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Israel, Palestina y Eurovisión

martes 21 de mayo de 2019, 06:00h

Nada que ver la Eurovisión de la actualidad con la que nos tenía a todos frente al televisor hace veinte años esperando ver a Sergio Dalma alzarse con el primer premio con su mítico Bailar Pegados. La música, y símplemente música, de antaño ha sido sustituida por el espectáculo, la promoción en las redes y los mensajes de calado social (algo de lo que España aún no se ha enterado). Confieso que no soy eurofan, pero no recuerdo que en los últimos años la representación española haya lanzado ningún mensaje social de lucha contra la desigualdad, contra el racismo, contra el bullying o cualquier otra cosa que pudiera llegar al corazón del espectador.

En los últimos años, se ha visto ganar a una ucraniana que clamaba contra deportación de los tártaros de Crimea, a una barbuda austriaca reivindicando la visibilidad LGTBI, y a una israelí que denunciaba el acoso escolar. Quizás será por esto que la Eurovisión de la Europa que incluye a Chipre Israel y Australia, en esta ocasión se ha visto salpicada por la polémica del boicot en contra auspiciado en las redes sociales, por el conflicto Israel - Palestina, teniendo en cuenta que ejercía de anfitrión el país que preside Reuven Rivlin. Este presunto veto social no consiguió tumbar una edición en la que el Centro de Convenciones de Tel Aviv estaba lleno a rebosar y los índices de audiencias a nivel general no fueron notoriamente inferiores, así como el resorte mediático a nivel general. Quedó claro que para los eurofans, en general, no suponía ningún inconveniente que fuera Israel la sede de esta edición.

Sin embargo, tampoco se puede negar que la circunstancia expuesta impregnaba el ambiente. Y ante eso hubo dos momentos destacados que representan dos visiones muy diferentes de afrontar el conflicto. La primera, de carácter oficial (en el sentido de que la organización era conocedora) fue la puesta en escena de Madonna, en la que dos bailarines llevaban en sus espaldas las banderas de Israel y Palestina y se fundían en un abrazo, lanzando un mensaje conciliador. La segunda, la cobarde aunque muchos la hayan calificado de valiente, fue la de Islandia, cuyos representantes, en la última toma de cámara que tuvieron, exhibieron tres bufandas con la bandera de Palestina en señal de reivindicatoria protesta contra el demonio Israel, llevándose una sonora pitada del público. Digo que su acción es cobarde porque aprovecharon la última toma para exhibir las enseñas, cuando lo osado hubiera sido mostrarlas antes de las votaciones y asumir las todas consecuencias en las votaciones.

Ponerse de parte de Palestina es lo guays, lo más fácil, lo que mejor vende mediáticamente y que entra dentro de los estándares de lo políticamente correcto, y sin embargo, yo no me atrevería realizar una proclama de que aquí existe un ‘bueno’ absoluto y un ‘malo’ absoluto, porque es inevitable que se produzca un sesgo en la información que nos llega a través de los medios de comunicación -y las redes sociales- que nos hace tomar partido hacia una determinada posición, sin que demos opción a conocer todos los factores que influyen o todos los hechos realmente sucedidos. Pero sea como sea, la sociedad 3.0 está en un punto en que no se quiere callar lo que piensa de todo en general - a pesar de que España siga estando fuera de la moda año tras año con sus canciones chorra y además desorientadas- por lo que Eurovisión no está exenta de tener que lidiar con cualquier muestra de protesta o rechazo.

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