Durante años hemos considerado la tecnología como un motor de crecimiento casi limpio. Digitalizar, escalar, almacenar, automatizar… todo parecía avanzar sin fricciones. Sin embargo, esa percepción es incompleta. Detrás de cada proceso digital hay un coste energético, un consumo de recursos y, en consecuencia, un impacto ambiental que demasiadas veces hemos decidido no mirar.
El sector TIC ha sido, en gran medida, un “contaminador silencioso”. Lo ha sido impulsado por el crecimiento de los servicios en la nube, la expansión de los centros de datos, la adopción masiva de la inteligencia artificial y una digitalización acelerada que pocas veces ha incorporado criterios de sostenibilidad desde su diseño. Hoy, ese impacto ya no es marginal. Es estructural. Y, por tanto, estratégico. La pregunta no es si debemos actuar, sino cómo y con qué ambición.
En este contexto, el Green IT no debe entenderse como una restricción ni como un freno a la innovación. Al contrario: es una palanca de transformación. Integrar criterios de sostenibilidad en la tecnología permite avanzar hacia modelos más eficientes, más responsables y, sobre todo, más alineados con los objetivos reales de negocio.
Cuando hablamos de Green IT, hablamos de repensar todo el ciclo de vida de la tecnología: desde el diseño del software hasta la gestión del hardware, pasando por el uso de la nube, la optimización de infraestructuras o el entrenamiento de modelos de inteligencia artificial. No se trata únicamente de consumir menos energía, sino de consumir mejor, decidir mejor y gestionar con mayor inteligencia. Además, hay un factor que muchas organizaciones empiezan a comprender con claridad: la sostenibilidad tecnológica es también un factor de competitividad. No solo por una regulación europea cada vez más exigente, sino también por la presión creciente de clientes, inversores y talento. La eficiencia energética, la reducción de emisiones o la transparencia en los indicadores ya no son elementos reputacionales; son variables que influyen directamente en la capacidad de una empresa para competir.
Ahora bien, ninguna estrategia es posible sin medición. Existe una máxima conocida en gestión que sigue siendo plenamente vigente: no se puede gestionar lo que no se mide… y mucho menos gobernarlo. En el ámbito de las TI, esto implica incorporar indicadores claros y comprensibles que permitan tomar decisiones informadas. Métricas como la eficiencia energética de los centros de datos (PUE), el uso del agua (WUE), la eficiencia de carbono (CUE) o la huella digital de carbono deben dejar de ser conceptos técnicos aislados para integrarse en los cuadros de mando de la dirección. Solo así podremos pasar de una aproximación reactiva a una gestión proactiva y estratégica de la sostenibilidad tecnológica.
La nube y la inteligencia artificial merecen una mención específica. Ambas tecnologías ofrecen enormes oportunidades de eficiencia, pero no son sostenibles por defecto. Su impacto depende de cómo se utilicen: de la elección de proveedores, de las políticas internas, del control del consumo y de la optimización de los recursos. Sin estos elementos, corremos el riesgo de trasladar el problema en lugar de resolverlo.
En este punto, conviene desterrar otra idea errónea: adoptar Green IT no exige una transformación radical ni inmediata. Las organizaciones pueden, y deben, empezar con pasos concretos. Un primer diagnóstico del consumo, la identificación de mejoras rápidas, la definición de una hoja de ruta realista y la asignación clara de responsabilidades son acciones perfectamente abordables. Lo importante no es hacerlo todo de golpe, sino empezar con criterio y continuidad.
Estamos en un momento en el que la sostenibilidad ha dejado de ser una opción. En el ámbito tecnológico, esto es especialmente evidente. Las decisiones que tomemos hoy en materia de infraestructura, software o inteligencia artificial tendrán un impacto acumulativo durante años. Por eso, el Green IT no debe verse como una tendencia, sino como una condición necesaria para el liderazgo tecnológico. Quienes sean capaces de integrarlo en su estrategia no solo reducirán riesgos y optimizarán costes, sino que estarán mejor posicionados para competir en un entorno cada vez más exigente.
En definitiva, se trata de asumir una realidad incómoda, pero también llena de oportunidades: la tecnología no es neutra para los efectos del cambio climático, ni para la habitabilidad del planeta que habitamos. Y precisamente por eso, bien gestionada, puede ser una de las herramientas más poderosas para construir un modelo más sostenible.
Carlos Juiz, catedrático en Arquitectura y Tecnología de Computadores (UIB). Vicepresidente de Investigación de Turistec





