, habitualmente tan indulgente con las mamarrachadas de sus socios, solo se explica esta vez porque hay previstas unas cruciales elecciones autonómicas en Castilla y León, donde el sector ganadero tiene mucho peso. Este regalo al PP es de una gran generosidad política y puede que le cueste a Sánchez algo más que la gobernanza de una comunidad autónoma, porque la política se mueve por oleadas de opinión, y esta vez pintan bastos para el PSOE.

En cualquier caso, Garzón no es la excepción y perdonen el ripio. En Balears tenemos nuestros propios garzones, tanto en las filas de Unides Podem, como, sobre todo, entre la dirigencia radical de Més que, desde que la dirige Apesteguia, parece haber vuelto a las barricadas opositoras. Lo malo es que, en el Govern, siguen estando ellos mismos.

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