Hipocresía y calor

Hace dos semanas, subí en camiseta el Lagginhorn, una montaña de más de cuatro mil metros de altitud que está en los Alpes suizos. Cuando digo en camiseta no me refiero a una de esas primeras capas térmicas que se suelen emplear para combatir el frío. Ni grueso material sintético, ni lana merino, ni nada parecido. Era la misma prenda con la que salgo a correr por el paseo Marítimo de Palma. Ya en la cima, me puse una chaqueta para evitar un resfriado, porque soplaba un poco de viento y había sudado como un pollo durante la ascensión. Ya digo que era primavera. Ni siquiera había comenzado el verano.

Cada temporada nos sorprenden menos estas temperaturas tan cálidas a los montañeros, que observamos con pena y asombro la regresión meteórica de los glaciares. El cambio en la fisonomía de los macizos que antes tardaba cincuenta años en producirse, ahora sucede en tres. Además, las montañas se vuelven más peligrosas por impredecibles. Toda esa nieve acumulada en altura durante el invierno y la primavera, se reblandece antes de fundirse. De tal manera que, en el camino de ida y vuelta desde la cumbre, terminan por equipararse los objetivos del alpinista y el tertuliano: se trata de no meter la pata hasta el fondo.

A diferencia de lo que sucede en el fondo de los valles, o a orillas del Mediterráneo, cuando alcanzas un refugio a tres mil metros y el sol comienza a declinar, por mucho calor que haya hecho durante el día, la temperatura desciende y el cuerpo puede descansar. La propia naturaleza se convierte en un «refugio climático». Por desgracia, no todo el mundo ha podio pernoctar a esa altitud durante la ola asfixiante de calor que ha abrasado Europa a finales del mes de junio.

El fin de semana es para descansar. Sin embargo, en el último, han muerto más de mil personas en Francia por culpa de unas temperaturas extremas. Casi tan triste como esa mortandad disparada es la polémica que ha surgido sobre la conveniencia de promover la instalación de aire acondicionado en países que jamás se acercaban a la cifra fatídica de los cuarenta grados. Convertir la climatización de los edificios públicos y las viviendas en un debate ideológico es la última necedad que se la ha ocurrido al progresismo tontiloco.

Parece que, en los últimos años, la izquierda no deja escapar una sola ocasión para alejarse de los problemas de la «gente». Resulta una obviedad que una noche tórrida no afecta de igual manera a un millonario que a un humilde trabajador. Ni en Francia, ni en Alemania, ni en Libia. Con los suburbios de París ardiendo por un calor insoportable, Jean-Luc Mélenchon se olvidó de los ciudadanos que llevaban noches sin poder dormir, de los colegios públicos cerrados, de los profesionales de la sanidad incapaces de desarrollar su trabajo en esas condiciones tórridas. Al populismo de izquierdas en Francia le preocupa más el «daño ecológico» que provoca el aire acondicionado.

Creerán que este el pensamiento de un político de la izquierda radical, pero es que Monique Barbut, una progre supuestamente «moderada» que es la ministra francesa de Transición Ecológica y Desarrollo Sostenible, se ha mostrado «horrorizada» con la posibilidad de instalar climatización de manera generalizada. Su argumento es incontestable, por absurdo. Barbut ha declarado en televisión que el aire acondicionado no evitará los incendios forestales, ni la desaparición de cultivos, ni la muerte de animales. Le faltó añadir que tampoco resolverá el conflicto en Palestina.

Yo no sé qué problema tiene la izquierda postmoderna con enfrentar la realidad, de dónde le viene esa obsesión por afirmar que gestiona los problemas por la vía de su negación. Sucede, por ejemplo, con la inmigración ilegal, con la okupación, y también con la inseguridad ciudadana. Ahora, en el centro y en el norte de Europa, la izquierda pretende combatir unas olas de calor cada vez más frecuentes y mortíferas modificando los horarios laborales y plantando más árboles. Seguro que también repartirán abanicos.

El aire acondicionado es el triunfo de la civilización, y, como el turismo, una conquista de las clases medias y bajas. En España, alrededor del 60% de los hogares disponen de esa tecnología de refrigeración, que se dispara hasta el 75% en capitales del sur del país. En Francia, no llegan al 25%. Es inevitable acudir al argumento fácil según el cual las críticas al aire acondicionado se hacen desde despachos con aire acondicionado.

Y es que este debate está trufado de hipocresía, en Francia y en todas partes. Un verano, hace años, asistí a una cena en una casa de la costa sur mallorquina. El anfitrión era un personaje conocido por su activismo ecologista. Fue una de esas noches bochornosas, de aire sahariano mezclado con la humedad mediterránea. O sea, una velada insufrible. Años más tarde, me enteré de que el propietario escondía los aparatos portátiles de aire acondicionado hasta que se iban los invitados.

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